El rompecabezas se ha ganado fama de juguete educativo entre los padres.
Con algunos modelos, el niño machaca el nombre de los colores, los números, los animales y aprende geografía.
Cierto, pero con matices. “No hay juguete más educativo que otro, porque hasta un objeto tan simple como uno de madera enseña algo, aunque no tenga que ver con una materia concreta”, explica la especialista en juego Imma Marín.
Los conocimientos que transmite un rompecabezas quedan en un segundo plano, en opinión de los expertos, si se comparan con las habilidades que se trabajan cuando se consigue encajar una pieza con otra.
Cada vez que un niño agarra un pedazo del dibujo y lo coloca en su sitio ha entrenado sus dedos -la motricidad fina- para que más adelante sean capaces de coger un lápiz o de manejar herramientas; ha tenido que concentrarse para tratar de visualizar la imagen que intenta reconstruir; ha refinado su intuición y su razonamiento lógico para colocar las piezas en su sitio, resume Jordi Sapena, pediatra del centro médico Teknon.
Historia
Los propios orígenes del rompecabezas están detrás de que se le haya considerado un mero transmisor de conocimientos, sin tener en cuenta sus otros puntos positivos.
Se ha acordado que el primer rompecabezas nació en 1760 y que su padre fue el británico John Spilsbury, un fabricante de mapas de Londres.
Un buen día decidió montar una de sus creaciones sobre una tabla de madera y cortarlo a trozos siguiendo las fronteras de los estados de la época -era un mapa político, no físico-.
La obra se utilizó para enseñar geografía a los niños y se quedó como herramienta educativa hasta la década de 1820.
A partir de entonces dio un salto hacia el entretenimiento y el mundo adulto en particular.
Las disecciones de la Tierra dejaron paso a reproducciones de obras artísticas, hechos históricos o paisajes y escenas comunes.
Los rompecabezas eran entonces un juguete de ricos. Cada una de sus piezas se cortaba de forma individual y a mano y no fue hasta finales del siglo XIX que el cartón irrumpió como soporte del rompecabezas, hasta desbancar a la madera.
Su precio bajó y su dificultad aumentó con la moda de cortar las piezas muy pequeñas y justo en las líneas de transición de colores y formas.
Beneficios
Aunque en sus inicios solo estuviera al alcance de los más adinerados, el rompecabezas traspasa clases sociales y edades. Forma parte de la corta lista de juguetes que acompañan a la persona durante toda su vida y sirve como entretenimiento en solitario o en compañía, fomentando así la sociabilidad.
Sobre todo en personas mayores, el rompecabezas vuelve a entrenar las mismas cualidades que en niños. Cuando los dedos empiezan a perder habilidad, es hora de coger un rompecabezas de nuevo.
La imaginación, entendida como iniciativa propia para crear, es lo único que queda más apartado con el rompecabezas común.
Para los que no se conformen con reproducir, está el Tangram. Con sus siete piezas se puede dar forma a unas mil 600 figuras.
Se cree que lo inventaron en China en el siglo XIX y escritores como Lewis Carroll y Edgar Allan Poe se entretenían con él entre obra y obra. |