Medio milenio de historia (III)

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Renegar de la historia se ha convertido, para algunos, en vano ejercicio intelectual, en activismo político circunstancial, o simplemente en postura de esnobismo.

Al invocar el ya lejano genocidio original, no faltarán los que traten de mezclar legítimas reivindicaciones sociales sobre situaciones –de las cuales somos enteramente responsables los hombres y mujeres de hoy–, con la búsqueda de culpas y pecados de los españoles de hace cinco siglos.

Olvidan que existen y protestan en castellano gracias a esos acontecimientos que forman parte de una historia extraordinaria.

Otros fabrican leyendas negras o leyendas doradas sobre nuestro pasado. Son aquellos que padecen de sentimientos de inseguridad o que tienen una agenda de intereses creados que quieren proteger a costa de la verdad histórica. Son los que tratan de justificar las actuaciones reprobables o con pobres resultados de grupos dominantes o dominados, de figuras históricas y de gobernantes que ocupan un lugar predilecto en sus afectos, o los que solo quieren denigrar a aquellos que adversan.

Finalmente, otros hacen algo que es quizás todavía peor: ignoran a la historia, no tienen memoria colectiva, desconocen, porque lo estiman superfluo, su propio pasado como pueblo. Nosotros aspiramos a revelar la historia, otorgando sentido a un pretérito que se articula ideológicamente a partir de un sistema filosófico, de una idea, de uno o varios conceptos centrales. Aspiramos a hacernos las preguntas cuyas respuestas satisfagan nuestra curiosidad intelectual, nuestra angustia ontológica, nuestra sed natural de conocimiento.

Aspiramos a revelar un pasado hecho no solo por las figuras heroicas, sino también, y sobre todo, por la masa anónima de hombres y mujeres que conforman una sociedad, y por una geografía específica, un medio natural que lo sustenta y sobre el que ejercen su acción y al que, por igual, afectan recíprocamente. Autenticidad y honestidad intelectual: son palabras clave para el historiador, tal como aprendimos de un Rodrigo Miró o de un Carlos Manuel Gasteazoro.

De la hazaña de Colón quedan pocos rastros. Pero queda un relato, el primero que se tenga escrito sobre nuestra geografía física y humana que revela la tierra panameña y sus ocupantes precolombinos al resto del mundo. Nos muestra a una humanidad que, por esos fenómenos históricos de descubrimientos, conquistas y colonización, está en vías de la integración definitiva, de la globalización planetaria final.

Hoy, la sociedad panameña parece estar atascada. A pesar de la nueva y brillante situación creada por la ejecución de los Tratados Torrijos Carter con la entrega del canal interoceánico a Panamá y el llamado “perfeccionamiento de la independencia”, además de 22 años de vida democrática más plena, persiste un cierto sentimiento de impotencia y de desesperanza que penetra en todos los círculos y en todos los estratos sociales.

La solidaridad social y el espíritu cívico parecieran nociones abstractas que no conciernen a mucha gente. La corrupción parece haberse convertido en parte de nuestra idiosincrasia; mucha incapacidad se añade a la impunidad en los sectores público y privado. El futuro lo vislumbramos como un eterno presente frente a un mundo que sigue, a velocidades diferentes, evolucionando sin cesar. El logro del verdadero desarrollo económico, social y cultural de Panamá es, cada día, un espejismo más distante, en la práctica parece inalcanzable.

Las celebraciones de acontecimientos históricos de primera magnitud deberían librarnos del letargo intelectual en el que nos encontramos, reforzar el sentimiento de nuestra propia identidad dentro de los pueblos del mundo, y darnos una nueva dirección, un nuevo norte. Deberíamos hacer un esfuerzo para desempolvar la memoria colectiva y reconocernos, con fuerza y determinación, como un pueblo que tiene una historia y un pasado que reviste toda la dignidad de los de cualquier otro pueblo del planeta.

Los hombres y mujeres de todos los orígenes geográficos y culturales que hicieron la población, son nuestros antepasados directos, tanto biológicos como espirituales. Deben servirnos de inspiración para enfrentar los tremendos desafíos, las grandes incógnitas del siglo XXI, que será de una revolución científica y tecnológica inimaginable, pero de grandes y terribles peligros también.

Al cumplir medio milenio de historia de Panamá podemos preguntar: ¿Qué significa ser panameño en el siglo XXI? Ciertamente, el portador de un gentilicio respetable. Ojalá que corresponda a los hombres y mujeres más activos de la América Central.

FUENTES

Editor: Ricardo López Arias

Textos: Omar Jaén Suárez

Fotografías: Carlos Endara. Colección RLA/AVSU

Comentarios: vivir+@prensa.com

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