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Jueves | 03.03.2005
 
DESHACER EL MUNDO A CONTRACORRIENTE
 
Por: Ramón Francisco Jurado
 
Prácticamente por accidente llegaron las líricas de Enrique Bunbury a formar parte de mi primera novela, Mirada siniestra, sin que yo pudiera intuir mientras la escribía que años después aquel llegaría a ser uno de los elementos más populares entre sus lectores.

Factor que no debió sorprenderme puesto que comparto con Javier Vásquez su fascinación por el trabajo del músico aragonés, si bien no al grado al que él lo llevaba.


Tampoco debió sorprenderme, entonces, que unas hermanas muy amigas mías supieran que el mejor regalo que podían hacerme era un libro que llevaba años rastreando: Diván, conversaciones con Enrique Bunbury de Javier Losilla. Editado en el año 2000, el título deja claro que se trata de una serie de entrevistas que el autor le realizó a Bunbury poco después del lanzamiento de su segundo disco en solitario. Losilla, periodista y crítico musical de Zaragoza, ha contribuido a diversas publicaciones y cuenta con la suficiente experiencia como para acercarnos al compositor cuyas letras a menudo resultan laberínticamente complejas mientras que en otras ocasiones son astutamente sencillas. Se nota que Losilla ha estudiado el trabajo de Enrique. ¿Tendrá algo que ver con el nombre Javier?

Bunbury, quien toma su apellido artístico de la obra de Oscar Wilde La importancia de llamarse Ernesto informa que montó su primera banda a los trece años, y que pasó la adolescencia cambiando de colegios católicos pues de todos era expulsado por diferentes expresiones de rebeldía como, por ejemplo, cantar un tema erótico en la emisora de una de sus escuelas. ¿Típicos inicios de un astro del rock, especialmente considerando el posterior ascenso vertiginoso de Héroes del Silencio? No necesariamente, si tomamos en cuenta que afirma no querer alcanzar la edad de Mick Jagger con el mismo rollo de estrella. Más bien son las raíces de los ánimos individualistas que lo han llevado por múltiples viajes desde India y Nepal hasta Antigua en Guatemala, y experiencias tan diversas como reuniones con el príncipe de Asturias y el descubridor del LSD (No simultáneamente, claro). Y es ese mismo individualismo, sin duda el que lo impulsa a bajarse del buque -como a finales de los 90 se le apodaba al grupo de rock zaragozano- para desarrollar su carrera en solitario.

Losilla no se limita a lo cosmético y a lo largo de más de 100 páginas indaga en las ideas del auto-denominado crooner, demostrando que Bunbury tiene opiniones muy claras en múltiples áreas de interés, desde la política y la religión, los amores y las drogas, hasta el vegetarianismo moderado. No debería sorprender, entonces, el espectro temático de su producción musical.

Fanático de Leonard Cohen y Bob Dylan -entre muchos otros-, Enrique confiesa que “creía que había dos formas de escribir: cosas como She Loves You, yeah, yeah, yeah… o Tutti fruti orruti o, por el contrario, acercarse un poco a la poesía culta, a la literatura. “Y así evolucionan sus líricas, que alcanzan su más alto grado de complejidad con El espíritu del vino que cuenta con referencias a libros, poemas, sueños, culturas asiáticas, escritura automática y la inspiración rockera de las drogas, hasta trazar una nueva curva que ya en el álbum pequeño dejaba atrás la metáfora y el simbolismo.

Y, del libro de Javier Losilla, ¿qué conclusión podemos extraer? No hay una específica, necesariamente, pues al entrevistado y a sus composiciones todavía les queda un sendero largo por recorrer. Además, Losilla de por sí ya nos roba la mejor acotación posible cuando en el prólogo nos advierte que en sus conversaciones “no hay pecado capital del que no se hable”.

Referencia Bibliográfica:

Losilla, Javier. Diván, Conversaciones con Enrique Bunbury. Zaragoza: Zona de Obras, 2000. 127 p.

 
     
 
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