Escritor, a secas

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Jorge Edwards cuenta siempre la anécdota del epitafio de un escritor de su país que decía: “Quiso ser escritor. Llegó a ser escritor chileno”.

Me agota repetir argumentos para rechazar ese adjetivo que indica las más de las veces la denominación de origen de un escritor, como si ese adjetivo tuviera alguna sustancia intelectual y literaria.

Lo importante en la vida de un escritor es llegar a ser escritor, a secas, sea de donde sea o venga de donde venga. Que tenga tal o cual nacionalidad no importa nada al lado de su obra, de sus textos escritos, que deben tener valor literario e intelectual independientemente de donde sea el escritor.

Ser escritor, quiero decirlo una vez más, es lo importante para un escritor. Ser escritor mexicano, panameño, español o, ya en patria chica y provinciana, chiricano o canario es, para mí, al menos lo de menos. Lo de más es ser simplemente escritor.

En Geografía de la novela, el novelista Carlos Fuentes traía a su texto nada menos que a Alfonso Reyes, cuya autoridad intelectual y literaria nadie podrá en duda a estas alturas.

Siendo el mexicano como es de natural nacionalista, Reyes le paraba los pies a ese vicio ideológico y tribal con una sola frase: “Sí la literatura mexicana ha de pasar a la Historia, tendrá que hacerlo por ser literatura y no por ser mexicana”.

Algunos escritores y escuelas dizque literarias insisten en lo adjetivo antes que en lo sustantivo, cultivan el plumaje del origen tribal antes que la estética de la escritura y añaden el adjetivo como una condecoración que ayuda mucho a pasar de la nada al todo.

Como si ser escritor panameño o argentino fuera más que ser simplemente escritor. Tengo para mí que hay en quienes usan y abusan de la denominación de origen, que no es más que una característica menor, para salvarse del anonimato e introducirse en la pertenencia colectiva de la nacionalidad.

Como si esa pertenencia viniera a dar categoría de escritor a quien tendría que tener categoría por ser escritor y no por su nacionalidad. Empero, el vicio de la pertenencia, al menos en la literatura, avanza y lleva dentro un caballo de Troya muy peligroso: la confusión de lo importante con el factor local y, finalmente, el trastocamiento de lo adjetivo por lo sustantivo: que para un escritor valdría decir que es tan importante que sea panameño o guatemalteco como que es escritor.

Aquí hay una falacia intelectual que parece no ser corregible. Una y otra vez se acentúa la manía de llamar al escritor por su procedencia o nacionalidad y no por lo que realmente es: escritor.

Hace poco, leí las lamentables declaraciones de un viejo poeta de mis islas del sur, Canarias, donde lloraba su situación y pedía como un mendigo una pensión patriótica -a pesar de no haber cotizado a Hacienda jamás, como es obligatorio en todos los ciudadanos para adquirir ese derecho- “porque había hecho mucho por su patria, bien que en plano ideal”.

No, señores. Un escritor no es más ni menos que cualquier otro ciudadano de cualquier país del mundo, y con decir esto no quiero negar, ni mucho menos, la nacionalidad de cualquier escritor, sino negarle validez intelectual y literaria a la denominación de origen que llamamos nacionalidad.

Nacer es una casualidad matemática, perdonen ustedes el oxímoron, y no depende de nosotros nacer aquí o allí. Me siento razonablemente bien siendo canario y español, mitad venezolano, mitad cubano, en mi forma de ser y proceder, pero no me hubiera importado nada ser inglés o, sobre todo, francés. Y me hubiera molestado igual que ahora me molesta que me llaman escritor español o canario que me llamaran escritor francés.

Me gusta, pues, ser lo que soy, un escritor a secas. O solo un escritor, no vaya alguien a pensar, con sentido del humor, que me gusta ser escritor a secas porque no bebo una gota de licor. Antes muerto que abstemio.

Mi comentario de hoy no sobre, créanme. Cualquier escritor que ande por el mundo entero sabe que la denominación de origen, la nacionalidad, no hace otra cosa que limitar la concepción del escritor por parte de quien oye.

“Aquí está uno de los mejores escritores de España”, dicen. ¿Y qué dice eso? Nada, porque ser uno de los mejores o de los peores escritores de España no significa nada en el conjunto universal de la literatura.

Como decir, reduciendo al absurdo, que cualquiera, quien sea, es el mejor escritor de su barrio, sea ese el Tribeca de Manhattan o, al otro lado del mundo y entre los mares, sea el barrio de Vegueta, en la isla del sur llamada Gran Canaria.

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