Siempre me había acercado a la poesía de José Guillermo Ros-Zanet (David, 1930) con una reverencia casi de acólito; es más, pensaba que era ese y no otro el modo de asimilar la filosofía en reposo que subyace en los primeros versos suyos que conocimos: Mar y rocas y vértebras de peces/subyacen tras la imagen primitiva/de este sueño que yo sueño de Poemas fundamentales, Origen; o bien en líneas como: Y sentimos los muros/y la vida/y el manantial sonoro/de la misa./Y los ojos escuchan/las edades./ Y un pan de claridad/se hace infancia en los hondos/ manantiales del tiempo de La casa de las eras, 2ª. Lectura.
El lector no puede obviar el trasfondo en que se impulsan estas imágenes, la fuerza de la meditación que suena con el mismo tono de la brisa en el ramaje, y queda una sensación de estar no solo ante una expresión poética, sino ante el gran lienzo de las cosas vitales.
Es verdad, fueron lecturas dispersas, lecturas entre lecturas, como ocurre muchas veces a quienes vivimos entre libros y que no de otra manera podemos asumir el raudal de textos que se nos viene encima, retando nuestro deseo de poder leerlos todos en el necesario pero mezquino reposo.
Pero, a veces, hay segundas oportunidades. Tal como hace poco nos llegara la poesía de Elsie Alvarado de Ricord, en un solo tomo atinadamente titulado Siempre el amor (2003), ahora José Guillermo Ros-Zanet, también académico de prestigio indiscutible, nos entrega un libro que desde su título se explica por entero: Poesía reunida (2004).
Compendio de diez volúmenes de su poesía edita e inédita, prolongado de modo brillante por la catedrática Margarita Vásquez, Poesía reunida nos da la oportunidad de hacer un juicio integrador de la obra de quien ha sido galardonado varias veces en el Concurso Ricardo Miró de Poesía (1951, 1954, 1959 y 1984). Además ha publicado, como escritor y médico, en los géneros narrativos y de ensayo, aparte de sus conocidos aportes como columnista.
El juicio que se desprende de inmediato es agradable, al ver surgir ante nosotros la emoción viva, trascendental, próxima, de un Ros-Zanet que canta a las cosas más íntimas, esas a las que nadie llamaría jamás ajenas: Cuando los hijos salen,/en la casa se quedan,/encendidas,/las plegarias más juntas/y las manos más hondas,/como una larga y muda/visitación de dagas/y de huesos de La casa de las eras, 3ª. Lectura.
O como esos versos de la tierra (los que solo serán aspirados del todo por el lector que, como es mi caso, haya recorrido los mismos andurriales nativos: El pacoral/ del viento,/las solícitas vinas./El cipresal,/ el Ángelus/y la torcaz del alba de Cumbres aldeanas, Dolega.
Aun así, será en los versos del amor en donde uno termina por convencerse de que esta comunión poeta-lector es de verdad, es inmanente: Cuando tocas la arcilla/con manos de alfarera pensativa,/colegiala del agua y novia mía./Si dibujan tus manos amorosas/silvestres acuarelas,/colegiala del verde/ y novia mía./Pensé, para pensarte,/raíces y gacelas, colegiala del fruto/ y novia mía de Desde la ternura, I.
Releer la poesía reunida de Ros-Zanet nos confirma lo verídico de esa cualidad tan propia de la literatura: la de dejarse leer de tan distintos modos que cada vez, cada lectura, será un descubrimiento novedoso, aleccionador, vivificante, humano como pocos. Acabo de cerrar el libro y ya me siento en deuda con su autor: Poeta, ¡gracias por sus letras!
Referencia bibliográfica:
Ros-Zanet, José Guillermo. Poesía reunida. Panamá: Árticsa, 2004. 326 pp.