A Raúl se le ilumina la cara cuando habla de lo cariñosa que es Zara. Apoyada solo sobre sus patas traseras, el joven la acaricia con la satisfacción de saberse su cuidador, su compañero, su amigo. Zara y Miss tienen poco más de un año y eran solo unos cachorros cuando llegaron al complejo sanitario que la Hermandad de San Juan de Dios tiene en Ciempozuelos, Madrid.
Las bases del proyecto de terapia asistida con animales eran sencillas: mejorar la capacidad de atención y la autoestima de disminuidos psíquicos y fomentar la interrelación entre ellos.
Las perras, una labrador y una golden retriever, fueron donadas por la Fundación Affinity y entregadas al centro hace un año, donde quedaron bajo la supervisión de las psicólogas Ana Poves y Marta Oro-Pulido, que fueron quienes promovieron el proyecto.
Los especialistas que las adiestraron acudieron al propio centro, donde disfrutan de un pequeño recinto al aire libre y mucho espacio para pasear.
Las psicólogas iniciaron la terapia con seis pacientes jóvenes cuyo diagnóstico es el de discapacidad mental leve o moderada.
A todos se les asignaron turnos para hacerse cargo del cuidado de los animales. Tienen que darles la comida, asear el recinto, sacarlas a pasear, llevarlas al veterinario cuando toca, cepillarlas y limpiarlas y, sobre todo, jugar con ellas, que es lo que más les gusta. Por supuesto, antes deben pedir la llave y asegurarse de que las perras no se escapan.
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“A Miss le estamos dando comida light porque está un poco gorda”, explica Raúl, ilusionado por la relación afectiva que ha establecido con las dos perras. “Para que Zara no se lo coma todo, tenemos que cerrar la valla y así Miss puede comer tranquila”, añade Daniel, otro de los jóvenes con retraso mental que cuida de las perras.
Los dos trabajan en la lavandería del complejo y ambos han mejorado sustancialmente desde que comenzaron su relación con estas particulares terapeutas. Hasta el punto de que Raúl vive, junto con otros pacientes de sus mismas características, en una casa fuera del complejo.
La psicóloga Marta Oro-Pulido recuerda que algunos de los jóvenes apenas si se relacionaban con el resto cuando se integraron en el proyecto. “No solo están encantados con la idea de tener una responsabilidad y poder jugar con las perras. Además han establecido una buena relación entre ellos que para algunos es un verdadero salto cualitativo en su capacidad de comunicarse y hacer amigos”, cuenta Oro-Pulido, persuadida de que la terapia está cumpliendo los objetivos que se marcaron hace un año.
Jesús sonríe cada vez que se le pregunta por su relación con Miss y Zara. Es mudo y sus posibilidades de establecer comunicación con el resto de los internos es muy limitada. También se le nota la pasión por las perras cuando las acaricia. El brillo en los ojos delata el cariño que siente por los dos animales.
Zara y Miss también se ocupan, aunque en menor medida, de otros internos del complejo de Ciempozuelos en peores circunstancias cognitivas. Una vez por semana, las perras visitan los edificios donde viven pacientes con una discapacidad psíquica grave, muchos de ellos incluso con serios problemas de movilidad. Verónica, una de las educadoras, recuerda que cuando empezaron las visitas, hace un año, enfermos y perras necesitaron algún tiempo para estudiarse y hacerse los unos a las otras.
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“Miss es más tranquila, pero Zara es mucho más jovial y no tiene problema por subirse a las sillas de ruedas para dejarse acariciar o jugar con algunos”, las describe Verónica.
La trabajadora matiza que los progresos en este tipo de pacientes con trastornos muy graves son a veces muy pequeños, pero suponen un verdadero mundo para ellos. Como un paciente que jamás mueve un solo músculo del cuerpo, pero acerca su mano a Zara cuando se le sube a la silla de ruedas. En el caso de los que a veces muestran conductas algo más agresivas, las perras han tenido un efecto realmente balsámico.
“En cuanto se dieron cuenta de que son inofensivas les tomaron mucho cariño. Las perras vienen solo una hora los miércoles por la mañana y cuando, por cualquier circunstancia, nadie las puede traer, varios de ellos preguntan que por qué no han venido”, narra la educadora haciendo ver que, de alguna forma, es uno de los pocos alicientes de la semana para este tipo de enfermos.
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“Para alguien de fuera quizá pueda parecerle poca cosa, pero que algunos de estos pacientes muestren afectividad es un enorme logro para nosotras”, afirma la psicóloga.
Oro-Pulido se muestra moderadamente satisfecha de lo conseguido en estos doce primeros meses, pero reconoce que el camino no ha sido nada fácil. “Primero tuvimos que convencer a la gente de que la presencia de las perras no iba a suponer un riesgo para nadie, después tuvimos que pasar algún tiempo adiestrándolas y luego trabajando con los chicos para que se hicieran a ellas y viceversa”, recuerda la psicóloga, haciendo memoria de algunos episodios. Lo más complicado ya está hecho, y por eso han podido integrar a tres jóvenes más en el proyecto.
Sin embargo, la psicóloga reconoce que todavía resta mucho por hacer. Después del verano comenzará el tercero de los tres cursos de que consta el proyecto. En el verano del año que viene será el momento de hacer un verdadero balance de la experiencia. De sopesar la utilidad del proyecto y valorar el trabajo de esas dos terapeutas de cuatro patas.
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