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La pérdida de un bebé es un evento
trágico y significativo en la vida tanto de la madre como del padre. La
realidad es que no estamos acostumbrados a hablar de la muerte ni mucho menos
si se trata de un bebé. Comentarios como “podrás tener otro
hijo más adelante”, “pero fíjate, tienes otros hijos” o “yo
sé cómo te sientes” son comentarios de negación del
dolor que realmente están sintiendo los padres.
Esperar nueve meses, sentir mes a mes todos los movimientos, pateadas y codazos,
escuchar los latidos del corazón, sentir cuando el bebé tiene hipo,
tener una fiesta, recibir regalos, decorar el cuarto del bebé con los
gustos propios de la pareja para que al final los padres lleguen a casa sin el
bebé es una experiencia muy traumática.
Si bien es cierto pueda que exista la posibilidad de que se tenga otros hijos
en el futuro, en ese momento se perdió el bebé que tanto se añoraba.
Es innegable que duele muchísimo que todos los anhelos y deseos se hayan
desvanecido en un “abrir y cerrar de ojos”.
Los padres de una familia podrán tener cuatro hijos, pero el hecho de
haber concebido a su quinto bebé y que haya crecido dentro del útero
de la madre, aunque ya tengan otros, constituye una pérdida incalculable.
Cuando le decimos a la otra persona que sabemos cómo se siente, a menos
que se nos haya muerto un hijo, entonces se ha podido estar genuinamente en
ese lugar. Sabemos que la persona se siente muy mal, pero no sabemos la magnitud
a la que se pueda llegar ya que todos somos humanos y diferentes. Sentimos
de forma única y percibimos la vida de distinta manera. Unas personas
sobrepasan la muerte rápidamente, pero otras pueden durar hasta años
en recuperarse.
Después del nacimiento de mis hijos varones y el de mis hermanas, se
tuvo la grata noticia de que una de ellas tendría una pareja de mellizos.
Lamentablemente, la alegría duró poco. Hace tres años
pude experimentar el dolor de la muerte de mi sobrina y esperada ahijada. A
las 25 semanas del embarazo de mi hermana, nacieron los bebés. Mi sobrino
nació con muchas complicaciones y logró sobrevivir finalmente.
Sin embargo, ella que nació en mejores condiciones murió súbitamente
a la semana. Está de más decir que fue muy doloroso para toda
la familia.
Como tía, les puedo anticipar que el pesar fue muy grande. Iba a ser
madrina por primera vez de una niña después de tantos niños
varones. Me la imaginaba en su bautizo, primera comunión y otros eventos
especiales de su vida.
Cabe mencionar la ilusión que tenía de comprarle lazos para su
cabello, asistir a las funciones de ballet, los vestidos y las muñecas
que hubiese querido regalarle. El dolor nos hace llorar y añorar lo
que no se pudo tener. Pero el tiempo es lo que se necesitará para sanar
el dolor y pasar por las etapas de duelo.
¿Qué hacemos en ese momento? ¿Cómo podemos estar
presentes con los padres que han perdido a su adorado bebé?
Simplemente escuchar. Si queremos demostrar que estamos de corazón con
los padres que están en duelo, lo mejor que podemos hacer es escuchar.
Al hacer silencio, podemos dar espacio a que los padres puedan expresar su
dolor una y otra vez.
Demostrar. Un abrazo, un apretón de mano, una muestra de afecto en ese
momento de dolor vale más que mil palabras.
Ayudar. Nada mejor que el apoyo y amor que podamos dar en estos momentos. Muestras
de cariño como llevarle a casa una comida, acompañar y cuidar
si hay otros hijos, hacer mandados que toman tiempo (como por ejemplo ir al
supermercado) serán muy apreciados.
La próxima semana continuaremos con lo que los padres pueden hacer para
sobrellevar el duelo.
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