Bienal de reflexiones

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A pesar de estar formada por piezas muy heterogéneas, las obras que componen la exposición principal de la VIII Bienal de Artes Visuales del Istmo Centroamericano -que acoge el Museo de Arte Contemporáneo hasta el 18 de febrero- coinciden en la fortaleza de la propuesta artística, tanto en lo formal como en lo conceptual, un aspecto en el que se observan múltiples líneas temáticas que discurren de forma paralela hasta converger en un sentido global de transformación de la realidad.

Así, el primer eje discursivo tiene que ver con aquellas obras que se hacen eco de duras críticas a superestructuras como el estado o la religión. En este sentido, la creación de Josué Romero, “Derrocamiento”, presenta una sátira del poder político, valiéndose de elementos metafóricos como la estatua del tirano en medio de una porqueriza. Los excesos del nacionalismo los recoge Álvaro Gómez Ulloa, en un juego en el que las disputas territoriales entre Costa Rica y Nicaragua se resuelven en un tablero de mesa. La reinterpretación de un objeto de la cultura popular, como la hamaca, es obra del colectivo La Torana.

El cuestionamiento a la religión y su acción como fuerza social se hace patente en la obra de Eduardo Lytton: “Altar a la señora de la luz del sol plateado”, un retablo satírico que ironiza el objeto de veneración. El “Sin título”, de Melissa Guevara, amalgama una conjunción del hecho sacrílego de arrancar las páginas de la Biblia y convertirlas en origami, señalando un contraste visual entre las culturas de oriente y occidente; mientras que la confrontación entre soldaditos armados y un hombre en posición de rezo en el “Sin título”, de Erick Menchú, es el culmen del choque entre ambas fuerzas sociales.

Las múltiples aristas de la violencia y la muerte se observan en los trabajos de Mauricio Kabistán en su “Partitura Número 1”; el “Sin título”, de Danny Zavaleta; y la “Evocación de un supuesto”, de Plinio Villagrán: estos indagan desde distintos soportes las connotaciones sociales y personales del impulso tanático como uno de los componentes más instintivos del ser humano.

El divertimento, como un elemento enajenante de las masas y por perverso, es puesto de manifiesto por Marlov Barrios en “Turbo (avistamiento)”.

Las obsesiones de la posmodernidad y el influjo de la mirada del otro en la conciencia individual son otras de las grandes líneas discursivas de la colectiva. Así, la representación de la figura humana femenina en su punto álgido de juventud, el grial de la sociedad de consumo, es tratado por Luis Cornejo en sus obras. En esta línea, la vulnerabilidad creada por la mirada externa tiene una potente representación en las piezas de María Raquel Cochez, “Piscina” y “Barriga”. La primera es fantasía de una piscina llena de manjar blanco servida en una porción humillante; mientras que “Barriga” muestra la manipulación del cuerpo deformado. Rodrigo Dada, en “Olvidos”, sigue un sentido similar en cuanto presenta la deformación material de una fotografía para significar el poder de manipulación que pueden poseer los otros sobre el sujeto. Las obras de José Castrellón, César Chinchilla, Francisco Málaga y Roberto Guerrero tienen en común el enfrentamiento del individuo frente a las convenciones del resto. Castrellón lo muestra a través de los retratos de los gunas metaleros, Málaga con la cultura skater underground y Guerrero con la afilada pregunta de “¿Por qué sos tan loca?” Y la orgullosa respuesta: “porque me da la gana”.

La introspección y la conciencia personal son otros de los grandes temas observables en las creaciones como “Merma”, de Lucy Arguetas, que juega con el símil de la memoria como espacio arqueológico. En las creaciones de Jhafis Quintero, el artista apunta a un sentido distinto de la arqueología mediante las inscripciones de los muros carcelarios de Coiba; son códigos secretos que guardan registro del ser humano en condiciones de soledad y decadencia.

“One&One&One”, de Elena Wen, muestra en animaciones al ser humano ensimismado por sus acontecimientos personales. El reflejo material de la conciencia personal, expresados en los objetos que nos rodean, es el tema de “El coleccionista”, instalación de Carolina Parra y Xavier Villafranca.

Los procesos estéticos son otras de las preocupaciones de los artistas en esta bienal. Patricia Belli, en “Principio de incertidumbre”, explora el uso de la mecánica para acercarse a las nociones clásicas de caos y armonía, a través de métodos renacentistas. El colectivo Veinti3 equipara el ensamblaje de las ideas con la máquina y sus funciones antagónicas de construcción y destrucción. Estos mismos conceptos interesan a Ricardo Miranda Huezo en la pieza “Coexistencias”, y a Ericka Miersch en “Ilusión espacial”. “Mecanofagia”, de Léster Rodríguez, asume al mecanismo con su cíclico engranaje como una metáfora del orden económico imperante que perpetúa desigualdades.

En el punto de similitud entre las arquitecturas y el cuerpo humano, rememorando una antigua propuesta de la teoría del arte, se presenta la obra de Norman Morales de Guatemala titulada “La ruina como motor/ arquitectura orgánica”. Por su parte, Paulina Velásquez y Travis Johns ahondan en la categoría estética de lo siniestro, el unheimlich freudiano, con “Raro”, mientras que Maruca Gómez inquiere en las posibilidades de esculturas realizadas con desechos cotidianos.

El último de los ejes temáticos tiene que ver con el simbolismo de ciertos elementos en el contexto de cultura occidental. Así se ve en la obra “La cena”, de Fernando Cortés. El sentido de anonimato y terror de las “Máscaras”, de Alejandro de la Guerra, o la ciudad como ente que refleja las angustias de sus habitantes en las creaciones de Gabriel Vallecillo. El sustrato poético del mito es propuesto en “Alimento”, de Jorge Oquelí; el sistema de símbolos y códigos visuales que rodean al hecho de la espera son materia de reflexión en las piezas de John Juric. Cierra esta colectiva el video de Darién Montañez, que desmiente irónicamente los presupuestos filosóficos de Heráclito, mostrando que uno sí puede bañarse dos veces en las aguas del mismo río, y más aún en las del Matías Hernández, porque su caudal trae basura una y otra vez.

En conjunto, esta muestra de la Bavic 8 da luces al espectador de las tendencias del arte contemporáneo que se gesta en nuestros países centroamericanos, y lo mejor es que lo hace a través de obras con planteamientos críticos potentes y formas muy dignas de apreciar.

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