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La difícil tarea de educar a los adolescentes
 
Jueves | 13.12.2007
 
Por: Javier Ricou Lleida
The New York Times News Service
 
 

MCT/Direct

El consumo de drogas o el peligro que acecha a un menor de edad tras un contacto a través de un chat justifican, para los padres, una vigilancia de los medios que ahora utilizan los adolescentes para comunicarse.

Los menores piensan todo lo contrario: nadie, ni siquiera sus padres, tiene derecho a mirar los mensajes de su celular, a entrar en su correo electrónico ni a rastrear sus conversaciones en el Messenger.

Para los menores, ese control supone una intromisión en su intimidad. Ante esta situación, propiciada por el uso de las nuevas tecnologías, el dilema de muchos padres radica en saber dónde está la línea que marca el límite entre vigilar y espiar.

¿Los padres que miran esos mensajes espían a sus hijos? Juan Antonio Planas, presidente de la Confederación de Organizaciones de Psicopedagogía y Orientación de España, considera que el término espiar suena muy duro cuando se usa en un debate sobre el control que ejercen los padres sobre sus hijos y prefiere hablar de “supervisar”.

Para Planas, resulta básico para la educación de los hijos que estos se sientan controlados en su etapa adolescente.

MCT/Direct

Este psicopedagogo defiende que la supervisión es un deber de los padres, que no deben limitar su vigilancia, sobre todo si sospechan que ocurre algo extraño, como podría ser que ese niño o niña tuviese problemas con las drogas.

Cuando ese control se convierte en obsesión - hay padres que contratan a detectives o colocan localizadores en los teléfonos móviles de sus hijos- “es porque la confianza se ha roto y todas las otras armas necesarias para una buena educación han fallado”.

Planas, que trabaja como orientador en un instituto de Zaragoza, revela que cada vez hay más consultas de padres que piden asesoramiento sobre cómo vigilar a sus hijos.

Él aconseja que esa supervisión se haga de una forma muy discreta. “Lo prudente - afirma- es callarse e ir recogiendo pruebas y actuando en consecuencia cuando existen sospechas de que nuestro hijo consume drogas o tiene otro problema. Hay que moverse con la malicia que otorga la edad”.

MCT/Direct

Pero el dilema, indican algunas familias consultadas por La Vanguardia, llega cuando hay que decidir qué hacer con la información obtenida, a escondidas, en un mensaje de su móvil o del ordenador.

El hijo o hija va a descubrir que ha sido espiado y eso puede empeorar mucho más las cosas. Muchas veces, indican, estas familias callan la información, aun cuando afecte también a amigos de sus hijos.

José Antonio Gabelas, experto en nuevas tecnologías y profesor de Comunicación Audiovisual de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), indica que el uso generalizado de los teléfonos móviles y de internet que hacen los adolescentes ha provocado el choque entre dos derechos.

“Por una parte, los padres están obligados a educar a sus hijos y, por otra, esos adolescentes tienen derecho a una intimidad, que exigen conscientes de que muchas cosas que escriben en un chat o en el Messenger son confidenciales, ya que usan esos medios para expresar sentimientos que no se atreven a exteriorizar de viva voz”, añade Gabelas.

MCT/Direct

Observar resulta a veces, en opinión de este profesor, más fructífero que vigilar o espiar. Gabelas también justifica, sin embargo, que un padre o una madre lleguen hasta donde haga falta (mirar el móvil, el ordenador o registrar la ropa) si tienen sospechas de que su hijo tiene algún problema.

Javier Elzo, catedrático de Sociología en la Universidad de Deusto, considera que una vigilancia extrema a un hijo solo está justificada “cuando hay razones, más o menos fundadas, de que se puede mover en círculos próximos a la delincuencia”.

La obsesión por el control de los hijos es consecuencia, añade este sociólogo, de falta de comunicación en casa y es propio de unos padres agobiados, inmersos en la sociedad del miedo, que delegan casi todas sus responsabilidades a la administración y se apuran a las primeras de cambio.

José Antonio Gabelas comparte esta teoría: “La imagen que se ha creado de los adolescentes es, a veces, muy negativa (alcohol, droga, peleas). Eso alarma a los padres y desde el miedo resulta imposible educar”, concluye.
 
 
     
 
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