Portobelo

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En Portobelo se conjugan historia y paisaje, arte y religiosidad:  un lugar materialmente pobre, marginal quizás, pero con un espíritu riquísimo, que toca y recarga de una energía tan especial al que lo visita, y hace que ese breve espacio cargado de patrimonio sea mi preferido. Las lecturas posibles de Portobelo son tantas como las espinas de un erizo marino.  Yo soy arqueólogo, entre otras razones, por las vivencias de mi niñez.

Mi padre siempre nos llevaba a mí y a mis primos (los Tomás) en su Mini rojo clásico de paseo a Portobelo y la playa: era absolutamente maravilloso para mi mente infantil recrearme con las historias de piratas y tesoros, recorriendo las misteriosas ruinas de los fuertes y deleitándome en el infinito del Caribe.

Además, la bahía de Portobelo es un paisaje hermoso, no en vano el propio Cristóbal Colón la bautizó como “bel porto” hace 510 años. 

Tal escenario natural enmarcó el complejo sistema colonial de flotas y ferias que configuró al “triángulo estratégico” panameño (cuyos otros vértices eran San Lorenzo y la ciudad de Panamá, unidos por el río Chagres y los empedrados caminos Real y de Cruces) como una de las “llaves” del imperio español en el Nuevo Mundo.  

Por siglos Portobelo no solo fue objeto de la codicia más desaforada, peón indispensable en la partida del ajedrez global de los imperios, y sitio donde se diseñó y construyó el más sofisticado sistema de defensa militar del istmo. 

También fue caldo de cultivo de expresiones culturales maravillosas.  De hecho son pocos los sitios inscritos en la lista del Patrimonio Mundial de la Unesco que pueden jactarse de tradiciones locales con un simbolismo tan sofisticado.

Uno de ellos, la devoción sincrética al Cristo Negro, con su peregrinación anual orlada por túnicas moradas, o el ritual congo, que nos habla, en su propio idioma (por cierto reconocido por estudiosos como código lingüístico singularmente interesante) de la resistencia del esclavo ante la dominación española en una reflexión, desde lo popular, sobre la eterna lucha entre el bien y el mal, pero en clave de baile y de sorna, a ritmo de percusión y de palmas.

Si hay un lugar en nuestro país donde el visitante puede conectar el patrimonio tangible con lo intangible, descubriendo una rica herencia de piedra y tambor, reconocer lo europeo y lo africano en un paisaje que nos susurra historia en un fascinante rejuego global y local... es allí.

(El autor es arqueólogo)

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