Historia de un sombrero

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En un viaje literario a Estambul, hace ahora un par de años, me instalé durante algunos días en un hotel muy cercano al mismo centro de la ciudad. En la noche, llegaba un tipo con un abrigo negro de cuero reluciente y un sombrero de los que usaban los espías de la Segunda Guerra Mundial para sus conspiraciones en Lisboa.

El tipo era delgado y serio: solo saludaba cortésmente a los clientes del hotel, se metía las manos en los bolsillos del abrigo y hacía su trabajo de guardián de noche del hotel mientras nosotros dormíamos. Por la mañana desaparecía para volver en la noche, sobre las nueve, y situarse en la puerta del hotel. Como si fuera una advertencia para maleantes. Yo me imaginaba que el hombre había tenido una larga vida entre bandas internacionales y que, al final, deteriorada ya su existencia por tantos accidentes y episodios complicados, había encontrado un trabajo digno y cómodo en un hotel de Estambul lleno de turistas españoles.

No fallaba ni un día a su tarea, pero no soltaba ni un gesto amable ni una mínima sonrisa para quienes lo saludábamos con toda atención cada noche. Lo pensaba como un hombre de gran experiencia, que había participado incluso en robos de bancos importantes y que había salvado su vida por los pelos, por lo menos en más de una ocasión. No tenía cicatrices en el rostro, pero yo me las imaginaba escondidas en su alma de luchador cuyo mayor símbolo era aquel sombrero de fieltro negro y ala bastante ancha que no se quitaba nunca.

Durante el tiempo que estuve en el hotel me fui obsesionando con el personaje. Confieso que una noche soñé con él o con alguien muy parecido a él. Entre sueños le conté la historia que quería escribir en cuanto me despertara, pero en cuanto me desperté me quedé sin historia, me olvidé del todo, y solo quedaba en mi mente el sombrero y el tipo serio con su abrigo negro reluciente de cuero en la puerta del hotel.

Uno de esos días, en los que yo estaba más dispuesto que nunca a conocer algo del personaje, a la hora de la noche en la que salimos a cenar me detuve en la puerta del hotel al lado del hombre que, como siempre, vestía su impecable abrigo negro de cuero y se tocaba con su sombrero negro de fieltro. Le hablé y me contestó con un monosílabo.

Le hablé en español y entonces me miró con sus ojos negros mediterráneo que se quedaron fijos en mí. De repente, esbozó una levísima sonrisa que me tranquilizó por un instante.

“Soy judío sefardí”, me dijo con aquella sonrisa incipiente que para mí representaba un regalo de los dioses. No quise importunarlo preguntándole por su vida, con qué derecho iba yo a molestar a aquel hombre a quien no conocía sino de verlo en la puerta de mi hotel impecablemente vestido con su abrigo y tocado por su sombrero.

“Me gusta ese sombrero”, le dije de repente, “¿dónde puedo comprar uno como el suyo?”, le pregunté. Me asombré al instante de mi propio atrevimiento, pero en todo caso ya la pregunta estaba hecha y el hombre no parecía haberse inmutado ni molestarse con mi impertinencia. Sin quitarse la sonrisa de su rostro me indicó dónde se podían comprar, en un mercado dos cuadras más abajo del hotel, “no como este que tiene mucha historia, pero parecido”, me dijo. Y no dijo más.

Al día siguiente compré en aquel bazar turco un sombrero como el del tipo que hacía guardia en la puerta de mi hotel, y los días que me quedaron en Estambul lo llevé puesto desde por la mañana a la noche. Me lo traje después a mi casa de Madrid y lo usé dos o tres veces, una en la presentación de un libro de un amigo, en una librería madrileña, y otro, que recuerde bien, en el viaje que hice a Estocolmo para asistir a la entrega del Nobel de Literatura a mi amigo Mario Vargas Llosa.

Cuando Patricia Vargas Llosa me vio entrar en el Grand Hotel de Estocolmo tocado con aquel sombrero me preguntó que de qué país venía. Tal era su asombro.

Ahora el sombrero negro que compré en un bazar de Estambul está colgado en un alto tronco seco que tengo en el salón de mi casa en Madrid como decoración escultural. Todas las tardes me siento un rato a escuchar música en ese salón, en un sillón fantástico para el descanso, de cuero color mostaza, y me quedó mirando para el sombrero turco un rato. Un día me imagino una historia y me comprometo a escribirla. Otro día es otra la historia de mi sombrero. Ahí está, me digo todas las tardes, mientras fumo y escucho música, esperando tranquilo a que le busque una historia de novela. Se la tengo prometida.

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