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Poder gozar la alegría de los niños no tiene precio. Semanalmente, trato de visitar a mis sobrinos ya que ellos me traen gratos recuerdos de tratar con niños pequeños ya que los míos están grandes.
Cuando llego de visita, se me tiran encima gritando “Tía, tía”. Soy sinónimo de diversión. Ellos saben que yo siempre traeré una idea, alguna actividad, ¿cuál será la sorpresa del día de hoy? Resulta que una tarde mientras que los cuidaba abrí el clóset y me encontré con una bolsa de muchas bolitas de colores, de esas como las que encontramos en los restaurantes como McDonald y Burger King.
Preparé el ambiente, les dije que tenían que recoger los juguetes que estaban en el suelo y que venía una fiesta de pelotas. ¡Música maestro! ( la “nana” que sabe cuales son mis canciones favoritas, nos deleitó de esa música con ritmo infantil).
Muy atentos a mis instrucciones, estaban los tres parados esperando la señal. Y dije: “Señoras y señores, con ustedes tenemos la fiesta de colores, la fiesta de las pelotas voladoras”. ¡He abierto el paquetón de pelotas y que alegría, saltos, gritadera, era un carnaval de felicidad. Tiraban bolas, las movían, las empujaban, las correteaban, tremendo relajo...!
Cuando me percaté que ya le habían perdido las ganas empecé con otro juego y decía “Ahora, vamos al mercado” y agarraba bolsones con tirones y empezaba a llamar: “pelotas, pelotas, vendo pelotas, gracias caballero” (ellos mismos recogían las pelotas y me las daban).
Estábamos recogiendo, pero a la vez jugábamos al baloncesto tratando de meter en la canasta, contábamos las pelotas, recitábamos el abecedario.
Era divertido ver hasta la pequeña de 18 meses cargando un bolsón y cada vez que se agachaba a recoger una, se le salían el resto de las bolitas de la bolsa. Fue una tarde inolvidable.
Por supuesto, los niños empiezan a asociar. Llegué ayer y me dijo el segundo, “Tía, las pelotas”. “Perfecto”, le dije pero primero tienes que cenar. Era la hora de la cena y lo estaban llamando a comer. El pequeño que batalla todos los días para comer, esa tarde, se comió toda la comida.
Cuando terminó, salió corriendo en mi búsqueda, diciendo: “ya terminé” y le dije: “¿y las manos?”, y salió corriendo al baño haciendo lo que le pedía indirectamente.
Llevamos una vida tan ocupada, pero hay que hacer espacio para el juego.
Jugar es una experiencia educativa, que conlleva el manejo de una lluvia de emociones, felicidad, alegría, frustración y todas oportunidades para educar.
Estoy segura que esa bolsa en la Avenida B fue muy económica, pero el valor agregado de las emociones experimentadas de mis sobrinos, verle los rostros de contentura, gozar con ellos las risas y la saltadera.
Esa felicidad es contagiosa. Cuando me fui, no sólo gozaron ellos, yo lo gocé parejo y eso vale más que nada en este mundo. |