Cuestión de mando

´Quiero matar a mi jefe´ intenta hacerle justicia a un trío de empleados abusados, aunque el tiro le sale un tanto por la culata.

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Hasta el más santo de los empleados ha pensado, aunque sea una vez, dominado por el peor de los delirios, en vengarse de su malvado empleador.

Quiero matar a mi jefe (Horrible Bosse), del director Seth Gordon, intenta mostrar la desesperación de personas que hacen lo mejor posible y que sus supuestos líderes solo saben estar en el medio y estorbar de lo lindo.

Esta comedia trata de explorar cómo tres subalternos (Jason Bateman, Jason Sudekis y Charlie Day) planean hacerle pagar los abusos a sus respectivos superiores (Kevin Spacey, Colin Farrell y Jennifer Aniston).

Visto así, es prometedor el asunto, pero al rato uno descubre que todo se queda en planteamientos, porque no se atreven a ir más allá los guionistas Michael Markowitz, John Francis Daley y Jonathan Goldstein.

Seth Gordon y su equipo no logran el fino nivel de sátira que logró The Office (tanto la versión del Reino Unido como la de EU) a la hora de retratar lo asfixiante que pueden ser los centros laborales, ni los personajes de Quiero matar a mi jefe (ni los buenos como el pan ni los canallas como la hiel) son tan caníbales como los presentados en películas como Glengarry Glen Ross (EU, 1992) o El Método (Argentina, 2005).

Por momentos, pareciera que el director Seth Gordon quisiera manejar la maldad de sus explotadas víctimas desde de dos ejes cinematográficos: Strangers on a Train (1951) y Throw Momma From the Train (1987).

El problema es que Gordon está lejos de saber manejar el cálculo maquiavélico de Alfred Hitchcock (que hizo la primera película antes mencionada) y carece del valor para manejar el elemento sórdido, grosero y simpático de Danny De Vito (que se encargó del segundo título y que de paso le hizo un homenaje a don Alfred).

El desnivel en cuanto al aprovechamiento de los personajes también se nota en Quiero matar a mi jefe.

Uno no termina de gozar (aunque sí comprende) el plan de los empleados en hacerle pagar a sus patrones su negativo comportamiento.

Lo que sí es seguro es que Spacey, Farrell y hasta Aniston divierten más como jefes sin escrúpulos (lo que no debería darse porque en teoría uno debería solidarizarse con los más débiles de la cadena de mando).

Algo parecido ocurrió con The Devil wears Prada (2006), en la que Meryl Streep era encantadora como una déspota editora de una revista de modas, y su contraparte, Anne Hathaway, era tan dulce que casi empalagaba.

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