Látigos, fustas y millones

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L a literatura erótica ha ocupado un lugar destacado en la historia de Occidente, a menudo como algo pecaminoso y hasta punible, lo que, por supuesto, no ha inducido sino a que se lea con más avidez.

Desde el Decameron, de Boccaccio, hasta El Trópico de Cáncer, de Henry Miller, pasando por Las joyas indiscretas, del ilustrado Diderot, y clásicos como El amante de Lady Chatterley de D.H. Lawrence o los relatos de Anïs Nin, este género ha tenido importantes cultores. Aun así, el megaéxito de la trilogía de E. L. James, Fifty Shades of Grey (Cincuenta sombras de Grey), ha tomado a muchos por sorpresa.

La trilogía completa de James será publicada en español el próximo 4 de julio (ya está disponible en kindle), pero su versión en inglés constituye, por sí sola, un fenómeno sin precedentes. Posicionada en los tres primeros puestos de la lista de best sellers del diario The New York Times, los textos se han convertido en la venta más rápida de los últimos años, incluso por encima de la saga de Harry Potter, con un total de 15 millones de ejemplares vendidos.

Como una nueva Justine -cándida y virtuosa adolescente protagonista del libro homónimo del marqués de Sade-, E.L. James crea a la joven y también virgen Anastasia Steele, estudiante universitaria que firma un contrato de sumisión sexual con un apuesto y sádico millonario. Lo que Anastasia vive en materia sexual a partir de ese momento, James lo describe para sus lectores a través de escenas absolutamente perturbadoras y explícitas.

SUMISIÓN

Uno de los aspectos intrigantes de esta publicación es que, tratándose de una relación anacrónica para estos tiempos en que la liberación femenina es un hecho consumado, sea un público compuesto mayormente por mujeres el que la haya catapultado al éxito.

Algo similar registra la historia con el libro del marqués de Sade: este tuvo seis ediciones que lo convirtieron en un fenómeno editorial, leído con avidez clandestina por las damas de la transición del siglo XVIII al XIX. La gran diferencia, además del factor cronológico (Justine fue publicada por primera vez en 1791), yace en que aquel libro fue escrito por un hombre de rasgos psicópatas y misóginos que propugnaba por la inmoralidad sobre un oscuro y retorcido sistema filosófico que invertía los ideales de la ilustración.

En cambio, Fifty Shades of Grey lleva la firma de una inglesa de mediana edad (48 años), profesional y madre de familia. Es ella quien recrea ese estereotipo –supuestamente creado y anhelado por el ideario machista– de la virgen pura y cándida que se dispone a complacer al varón que ostenta el poder. Y son ellas, muchas ellas, las que se sumergen y disfrutan del relato.

UN CAMINO CONOCIDO

También resulta curioso que semejante éxito le llegue a una obra de escaso valor literario, escrita por una neófita en asuntos de letras. E.L James ha admitido a muchos medios como Hollywood Access y Good Morning America que la saga Crepúsculo, que dio a las adolescentes la oportunidad de seguir la fantasía de la chica común que encuentra su príncipe azul en un apuesto vampiro, le sirvió de base directa para su trilogía, que al igual que el éxito de Meyer maneja el clásico hilo argumental de enamoramiento, separación y reencuentro, propio de las novelas rosa.

James desarrolló el argumento de la novela como un fanfiction (continuación ficcional del relato original de Meyer) titulada Master of the Universe, en la que insertaba a los protagonistas Bella Swan y Edward Cullen en un mundo cargado de sexo. Luego, al verle potencial, decidió convertirlo en su propia novela.

La fórmula funcionó, pues al igual que en el caso de Meyer, el resultado ha sido éxito instantáneo y millones de dólares, lo que lleva a suponer que, si bien cuenta con conocimientos precarios en asuntos de letras, E.L. James sabe mucho de sexo.

Sexo que, siendo explícito, adolece de aquellos elementos que el poeta y ensayista español Fernando Aramburú considera indispensables: “el sexo explícito, el relato de naturaleza fisiológica, también representa una negación del rito amoroso sin el cual la literatura erótica, que es ante todo un arte del detalle sugerente, de la insinuación, del desvelamiento paulatino, se queda privada de su necesario sustento poético”.

El lanzamiento en español de Cincuenta sombras de Grey ha sido preparado por el grupo editorial Random House Mondadori. Los derechos de traducción se han vendido ya en 40 países, y Universal Pictures y Focus Features compraron los cinematográficos.

OPINIONES

Para la doctora Rosa María Britton, no hay ninguna lógica en “el sofoco por leer una novela que muestra el peor lado de la naturaleza humana”. Britton explica que esta lectura más allá de presentar a la mujer en una situación degradante, también “degrada mentalmente a quien lo lee” al ser una lectura que no aporta nada.

“Realmente es posible que muchas de ellas (las lectoras) tengan poca cultura o no hayan leído nada. Por otro lado, puede tratarse de gente que se siente insatisfecha con su vida y piensa que a través de algo como eso va a sentir algo en sus relaciones; sin embargo, yo no concibo que alguien se divierta con el maltrato. La sensualidad de una mujer depende de su personalidad y su fuerza interior”, apunta.

En tanto, la columnista de La Prensa Ana Alfaro, quien leyó la obra, asegura que “el término operativo aquí es ´fantasía”. En cuanto a las razones por las que las mujeres lo están leyendo, Alfaro las resume así: “el protagonista es la fantasía de toda mujer: intenso, sabe qué hacer entre sábanas y, por supuesto, es multimillonario y guapo. Además, los proponentes del BDSM (término que abarca bondage o atadura física; dominación o disciplina, y sadomasoquismo) alegan que las mujeres tienen que estar en control de tantas cosas –trabajo, hogar, hijos y demás– que prefieren ceder el control de su sexualidad a su pareja”.

¿Indica esto que están compartiendo la fantasía de ser maltratadas? “No creo que las mujeres fantaseen con ser maltratadas”, comenta Alfaro. “Nótese que los practicantes del ´deporte´ de BDSM siempre tienen una palabra de seguridad, safe word, que indica a su pareja cuándo parar. Es, presuntamente, consensual, cuerdo y seguro”.

Nada indica que las mujeres que están corriendo a comprar el libro tengan interés en entablar relaciones como la allí planteada; más bien, buscan darle un poco de combustible a la imaginación, pero ponerle glamour al sadomasoquismo no deja de ser peligroso, sobre todo porque James tiene lectoras de todas las edades, incluidas menores.

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