Winston Churchill: amo y señor del verbo...

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Y del adjetivo, el sustantivo y la palabra en general. Winston Randolph Churchill es mi ídolo.

Tal vez sea porque, además de que mi padre disfrutaba de su obra, siento que, como él, huesié de joven, y ahora en mi madurez (la etapa anterior a la putrefacción) estoy produciendo, but of course, never en su liga.

Imagínate: Al llegar al Parlamento, juramentó ante la reina Victoria. Su carta de renuncia la recibió la segunda Elizabeth. En medio, Jorge V y VI. Por añadidura, fue escritor y artista feraz con lengua feroz.

Las más famosas de sus anécdotas –o por lo menos, mis favoritas— son aquellas en que bañaba con su bilis lacerante a su némesis social, Lady (Nancy) Astor, la primera mujer en ocupar un puesto en el Parlamento inglés.

Y ahí estaba el rebelde estadista, a la vez pensante y ejecutor. ¿El discurso del Rey? ¡Ja! Okay, un premio Oscar para el actor Colin Firth.

Pero pilla la vida real: por su voluminosa obra impresa obtuvo más regalías que escritores como William Faulkner y Ernest Hemingway juntos, más la friolera de un Nobel de Literatura.

Este fenómeno del siglo XX fue soldado, periodista, autor; historiador, estadista e inventor. Pero volviendo a su “Arista” Astor, sabemos lo que pensaba WRC de Adolfo Hitler, y la virginiana simpatizaba con Alemania: Churchill describió a los “astoristas” como “apaciguadores que alimentan al cocodrilo, con la esperanza de ser los últimos que devore”.

Poco después se encontró con la Astor en una cena. Cuando se acercó a Astor, (quien era la anfitriona), ella dijo: “Winston, de ser su esposa, envenenaría su café”. A lo que el rollizo estadista replicó: “Nancy, si yo fuera su marido, me lo tomaría”.

Otra famosa de Winston Churchill, de conocida afiliación al templo del etilo: “De joven, me cuidaba de no beber antes del almuerzo. Ahora, me cuido de no beber antes del desayuno”.

Beodo sí, beato jamás. Desde joven destilaba agudeza. A los 13, el rector de su cole le llamó la atención: “Jovencito, tengo serias razones para estar disgustado por su conducta”.

Contestación: “Similarmente, yo también tengo serias razones para estar disgustado por su conducta”.

En 1931, un cable de George Bernard Shaw: “Reservado dos boletos para estreno nueva obra. Traiga amigo, si lo tiene”.

Respuesta: “Imposible asistir primera noche. Gustaría asistir a segunda, si la tiene”.

Pero su cúspide oratoria se dio el 10 de mayo de 1940, ya Primer Ministro: “Le diría a la [Cámara de Representantes] lo que dije a quienes se han unido a este gobierno: ´No tengo nada que ofrecer excepto sangre, labor, lágrimas y sudor”. El discurso pasó a la historia como Blood, Sweat and Tears.

Pero uno menos conocido es el de la House of Commons (Cámara de los Comunes): “Lucharemos en las playas; en las pistas y encalladeros; lucharemos en campo y calle, y en las colinas. Jamás nos rendiremos”, declaró. Y mientras la Cámara tronaba de aplausos, le susurró a un colega: “Y lucharemos con los culos de botellas rotas, que son lo único que nos queda”.

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