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La
pequeña Stefanie pensó que ‘Morita’,
su perrita french poodle viviría eternamente,
pero llegó el día en que su
corazón canino no resistió más
y murió después de 16 años
de vida. A pesar de tener ocho años
de edad, su dueña sintió un
vacío y una angustia tremenda al perder
a su fiel amiga.
Los padres de Stefanie le
explicaron —mientras enterraban a la
perrita, envuelta en una de la pijamas favoritas
de la niña— que “la muerte
es parte del ciclo de la vida”.
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Fotos/KRT |
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Es difícil decirle adiós a un ser querido
con el que hemos compartido casi toda nuestra vida.
Difícil también es explicarle a los
niños lo que es la muerte.
“Los padres deben aprovechar el deceso de una
mascota para que los niños aprendan a manejar
la muerte”,
aconseja Elisa Bósquez, psicóloga y
coordinadora de capacitación de la Fundación
Piero Rafael Martínez de la Hoz. Según
ella, los niños tienen su propio concepto
de la muerte, cada uno la ve conforme a su edad.
¿Qué hacer y qué no
hacer?
Lo
primero que hay que advertirles es que la
mascota no se va a mover y que ya no regresará.
Un error muy frecuente –señala
la experta– es cuando los padres dicen
frases como “se va para el cielo” o “se
va de viaje”, ya que los niños
lo asocian con que habrá un regreso.
“Los pensamientos de los niños
son concretos, por ende hay que decirle cosas
concretas. También es una equivocación
el quedarse callado o no dejar que el niño
vea el animal muerto, así como llevarse
el cuerpo sin vida en un cartucho y botarlo
lejos. Nunca le oculte a su hijo la situación”,
indicó. |
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Bósquez recomienda “hacer un rito”,
ya sea enterrar a la mascota, colocar flores donde
se le ha enterrado, sembrar un árbol en el
sitio donde ha sido enterrada, o simplemente encender
una vela. “Lo importante es que los niños
participen en los ritos de la muerte”.
Otra manera de explicarles a los niños es
a través de cuentos ilustrados en donde se
hable del tema.
Los padres tampoco deben ir inmediatamente a comprar
un animalito nuevo, ya que entonces los niños
no asimilarán la muerte de su mascota. “De
igual forma que cuando se nos muere una persona,
no podemos reemplazarla con otra, lo mismo pasa con
las mascotas”, explica Bósquez. Por
ejemplo, para un niño de cinco años
de edad, la muerte es reversible; para un niño
de ocho en adelante no lo es.
La tristeza de los niños no es igual a la
de los adultos, añade la psicóloga. “Los
niños seguirán con su vida normal,
y con el tiempo se darán cuenta de que su
amiguito se fue y que éste nunca jugará ni
ladrará más y es en este momento que
debemos estar alerta y estar preparados para consolarlos”,
dijo.