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| Jueves
| 03.02.2005 |
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| GABRIEL, ESTAMOS EN EL SIGLO 21 |
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| Por:
Allen Smithee |
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Con entusiasmo salté
a las páginas de Memoria de mis putas tristes, al igual que muchos otros lectores
deseosos de reencontrarse con la ficción de Gabriel García Márquez. Si bien esta
nueva novela del ganador del Nobel ha tenido una fuerte campaña publicitaria,
curiosamente uno la aborda sin expectativas, pues si hay algo que sus coordinadores
de mercadeo han procurado es no dejar saber de qué se trata la novela, ya que
lo único que sabemos de antemano es el párrafo inicial del anciano en búsqueda
de una virgen. Ciento nueve páginas después comprendí por qué.
Podría aducirse que García Márquez
intenta, en esta novela breve, retratar la forma en la que la vida se ve, como
en un retrovisor, en la vejez, conduciéndonos a la pregunta inevitable
de cuántas de esas sensaciones son autobiográficas. En ciertos momentos
sí se aprecia ese ángulo, poco utilizado en los narradores literarios.
No obstante, el tipo de protagonista y las circunstancias que el autor elige para
enmarcar la obra eclipsan cualquier virtud que pueda haber en el proceso de reconocimiento
de la senectud. |
En el umbral de sus 90 años el narrador se
despierta ansiando acostarse con una adolescente virgen, y con esa meta recurre
a Rosa Cabarcas, una madame local, quien sin escollos localiza a una niña
en el seno de la pobreza quien no tiene otra alternativa que aceptar entregar
su cuerpo por unas cuantas monedas.
El pánico ante la experiencia hace necesario sedarla, y el buitre que se
cierne sobre ella no tiene otra alternativa más que dormir a su lado.
De ahí nos devanamos por el resto de las páginas entre recuerdos
de múltiples burdeles y la imagen de una vida inútilmente desperdiciada,
a medida que este personaje antipático va desarrollando una obsesión
malsana con Delgadina -Nombre que le ha atribuido a la niña sin interesarse
por conocerla- conducta que resulta aún más ofensiva que el mismo
intento de prostituirla. La novela hace un intento por plasmarlo como un enamoramiento
atrasado poco convencional, pero no logra ocultar que el interés de este
sujeto no es más que una agravada depravación.
¿Están todos los protagonistas obligados a ser moralmente intachables?
Por supuesto que no. Pero una novela sí debe esforzarse por hallar un balance
en su temática. Probablemente habría sido más digerible el
comportamiento del anciano si paralelamente hubiéramos conocido a “Delgadina”
por su nombre real y la hubiéramos acompañado por su mundo, pues
en tela de duda pongo la afirmación de Rosa Cabarcas de que ella ha quedado
“lela de amor” por su visitante nocturno.
No obstante, Gabriel García Márquez decide subrayar a la adolescente
como un objeto sexual, como un producto material sujeto al comercio, y de paso
le hace un homenaje a la profesión más antigua del mundo sin inmutarse
en tocar las condiciones sociales que la propician. “¿Te hace falta
amor?” Parece enseñarnos García Márquez. “Siempre
habrá una chiquilla hambrienta que lo dará a cambio de unas monedas”.
Es difícil que un libro que abordas sin expectativas te decepcione, pero
Memoria de mis putas tristes demuestra que es posible. En el lado positivo, la
novela puede ser una valiosa herramienta publicitaria para la viagra.
Referencia Bibliográfica:
García Márquez, Gabriel. Memoria de mis
putas tristes. Colombia: Editorial Norma, 2004. 109 p.
Nota. Allen Smithee es parte del Círculo de Lectura Guillermo Andreve,
Panamá.
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