Hábitos que tranquilizan

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Con frecuencia se ve a niños chuparse uno o todos los dedos durante la primera y segunda infancia, etapas que van desde el primer año hasta los 12 años, según la Organización Mundial de la Salud.

En un sondeo no científico realizado en prensa.com, el 32% de los participantes reconoció haber tenido este hábito en su infancia; mientras que el 64% apuntó que no. El 4% restante respondió que no sabía.

De acuerdo con el pediatra y neonatólogo Pedro Vargas, usualmente este hábito los pequeños lo combinan con frotar el borde de una sábana, una funda o una almohada en su nariz.

Otros suelen colocar una almohada entre sus piernas, además de una variedad de conductas habituales que los calman, sobre todo a la hora de dormir, explica Vargas.

De hecho, entre los comentarios que dieron los participantes en el sondeo en prensa.com, algunos dijeron que no se chuparon el dedo cuando eran niños, pero que frotaban una sabanita en su nariz y otros confesaron que se mordían las uñas para tranquilizarse.

NO HAY DAÑO

Vargas considera que en este tema es esencial reconocer que no es “necesariamente un mal hábito”, y que más de la mitad de esos niños dejarán de hacerlo hacia el final del primer año de vida, comentario al cual añade, de forma categórica, que el chuparse el dedo no es la causa de problemas dentales que requerirán más adelante tratamientos costosos de ortodoncia.

Explica que ese tipo de condición suele estar más relacionado con aspectos genéticos que con el hábito de chuparse el dedo. Es casi un mito.

La excepción pudiera estar si el chico se chupara el dedo con vigor, y haciendo presión sobre los dientes permanentes y el paladar día y noche, más allá de los cinco o seis años, ilustra el especialista.

¿POR QUÉ LO HACEN?

El hábito de chuparse el dedo es reconfortante y calma a los niños, explica la psicóloga clínica Lizzie Brostella.

Pueden hacerlo porque están cansados, asustados, aburridos o tratando de adaptarse a los cambios o a inicios de procesos, como la llegada de una nueva nana, por ejemplo.

También son una forma de autoconfortarse para dormirse y se vuelve un hábito, detalla la especialista.

El momento más habitual en que los niños se apegan a este hábito es cuando son bebés, y puede durar hasta los cuatro años, indica.

Comenta que es poco frecuente que el hábito se extienda hasta la etapa preescolar cuando, dependiendo de la frecuencia con que el niño lo repita, pudiera dañar la dentadura y causar trastornos del habla.

CÓMO MANEJARLO

Castigar al niño mayor e, incluso, al adolescente con epítetos de inmaduro o inseguro porque se chupa el dedo, no ayudará en nada a dejar el hábito; por el contrario, afectará negativamente la autoestima del individuo, explica el doctor Vargas.

Generalmente, cuando el niño es invitado a pasar la noche o el fin de semana con sus amigos en otra casa, se puede aprovechar para hacerle caer en cuenta que no le va a gustar que lo vean con el dedo en la boca mientras duerme y el niño o niña lo irá corrigiendo, sugiere el galeno.

Considera que esta situación no debe ser motivo de consultar psicólogos ni psiquiatras cuando no existen otros elementos de la conducta que sugieran problemas situacionales.

Recuerda a los padres que los niños tienen velocidades variables y diferentes tanto en el desarrollo como en su crecimiento, por lo cual no es prudente hacer comparaciones con el vecino o el hermano, por ejemplo, sobre hábitos como este.

SITUACIONES VARIABLES

Superados los tres o cuatro años, generalmente el niño ha debido desarrollar un sistema diferente para autocalmarse, explica la psicóloga Brostella.

Si el niño no puede dejar de chuparse el dedo y si hay muestras de que lo hace para bajar los niveles de ansiedad, esta situación puede crecer, indica la especialista.

Un niño que tiene ansiedad empezará a mostrar otros signos, no podrá concentrarse y podría volverse triste; entonces, es cuando los padres deben intervenir para aprender a manejar la situación, a fin de que el niño pueda desarrollar otras formas para autoconsolarse.

Los procesos de ansiedad en los niños tienen variadas formas de manifestarse: portándose mal, siendo agresivos y retrayéndose, enumera Brostella.

INVESTIGACIONES

Con respecto a este tema, un estudio realizado en Chile en 2009, publicado en la revista médica BMC Pediatrics y dado a conocer por la BBC, concluyó que chuparse el dedo, succionar el chupete y tomar del biberón podrían afectar el desarrollo del habla del niño si se llevan a cabo durante mucho tiempo.

Los investigadores de la Corporación de Rehabilitación Club de Leones Cruz del Sur en Chile, en colaboración con investigadores de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Washington en Estados Unidos, estudiaron a un grupo de 128 niños de edades entre tres y cinco años y descubrieron que los pequeños que tenían alguno de estos hábitos de forma persistente mostraron un mayor riesgo de trastornos del habla, como dificultades para pronunciar ciertos sonidos de palabras o para simplificar su pronunciación en edad preescolar.

El estudio reunió información de los padres sobre las conductas de alimentación y hábitos de succión durante la infancia del niño y se evaluó su capacidad de habla.

“Nuestra hipótesis es que al chuparse el dedo, el chupete o el biberón, el niño no ejercita todos los músculos de la cavidad oral”, resaltó el doctor Juan Carlos Vélez González, quien dirigió la investigación en Chile.

Y como solo se utilizan ciertos músculos, el niño no alcanza a desarrollar la musculatura necesaria para la capacidad del habla, amplió el especialista.

Vélez González agregó que el amamantamiento es la mejor forma para que el bebé ejercite todos los músculos de la boca, la cara y la lengua para lograr una mejor capacidad de habla.

Otros estudios revelan que el amamantamiento podría ser beneficioso en el desarrollo de la respiración coordinada, el acto de tragar y la articulación del habla.

Por otra parte, el doctor Vargas advierte sobre otro hábito para conciliar el sueño de los bebés: “Para muchas mamás y niños, el calmante para irse a dormir es una mamadera de leche o el pezón materno”.

Asevera el especialista que ni la mamadera ni el pezón deben usarse como calmantes para acostar a dormir al niño, pues además de que pueden favorecer la acumulación de azúcar por varias horas en los dientes, predisponen a una mayor frecuencia de infecciones del oído medio.

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