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Según Amado Peiró hay tres afirmaciones que pueden darse por ciertas en lo que se refiere al peso del nivel económico: “En un país y en un momento dado las personas con más renta son más felices que las de menos renta, aunque quizá la diferencia no sea muy grande; en segundo lugar, los ciudadanos de países con renta elevada presentan generalmente un mayor nivel de felicidad que los de países con renta baja; y, por último, a lo largo del tiempo, los aumentos en la renta de los ciudadanos de un país no se traducen en aumentos en su nivel de felicidad”.
Por ejemplo, un país desarrollado puede triplicar su renta per cápita a lo largo de tres o cuatro décadas y, sin embargo, el grado de felicidad de sus ciudadanos no varía. Coincide Blanch, para quien es significativo que en Estados Unidos en la década de los noventa, el producto interior bruto creciese un 30% y, sin embargo, los niveles de bienestar percibidos y el de satisfacción con la propia vida bajasen sustancialmente.
“Y es que todos tendemos a coincidir que para lograr este mayor poder económico la gente ha de ocupar mucho más tiempo, lo que termina por erosionar un elemento clave, el de la calidad de la vida social. Hay pueblos con un nivel de vida mediano que son más felices, ya que compensan la menor renta con una vida social intensa y agradable”.
Aunque, a la hora de tomar en cuenta la realidad de las respuestas que los encuestados ofrecen, han de valorarse una serie de constantes, según explica Juan Diez Nicolás, catedrático de sociología de la Universidad Complutense y miembro del World Values Survey, asociación que hace pública cada lustro la Encuesta Mundial de Valores.
“Hay dos reglas de oro. La primera es que la mayoría de las personas tienden a reconocerse, sea cual sea su situación, como felices: en las sociedades actuales, donde existe una suposición según la cual quien tiene talento y trabaja duro triunfa, quien no es feliz está admitiendo una especie de fracaso”.
En consecuencia, para un examen correcto, hay que tomar en cuenta el conjunto de respuestas: “Uno se ve bien a sí mismo, valora mejor su situación personal que la del país, y mejor aún la de su país que la del mundo”. Igualmente, los factores temporales han de ser puestos en perspectiva: “La valoración del presente suele ser mejor que la del pasado y la del futuro, mejor que la del presente”.
El futuro
Y es precisamente en la ruptura de estas reglas donde mejor puede apreciarse el aumento de la infelicidad. De una parte, porque los ciudadanos cada vez perciben el mundo como menos fiable y más peligroso. Y, al mismo tiempo, porque el futuro ya no es visto como el momento en que se concretarán los deseos presentes. Mas al contrario, el futuro se está dibujando, sobre todo en la vida privada, con rasgos muy inestables. Como señala Josep María Blanch: “convive en nuestra época la esperanza de un tiempo mejor con el miedo a perder algunas de las cosas que habíamos logrado”.
Para Josetxo Beriain, profesor de sociología de la Universidad Pública de Navarra, estos cambios son una muestra más de la ambivalencia de la modernidad: “Tomamos como valores esenciales la velocidad y la aceleración y acabamos viviendo una cierta tiranía del presente; o disponemos de grandes adelantos técnicos que pueden acabar en manos de terroristas como instrumentos de enormes masacres”.
Pero donde se dan las mayores contradicciones es en el trabajo y en familia, los grandes espacios sociológicos, que es donde realmente se mide el estado de las cosas. Y podemos hablar de que en la familia contemporánea hay más libertad, de que la mujer ha podido emanciparse y de que podemos escoger mejor con quién queremos convivir.
Pero al mismo tiempo, la familia como colchón de seguridad permanente, como coraza que nos protegía, como seguridad social está deteriorándose. Transformaciones equivalentes están aconteciendo en el entorno laboral, donde hemos pasado de una sociedad basada en la linealidad y en la mejora progresiva, a otra sostenida en la inseguridad permanente, como afirma Josep María Blanch.
“Esta incertidumbre crea muchas dificultades para planificar el futuro y para ver la vida con tranquilidad. Pero al mismo tiempo, hay un segmento de profesionales que disfruta y saca provecho de esta nueva situación”.
El tercer aspecto paradójico de nuestros tiempos aparece en el consumo. Cada vez poseemos más bienes, gastamos más en ellos, deseamos con más ahínco aumentar nuestras propiedades y, sin embargo, tantos objetos no parecen mejorar nuestro nivel de felicidad. Más al contrario: según Luis Enrique Alonso, catedrático de sociología de la Universidad Complutense de Madrid, los consumos privados siempre te dejan en el ámbito de la insatisfacción.
Cuando los proyectos vitales estaban basados en el mundo laboral, alguien podía decir 'soy economista o abogado o médico' y tenía un lugar fijo de sentido. Ahora, si alguien dice tengo el último ipod, enseguida saldrá el superipod. Y es que el consumo vive de las expectativas frustradas. Y, aunque pueda parecernos contradictorio, una sociedad precaria consume mucho, generalmente alentada por un entorno de comparaciones intersubjetivas que siempre nos causa infelicidad.
En ese orden, la preparación es una buena metáfora de lo que debe ser la vida contemporánea. “Hay que tener una formación mínima indispensable que debe complementarse con la necesidad permanente de aumentar los conocimientos a lo largo de su vida; si se puede tener dos carreras mejor que una y si se dominan tres idiomas mejor que dos”.
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