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En tiempos de la antigüedad se tenía un concepto totalmente diferente de la leche materna.
Cuando empecé a investigar cómo las mujeres en el pasado alimentaban a sus pequeños, me encontré con una sorpresa.
Al observar documentos de la época medieval se aprecia que cuando nacía un bebé se llevaban al pequeño a una nodriza encargada de amamantarlo.
Esta práctica se llevaba a cabo desde la época romana cuando era visto normal entregar a los hijos a la nodriza para su cuidado y alimentación.
La lactancia era trabajo de mujer, pero era el esposo quien estaba encargado de investigar y hacer las diligencias de buscar a la nodriza ideal.
Era un negocio entre hombres, y los servicios eran bien pagados entre la clase aristócrata.
A 1350 se remonta la primera regulación oficial del trabajo de las nodrizas y hasta el siglo XIX fue costumbre de la clase aristócrata entregar a la nodriza el bebé para alimentarlo.
Pero no todos estaban de acuerdo con esta tradición.
Muchos eclesiásticos opinaban que “entregar el niño significaba para la madre llevar una vida moralmente inaceptable”.
Y de esa manera, los que predicaban se encargaban de enseñar que no era aceptable que la madre dejara a su hijo en manos de otra mujer para entonces dedicarse a la vida mundana de vanidades y egoísmo.
La entrega de un hijo era justificada por dos razones, según Sarti & Sparnaci, ya que la mujer estaba muy débil para dar pecho después de dar a luz y había que respetar “la prescripción médica de no dar al recién nacido la primera leche, el calostro, que se consideraba nociva”.
Según Aristóteles, “el calostro es para el recién nacido un alimento infecto, que puede provocar convulsiones y epilepsia”.
Todavía más, en las Escuelas de Medicina de Salerno se enseñaba que “el niño debe ser amamantado solo después de reponerse de la perturbación del parto; la nodriza debe sacarse la primera leche y tirarla, ya que está corrompida por la perturbación del alumbramiento”.
Lo más interesante es aprender lo que en ese tiempo consideraban acerca del calostro. En ese entonces se decía que era “perjudicial porque provenía de una mujer que acababa de sufrir, era difícil de digerir, producía lombrices y provocaría dolores y diarrea. Es tan nocivo que conviene extraerlo y tirarlo al fuego y causa ictericia en el recién nacido”.
Sin embargo, la medicina reconocía los beneficios del calostro que contradice las creencias de la antigüedad porque se decía que: “posee virtudes antitóxicas, que contiene hierro y aporta fuerza vital, hace dormir bien al recién nacido, si es ingerido por la madre, favorece la subida de leche, aplicado externamente, sirve para curar las otitis y es útil para el tratamiento de la conjuntivitis, así como para limpiar los ojos del recién nacido”.
En la próxima semana veremos las maravillas del calostro en el siglo XXI. |