NUEVA YORK, EU - En enero pasado en Freehold Township, Nueva Jersey, un auto conducido por un estudiante de preparatoria de 17 años, con dos compañeros de escuela como pasajeros, rebasó a otro auto conducido por otro adolescente a 110 kilómetros por hora en una zona de 80 kilómetros de velocidad permitida. El vehículo que rebasó chocó de frente con una camioneta. Tres muchachos y el conductor de la camioneta murieron.
Es un relato muy familiar, que lleva a los padres y funcionarios escolares por igual a preguntarse por qué el comportamiento riesgoso es tan común entre los adolescentes y qué podría hacerse para reducirlo.
¿Es que los adolescentes se consideran inmortales o invulnerables, inmunes a los peligros que los adultos ven tan claramente? ¿O no aprecian los riesgos involucrados y necesitan repetidos recordatorios de los peligros inherentes en actividades como conducir a demasiada velocidad, conducir borracho, tener relaciones sexuales sin protección, experimentar con drogas, beber en exceso, saltar a aguas desconocidas, lo que sea?
Ninguna de las anteriores, dice Valerie F. Reyna, profesora de desarrollo humano y sicología en el New York State College of Human Ecology en Cornell. Los hechos indican lo contrario.
Estudios científicos han demostrado que los adolescentes están muy conscientes de su vulnerabilidad y realmente sobrestiman su riesgo de sufrir efectos negativos de actividades como beber y las relaciones sexuales sin protección.
Por ejemplo, un estudio de investigadores de la Universidad de California en San Francisco, encontró que los adolescentes tenían más probabilidad que los adultos de sobrestimar los riesgos para cada resultado estudiado, desde casos de baja probabilidad como contraer VIH hasta los de alta probabilidad como adquirir enfermedades de transmisión sexual más comunes o embarazarse con un solo acto sexual no protegido.
“Encontramos que los adolescentes sopesan muy racionalmente los beneficios y los riesgos”, dijo Reyna en una entrevista reciente. “Pero cuando hacen eso, la ecuación transmite el mensaje de seguir adelante y hacerlo, porque para el adolescente los beneficios superan a los riesgos”.
Por ejemplo, dijo: “El riesgo de embarazo de un solo acto sexual no protegido es bastante pequeño, quizá una posibilidad en 12, y el riesgo de contraer VIH una en 500, es mucho más pequeño que eso. No estamos pensando lógicamente; ellos sí”.
Por esa razón, Reyna y Frank Farley, profesor de la Universidad de Temple y ex presidente de la Asociación Americana de Sicología, señalaron en junio pasado en un artículo en Scientific American Reports que los programas tradicionales que apelan a la racionalidad de los adolescentes “son inherentemente imperfectos, no porque los adolescentes no sopesen los riesgos contra los beneficios”, sino porque “los adolescentes tienden a dar más peso a los beneficios que a los riesgos cuando toman decisiones”.
En cuanto a las percepciones de invulnerabilidad, un estudio nacional entre 3 mil 544 adolescentes hace una década encontró que sus propias estimaciones de su riesgo de morir eran mucho más altas que el riesgo real. Como los adolescentes ya se sienten tan vulnerables, mostrarles fotos o películas de accidentes automovilísticos fatales quizá no haga nada por reducir su toma de riesgos futura.
“Ahora se vuelve más claro por qué los programas de prevención tradicionales no ayudan a muchos adolescentes”, escribieron Reyna y Farley.
“Aunque los programas insisten en la importancia de una percepción precisa del riesgo, los jóvenes ya se sienten vulnerables y sobrestiman sus riesgos”.
En opinión de Reyna, inundar a los adolescentes con información factual del riesgo pudiera ser contraproducente, llevándolos a darse cuenta de que comportamientos como las relaciones sexuales sin protección son menos riesgosas de lo que pensaban.
Usar un enfoque analítico de sopesar los riesgos contra los beneficios es “un terreno pantanoso que muy a menudo resulta en adolescentes que piensan que los beneficios superan los riesgos”, afirmó.
Una nueva estrategia
Basada en lo que ella y otros han aprendido sobre cómo reaccionan los adolescentes a las opciones riesgosas, Reyna, co-directora del Centro para la Investigación de Decisiones y Economía Conductuales en Cornell, y su colega Charles J. Brainerd están probando un nuevo enfoque para la prevención de riesgos entre adolescentes.
Explicó que conforme las personas crecen y adquieren experiencia, se vuelven más intuitivas, y la mayoría de sus decisiones se basaron en lo que ella llama quid, una sensación general de cuál es el mejor curso de acción.
Este enfoque, en el cual “uno ve el bosque más que los árboles”, permite a los adultos llegar al fondo más rápidamente y, en el proceso, reducir sus conductas riesgosas.
Por ejemplo, mientras que un adolescente podría considerar jugar a la ruleta rusa por un pago de un millón de dólares, un adulto normal no le dedicaría ni un minuto a la idea. Yendo directamente al fondo del asunto, el adulto estaría más inclinado a pensar: “¡De ninguna manera! Ninguna cantidad de dinero vale la pena de una posibilidad en seis de morir”.
“Los jóvenes no lo comprenden”, dijo Reyna. “No comprenden el quid de una situación. El quid se basa en la cultura, los antecedentes y las experiencias de una persona, y experiencia es lo que les falta a los adolescentes”.
Un enfoque basado en el quid para tomar decisiones resulta en conclusiones simples de blanco o negro, de bueno o malo, seguro o peligroso, escribieron ella y Farley.
¿Cómo puede generarse el quid? Después de que una joven que conocía quedó parapléjica después de dar un viraje brusco en su auto para evitar atropellar a una ardilla, me entrené mentalmente para no frenar o virar bruscamente en esa situación, e insté a mis hijos y nueras a hacer lo mismo. El quid aquí es que la vida de una ardilla no vale la pena de las posibles consecuencias para mí o cualquier otra persona en el camino.
Asimismo, al ayudar a una adolescente a resistir las relaciones sexuales espontáneas y sin protección, un enfoque basado en el quid sería hacerla practicar formas de decir “no” y no preocuparse por perder a su novio. Una chica de 15 años que ya había tenido un embarazo indeseado y que participó en el “programa de intervención intuitivo y para mejorar el quid” que Reyna y Farley idearon lo expresó de esta manera: “Al hablar sobre todas las formas diferentes de decir no, realmente las he usado, lo cual me hace sentir mucho más cómoda. Y me siento confiada. No me siento estúpida diciendo no. E incluso si la gente piensa que soy estúpida, ese es su problema”.
Tomar buenas decisiones
Los adolescentes necesitan “práctica para reconocer indicios en el ambiente que señalen un posible peligro antes de que sea demasiado tarde para actuar”, advirtieron los dos expertos en un artículo de 44 páginas sobre la toma de decisiones entre los adolescentes publicado en septiembre de 2006 en la revista especializada Psychological Science in the Public Interest.
Al mismo tiempo, advirtió Reyna: “Los adolescentes más jóvenes no aprenden de las consecuencias tan bien como los adolescentes mayores. Así que en vez de confiar en que tomen decisiones razonadas o aprendan en la escuela de los golpees, un mejor enfoque es supervisarlos”.
En otras palabras, los adolescentes jóvenes necesitan ser protegidos de sí mismos eliminando las oportunidades de que corran riesgos; por ejemplo, llenando su tiempo con actividades positivas y protegiéndolos de las situaciones riesgosas que probablemente sean tentadoras o que requieran “inhibición conductual”.
Una adolescente no debería ser dejada sola en la casa con su novio, y los adultos responsables deberían ser omnipresentes y el alcohol estar ausente cuando los adolescentes hacen fiestas.
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