Octavio Paz y la gente de la literatura

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Cuando André Gide visitó la Unión Soviética, en el apogeo del comunismo internacional, regresó aterrorizado a París y escribió un libro sobre su experiencia que dejaba a los soviéticos en el infierno.

Se firmó un documento por parte de la gente de la literatura universal que apoyaba la causa del comunismo, encabezados por Neruda y Alberti, que Octavio Paz tuvo la valentía y el atrevimiento de no firmar.

Si Gide lo decía, Gide estaba diciendo la verdad. Desde ese momento y en adelante, Paz fue anatematizado como hombre de la reacción internacional. Esa acusación duró toda la vida del poeta mexicano, aunque al final de su vida pudo congraciarse de nuevo con Neruda, gracias a la mujer del chileno, y con Alberti. Y con algunos otros muchos de la literatura que lo habían rechazado durante años.

Ah, la gente de la literatura: un hueso jodido de roer. En una larga discusión en La Paz, Baja California Sur, hace de esto algunos años ya (de todo hace ya más de 30 años), durante un debate literario tuve la osadía de defender a Paz de todo cuanto se decía en su contra y de afirmar, además, que a mí me parecía el mejor poeta mexicano de aquella actualidad inflamada.

Saltaron sobre mí poetas como el español Ángel González, el dileante Santiago Genovés, el novelista Arturo Azuela, incluso el propio Daniel Sueiro, que era de natural buena persona y hombre serio.

Yo me reía de todos ellos recitando poemas de Paz que arrechaban cada vez más a mis adversarios de criterios, que al mismo tiempo me citaban los nombres de otros poetas mexicanos que ellos mantenían que eran superiores a Octavio Paz: Rubén Bonifaz, Alí Chumacero, Jaime Sabines.

Para excitarlos más en aquel desayuno literario inolvidable de la ciudad de La Paz yo les decía a cada rato que afirmaran lo que afirmaran la poesía mexicana descansaba en Paz, con el doble sentido que arrastraba la frase.

Hace unos días, durante el curso que la Cátedra Vargas Llosa presentó en la Universidad de Verano de la Complutense, pudimos hablar largo y tendido de muchas cosas míticas de Paz, que llegó a ser, a mi entender, uno de los sabios poéticos del siglo XX.

Conmigo y con Luis Racionero, una noche en el Hotel Palace de Madrid, bebió hasta casi el amanecer, muerto de la risa y divertidísimo. Recuerdo que durante 15 o 20 minutos, los primeros de la charla, en el primer whisky, Paz se mantuvo en una actitud protocolaria, pero al segundo trago me espetó con una gran sonrisa: “Venga, Armas, vamos a hablar de maldades que es lo que nos mantiene vivos, ¿qué pasa aquí con la guerra de la poesía, los de la existencia y los de la experiencia?” Y se echaba una gran carcajada.

En un momento determinado, recordé un esplendoroso almuerzo en Valencia, una bullabesa levantina inolvidable, a la que fuimos invitados junto a los Paz y los Vargas Llosa por Tony López Lamadrid y Beatriz de Moura.

Paz no dejó, brillantísimo y sarcástico, de meterse a fondo con Carlos Fuentes. “¿Te acuerdas, Mario (preguntó dirigiéndose retóricamente al novelista peruano), de aquel espermatozoide que camina en la novela Cristóbal Nonato por la página 59 y se pasa a la 60 y luego se resbala hasta la 70 y recorre toda la novela como si estuviera nadando en una playa interminable?” Y se reía a continuación con una carcajada que nos hacía carcajear también a los demás.

Me atreví a decirle aquella noche del Palace que Fuentes se había puesto dos by-pass y que me habían dicho que estaba mal del corazón. “Qué vaaaa”, contestó Paz con sarcasmo, “lo hace por imitarme, yo tengo cuatro y estoy tomando whisky aquí con ustedes como si tal cosa”.

Era Octavio Paz una tromba, tenía un genio lleno de recursos, y se cuenta que un día llegó a dar una conferencia en inglés a una prestigiosa universidad norteamericana. Abrió la cartera para sacar los papeles de la conferencia y, de repente, se da cuenta de que se ha equivocado de conferencias y que no ha traído los papeles que tenía que leer. Y encima lo confiesa y le dice al público que lo siente, pero que se ha equivocado de conferencia. E, inmediatamente después, comienza a hablar sobre lo que tenía que tenía que dar la conferencia, sin un papel y sin ningún guión. Y en inglés técnico y literario. Sin un fallo. El final fue una apoteosis de aplausos.

El Nobel mexicano es una de las mejores memorias que guardo en mis recuerdos y en mi corazón. Era un tipo entero y, al mismo tiempo, sensible y ardoroso. Un poeta y un sabio.

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