Poder que todo dañas

El poderoso estropea sus acciones cuando olvida que el mundo no le pertenece. De eso habla ´El planeta de los simios: revolución´.

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En toda raza siempre hay, por lo menos, un traidor. En toda manada hay un dictador con ansias de sobresalir. En todo conglomerado existe un villano que terminará solo por culpa de su propia intolerancia y soberbia. En todo clan llega un hasta aquí y es cuando el final del enemigo se acerca.

Así somos, no importa si pertenecemos a una perdida tribu del Amazonas, si residamos en la progresista Finlandia o si estamos en ese surrealista, húmedo y esplendoroso país inventado por Carroll y Dalí llamado Panamá. Ocurre entre peces, perros, simios, y, cómo no, entre los seres humanos.

Gracias al argumento de El planeta de los simios: revolución, más los últimos acontecimientos políticos ocurridos en este istmo, vuelvo a recordar esa verdad planteada por los filósofos: el poder corrompe, daña, lacera y acaba.

Uno entiende el odio que siente César por esa otra especie que lo encierra y lo humilla. En buena medida uno está de acuerdo que se organice, que se escape de la cárcel y acabe con esos malvados, que como él, actúan irracionalmente.

Uno lamenta que Ernesto Sábato tuviera razón cuando dijo que de tanto odiar a tu enemigo corres el riesgo de parecerte a él. También el genio argentino se preguntó más de una vez cómo los indignos pueden dormir por las noches.

César, el simio inteligente que es marginado y golpeado por los prepotentes humanos que lo acusan, y le temen, por ser precisamente distinto, termina siendo igual que sus opresores.

El director Rupert Wyatt nos presenta una obra comercial, no hay duda por su puesta en escena rápida y espectacular, pero posee una calidad argumental inusitada, con una tensión dramática invalorable y con un uso acertado de la tecnología al servicio de la historia que pocas veces se ve en el superficial Hollywood.

Se le considera una precuela porque nos da razones para entender el porqué el personaje encarnado por Charlton Heston es un esclavo rebelde en El Planeta de los Simios (1968).

Wyatt por poco y supera al clásico firmado por Franklin J. Schaffner, y por supuesto que aplasta lo hecho por mi estimado Tim Burton en 2001 y le gana por kilómetros a dos versiones que se hicieron en la década de 1970.

Todas las antes citadas hablan de lo mismo: el peligro de la ciencia cuando estorba el avance equitativo de la sociedad y el poder desmedido que solo sabe crear desmadres. Alguien en esta parte del trópico debería ver esta cinta y recapacitar.

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