José Miguel Bello, que ha puesto en marcha en Valencia una Escuela de Padres, señala que “hoy los padres dedican poco tiempo a los hijos por razones de trabajo y, al tener sentimiento de culpa por no estar con ellos, les consienten demasiado; la generosidad excesiva se ha convertido en un arma de doble filo. A esto se suma que se han perdido pautas disciplinarias en las familias y profesores”.
Reconocen que las terapias, excepto en casos graves -especialmente en jóvenes con enfermedades psicológicas- tienen éxito.
Pese a que parecen ir en aumento, los casos de adolescentes que maltratan a sus padres (ya sea verbal o físicamente) son, afortunadamente, aún un fenómeno minoritario.
Sin embargo, sabiendo que los maltratos intrafamiliares (sean en la dirección que sean) suelen mantenerse en secreto, podría ser que fuesen más frecuentes de lo que creemos.
Lo que sí es cierto es que este secretismo familiar conlleva, la mayoría de las veces, a un retraso en la toma de medidas para solucionar el problema.
Estos casos de violencia doméstica deberían hacernos reflexionar sobre la relación entre padres e hijos durante la adolescencia.
Por mucho que pensemos que todas las desgracias ocurren durante la adolescencia, hay que tener en cuenta dos factores. El primero es que aquellos adolescentes que son realmente problemáticos son muy pocos. El segundo, que la mayoría de los adolescentes problemáticos ya eran niños problemáticos y, si no ponemos remedio, seguramente serán adultos problemáticos.
La manera como se educa a los hijos cuando son pequeños va a marcar las pautas de su comportamiento cuando lleguen a la adolescencia. A menudo, pasamos por alto ciertas conductas de los niños y las excusamos diciendo que son traviesos.
Las conductas violentas, tanto en la infancia como en la adolescencia, siempre deben ser tomadas muy en serio. Y antes de que la situación sobrepase a los padres, siempre es aconsejable acudir a un especialista que pueda dar normas de actuación claras.
Hemos dejado, felizmente, atrás la imagen del padre autoritario al que se debía respeto sin rechistar. Pero en este cambio, hemos llegado hasta el extremo contrario: la falta de respeto entre generaciones. Y es que vivimos en una sociedad en la que los adultos nos hemos vuelto, quizás, excesivamente permisivos.
Este fenómeno de la permisividad con los hijos se manifiesta ya en la infancia. De hecho, hoy es frecuente que los dos progenitores trabajen y que, al tener menos tiempo para disfrutar con sus hijos, tengan un nivel de permisividad mayor.
Esto implica, por un lado, una ausencia de normas y, por otro, una serie de derechos adquiridos a los que los hijos no están dispuestos a renunciar, sobre todo durante la adolescencia.
La educación de los hijos empieza cuando nacen, y la manera como vamos a tratarles cuando son pequeños, va a marcar cómo se van a comportar de mayores. Y no es importante únicamente su relación con ellos, sino también el ambiente familiar en el que conviven. Los padres son los modelos en los que se miran y de los que aprenden los hijos. Dar un buen ejemplo es la mejor prevención. |