Panamá, cascarón de historia

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Pues sí: aterricé en la quinta, en La Prensa y no siempre se ha escuchado Beethoven. En vez de los cañonazos de Tchaikovsky (1812) nos han tocado las lacrimógenas del Noriegato (1989); luego, uno que otro Danubio Azul (los 15 minutos de cada nuevo gobierno) y mucho “Matasnillo Negro”, o sea el resto del lustro.

Y como periodistas, nos toca plasmar la historia mientras sale del útero del planeta y la raza que lo rige. Así que, a los 492 años de su fundación, a celebrar otro cumpleaños metropolitano mientras recordamos el pasado, para no cometer sus errores en el futuro.

Nuestra urbe nació cuando el bribón de Balboa, primero de tantos, escuchó en Santa María La Antigua del Darién que al sur había tanto oro que se comía de vajillas de plata. ¡Caching!, viendo la oportunidad le sonaron los ojitos, igualito que sonarán los de cada venta de las nuevas cajas registradoras fiscales, negocio que le traerá al elegido de a dedo, como es de esperar (¿Licitación? Una palabra: Odebrecht), “buco yets” (del francés o mucho, y de la contracción de “billetes”), así que marchó Vasquito para el sur, descubriendo, de paso, un océano al que por perspectiva miope ( otra de muchas) llamó Pacífico: claro, lo vio desde un golfo con una bondadosa plataforma continental.

Luego, Pedrarias Dávila fundó la ciudad a la que bautizaron Panamá. El origen del nombre aún se especula y por lo general se acepta que viene de abundancia de peces y mariposas, o si no del nombre de cierto árbol de orgulloso tronco y cobijada sombra, bajo el cual se reunían las familias aborígenes.

Luego, tras el saqueo de Sir Francis Morgan and company, la ciudad se mudó a una pequeña península, escarpada y rocosa, luego conocida como San Felipe, donde se amuralló para rechazar así ataques por mar y por puerta de tierra.

Hasta cerca de los 70, no obstante, en la Vía Cincuentenario, existió un pequeño desvío, porque muy asentada en medio de los dos paños estaba la famosa piedra del sacrificio, donde perdieron su conexión cabeza y tronco tanto de aborígenes como de europeos.

Ya se ha olvidado, como también se olvidará algún día el Casco Antiguo (“¿Abuelito, qué era un Patrimonio de la Humanidad?”).

Y termino con una curiosidad sobre el origen de la palabra “casco”, que al igual que “cáscara” y “cascarón” proviene del verbo “cascar”, a su vez del latín quassare (dar golpes, agitar, sacudir), iterativo de o sacudir. La idea es que hay que darle de golpes para sacarle lo de adentro. Quién hubiera dicho que los padres ideológicos de la cinta costera III supieran tanto de filología. Otra disciplina académica interesante, especialmente de la mano de la historia. Pero bueno, my name is Panama.

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