Cuestión de justicia

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Mi viejo amigo José Esteban, comunista de toda la vida, sostiene que Mandela es un “negro para blancos”.

Cierto: terminó con el apartheid en Sudáfrica, pero no llegó a juzgar a los culpables de esa secular esclavitud, execrable y repugnante. Era cuestión de justicia que los blancos esclavistas y criminales de lo que hoy es la República Sudafricana hubieran pagado con años de sus vidas, o con sus vidas mismas y sus haciendas, el daño cometido en el cuerpo y el alma de millones de seres humanos cuya única culpa fue haber nacido negros en un país donde los negros eran esclavos de los blancos.

¿Dónde está el Nuremberg de los criminales sudafricanos partidarios y ejecutores del apartheid?, se pregunta mi viejo amigo José Esteban. Tiene cierta razón.

Mandela tendió la mano al blanco, que había sido su enemigo hasta ese momento. El blanco le dio la mano al negro, a cambio de que todo siguiera como estaba: en sus manos.

Se vino abajo el apartheid racista, pero continuó hasta hoy, hasta los funerales de Mandela, el apartheid clasista: los blancos están en posesión del 80% de las tierras sudafricanas, y los negros sólo disponen del 20%, las peores tierras para más sinrazones.

Cierto: Mandela es y era un hombre de paz, como Gandhi. Era un guerrero de la libertad que los racistas blancos habían tildado durante decenios de terrorista y asesino.

Lo tuvieron en la cárcel, enjaulado como si fuera un tigre salvaje, porque con sus criterios se venía abajo el orden establecido por los racistas. Podíamos esperar un juicio a los criminales. Era cuestión de justicia.

Pero Mandela no quiso. No lo estimó conveniente para la historia de su país. Su política se basó en la reconciliación de las razas, aunque dejó para la eternidad, o para sus descendientes, la justicia social y el reparto de la riqueza de una manera mucho más justa en un país como el suyo, muy rico y lleno de tesoros en sus cuatro puntos cardinales.

Mientras el mundo llora la muerte de Mandela, lo que nos sirve a todos para matar nuestra mala conciencia histórica (y nuestra mala memoria) y de paso serenar nuestra conciencia de blancos progresistas, tal vez Kissinger se esté tomando un buen coñac en su oficina mientras sonríe recordando cómo metieron entre todos en la cárcel a un hombre de paz.

¿Che Guevara o Mandela?, le pregunto a mi viejo amigo comunista José Esteban. Sin duda, Che Guevara, me dice. Un verdadero revolucionario, me dice, no como Mandela, me dice, “un negro para blancos”.

Ayer tarde, después de reflexionar sobre las tesis de mi amigo el comunista, me puse para mí solo la música de Sixto Rodríguez, el Sugar Man a cuyos sones se agarraron millones de blancos antirracistas sudafricanos para levantarse en son de paz contra los animales blancos de Botha, que gobernaron el país del apartheid con armas, perros asesinos y policías criminales, dos de los cuales fueron durante toda la vida -O tempora, o mores!- guardaespaldas del mismísimo Mandela.

Sixto Rodríguez sigue siendo en Estados Unidos un total desconocido y mi amigo José Esteban, comunista viejo, editor, escritor y, sobre todo, mi compinche total desde hace más de 40 años, no lo conoce.

Sin embargo, para mí es un héroe. Su leyenda me sirve para unirla con los funerales de Mandela. Su vida es la de un oscuro obrero perdido en un pueblito cercano a Detroit, olvidado de su nombre y de su genio musical. Sudáfrica lo rescató y miles y miles de personas lo recibieron en Ciudad del Cabo como lo que realmente era: un héroe de la paz. Como Mandela. En cuanto al Che Guevara, aquel loco revolucionario que soñó con el hombre nuevo, no le tengo absolutamente ningún respeto.

Prefiero creer que se equivocó: que su obra y su proyecto no sirvieron más que para camisetas convertidas en objetos de mercadillo comercial; que, en realidad, sus ideas son anticuadas y utópicas, las mismas que llenaron de cadáveres las selvas y las ciudades de América Latina en los sesenta y los setenta: fue un héroe con los pies de barro.

¿Gandhi?, me pregunta mi amigo José Esteban. Gandhi era otro igual que Mandela, “un indio para blancos”, que dejó en manos de los ingleses y las castas altas de la India toda la riqueza de aquel enorme país. Alguna razón tiene mi amigo el comunista, aunque se la quito en lo que respecta a Ernesto Guevara, el ejemplo del criminal exquisito, favorito de la “gauche caviar”, tan extendida hoy por el mundo occidental.

Veo por televisión, como una excepción en mi rechazo de ese bicho pervertido (me refiero a la misma televisión, que tanto nos despista), los funerales de Mandela.

Tengo para mí que era cuestión de justicia un Nuremberg contra los partidarios del apartheid y los que lucharon por mantener a los negros en la esclavitud. Mandela no quiso. Pero, lo digo y lo repito, era cuestión de justicia que pagaran sus culpas y sus delitos contra los derechos humanos de millones y millones de personas.

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