Romperse la cabeza entretiene y gratifica. Por eso, aunque a veces se les odie, no hay quien borre del mapa los juegos de ingenio.
El cuadrado mágico -una especie de crucigrama matemático en el que la suma de los números de cada fila debe dar la misma cifra-es el antecesor de una larga lista de rompecabezas que culmina en el cubo de Rubik.
En medio de esta evolución del juego de ingenio, está el rompecabezas matemático y geométrico, donde las piezas se encajan hasta formar un cubo. Leonardo da Vinci, entre otros, ilustró toda una colección de estos
experimentos.
Los juegos de ingenio son apropiados a partir de los siete años, “aunque todo depende de las habilidades del niño”, matiza la psicóloga infantil Virginia
Tremols.
Cuando se madura lo suficiente, llega la hora de poner a prueba la paciencia, los nervios, la atención y agilidad mental con ellos. “Para resolverlos, se inventan planes y se trabaja el razonamiento deductivo”, añade
Tremols.
Un termómetro de la destreza que guarda el cráneo
El arquitecto y diseñador Erno Rubik, inventor del cubo que lleva su nombre, debe tener la
cabeza llena de ella.
Ideó el cubo en 1974, mientras trabajaba en el departamento de diseño de la Academia de las Artes de Budapest, aunque tardó en llegar a las tiendas.
Al cubo le costó bastante encontrar un empresario que apostase por él. Los hombres de negocios no le veían la gracia, o tal vez nunca consiguieran resolverlo cuando Erno se los mostró y, como venganza, quisieron ponerle freno. Pero el cubo encontró al fin un juguetero con ganas de impulsarlo y empezó a comercializarse en 1980.
Desde entonces, se han vendido más de 350 millones de unidades y ha conseguido construir un pequeño universo paralelo a su alrededor. Tiene club de fans, dos diagnósticos médicos con su nombre -el pulgar de cubista y la muñeca de Rubik-, decenas de imitadores y campeonatos
para resolverlo.
El actual campeón del mundo en resolución del cubo de Rubik es un chico japonés llamado Yu Nakajima, que tardó 12.46 segundos en darle forma.
La mayoría de jugadores no va tan rápido, muchos incluso no habrán logrado aún formar todas las caras del cubo, pero no se desaniman.
“Los juegos de ingenio enseñan a tolerar la frustración, es bueno saber que lograr un objetivo cuesta y que no siempre se consigue todo a la primera, que no siempre se es el mejor”, explica Tremols.
Para los que ya no existe frustración ante el cubo, Erno Rubik inventó otro juego.
Se trata de otro cubo que, en lugar de tener nueve cuadrados por cara, lleva 16. Se le conoce como “la venganza de Rubik”. Si el cubo original, el de nueve cuadrados por cara, tiene 43 trillones de combinaciones, ¿cuántas tiene el de 16? |