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| El piquete de la pobreza |
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Martes | 08.04.2008 |
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Por: Drake Bennett
The New York Times News Service |
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Imaginen que los pica una abeja, luego, imaginen que otras seis los pican. Ahora, ya están en posición de pensar en lo que significa ser pobre, de acuerdo con Charles Karelis, un filósofo y ex rector de la Universidad Colgate.
En la comunidad de la gente dedicada a analizar la pobreza, uno de los debates más agudos es sobre el porqué algunos pobres actúan en formas que aseguran su indigencia persistente. Comparados con la clase media o los acaudalados, los pobres tiene probabilidades desproporcionadas de desertar de la escuela, de tener hijos cuando son adolescentes, de ser drogadictos, de cometer delitos, de no ahorrar cuando llegan a tener dinero extra, de no trabajar.
Para un economista, se trata de una conducta irracional. Tendría sentido que una persona acaudalada renunciara a su empleo, o abandonara la escuela o desarrollara una costosa drogadicción. Sin embargo, parecería que un pobre, por tener poco dinero, tendría un incentivo más fuerte para abrazar la ética laboral puritana, ya que cada dólar ganado valdría más para él que para alguien en una posición más alta en la escala de ingresos. Los conservadores sociales han tendido a argumentar que los pobres carecen de la inteligencia y la determinación para tomar las decisiones correctas. Los liberales sociales han respondido culpando a los prejuicios raciales y las condiciones perjudiciales del gheto por negar a los pobres cualquier opción en su destino. Los neoconservadores han argumentado que los propios programas contra la pobreza son los responsables porque en esencia los sobornan para seguir siendo pobres.
Posturas
Karelis, un catedrático de la Universidad George Washington, tiene un argumento más simple pero muchísimo más radical: la economía tradicional sencillamente no se aplica a los pobres. Cuando somos pobres, sostiene Karelis, nuestra visión económica del mundo está moldeada por la privación, y vemos el mundo a nuestro alrededor no en términos de bienes para consumir sino de problemas que aliviar. Aquí es donde entran los piquetes de abeja: una persona con un piquete de abeja está muy motivada para que se lo curen. Sin embargo, una persona que tiene múltiples piquetes no tiene demasiados incentivos para que le curen uno, porque los otros seguirán punzando. Entre más tiene uno de algo doloroso o indeseable (por ejemplo, entre más pobre se sea), menos probable será que uno haga algo al respecto. La pobreza es menos una cuestión de tener pocos bienes de consumo que de tener muchísimos problemas.
La pobreza y la riqueza, según esta lógica, no solo quedan en un continuo en la forma en la que lo hacen lo caliente y lo frío, el chaparro y el alto. Sino más bien son experiencias fundamentalmente diferentes, cada una funcionando en la psique humana en su propia forma. En cierto punto entre las dos, la gente deja de pensar en términos de bienes de consumo y empieza a hacerlo en términos de problemas, y ese cambio tiene consecuencias enormes. Quizá porque en general a los economistas les va bien, indica, para nada han podido ver el cambio.
Si Karelis tiene razón, es poco probable que funcionen las iniciativas contra la pobreza propugnadas por gente en todo el espectro ideológico: desde requerimientos laborales, beneficios por tiempo limitado, y terapia de pareja y contra la drogadicción, hasta la reestructuración de la educación en los barrios marginados y la sustitución de ghetos por vigorosos barrios de ingresos mixtos. También significa, argumenta Karelis, que en un nivel, los economistas y expertos en pobreza tendrán que reconsiderar la escasez, una de las ideas más básicas de la economía.
"La responsable es la materia Economía I", dice Karelis. "Ha generado este debate aburrido y falso sobre las causas de la pobreza".
Al cuestionar décadas de investigación sobre la pobreza, Karelis recurre a algunos datos económicos y cierta investigación sociológica. Sin embargo, más que eso, fundamenta sus argumentos en tanto filósofo con razonamientos por analogía e inducción. Esta forma de abordar el tema significa que sigue siendo relativamente desconocido, incluso entre los investigadores de la pobreza. El libro en el que expone sus argumentos, The Persistence of Poverty: Why Economics of the Well-Off Can't Help the Poor (La persistencia de la pobreza: por qué la economía de los pudientes no puede ayudar los pobres), no se leyó en forma generalizada cuando se publicó el año pasado.
No obstante, unos cuantos han tomado nota, y sostienen que Karelis sí tiene algo importante qué decir.
"No hay mucha evidencia en el libro, y hay muchas afirmaciones audaces, pero es grandioso que las haya planteado", dice Tyler Cowen, un catedrático de economía de la Universidad George Mason. "Es un libro realmente grandioso, y se le hizo demasiado poco caso".
El término de los economistas para la idea con la que Karelis discrepa es la ley de la disminución marginal de la utilidad. En resumen, quiere decir que entre más tenemos de algo, menos significa algo cualquier unidad adicional de ello. Refuerza, entre otras cosas, cómo el Gobierno estadounidense cobra impuestos a los ciudadanos. Suponemos que quitarle 40 mil dólares en impuestos a Warren Buffett será muchísimo menos oneroso para él que para un maestro de primaria, porque, para empezar, tiene muchísimo más.
En muchos casos, dice Karelis, la disminución marginal de la utilidad desde luego que sí se aplica: sin duda alguna que nuestro séptimo helado será menos delicioso que el primero. Sin embargo, la lógica da un vuelco cuando se trata de la privación en lugar de la abundancia. Para comprender el porqué, argumenta, sólo necesitamos pensar en cómo todos manejamos ciertas situaciones familiares.
Por ejemplo, si nuestro coche tiene varias abolladuras y le hacemos otra más, es mucho menos probable que la arreglemos a que si el coche no hubiese tenido ninguna. Para empezar, si tenemos un fregadero lleno de platos, las posibilidades de lavar unos cuantos son mucho menores a que si sólo hay unos cuantos. El nombre que Karelis da a los bienes que reducen o salvan este tipo de cargas es el de "paliativo".
Definición
Karelis argumenta que ser pobre se define por tener que lidiar con una multitud de problemas: uno no tiene dinero suficiente para pagar la renta o el seguro del coche o las cuentas de la tarjeta de crédito o la atención diurna o incluso, en ocasiones, los alimentos. Aun si uno trabaja lo suficientemente duro para pagar la mitad de esos costos, persisten algunos bastante tremendos, lo que desincentiva por completo a moverse para trabajar.
"El meollo del problema no ha sido la autodisciplina ni la falta de oportunidades", dice Karelis. "Mi argumento es que la causa de la pobreza ha sido la pobreza".
El efecto de esto para los diseñadores de políticas, cree Karelis, es que ya no necesitarán agobiarse tanto por la fragilidad de la ética laboral entre los pobres. En las últimas décadas, expertos y formuladores de políticas en todo el espectro ideológico se han preocupado de que entre más ayuda proporciona el Gobierno a los pobres, es menos probable que trabajen para mantenerse. David Ellwood, un economista y decano de la Escuela de Gobierno John F. Kennedy de Harvard, ha denominado a esto "un problema difícil que ayuda". Fue esta inquietud lo que impulsó los esfuerzos reformistas de asistencia social del gobierno de Clinton.
Sin embargo, según Karelis, ese argumento es exactamente al revés. Reducir la cantidad de penurias económicas con las que tienen que lidiar los pobres en realidad hace que tengan más probabilidades, no menos, de trabajar, de la misma forma en la que arreglar la mayoría de las abolladuras del coche hace que haya más probabilidades de que el propietario arregle las dos últimas abolladuras por cuenta propia. Simplemente dar dinero a los pobres sin condiciones, en lugar de usarlo, como lo hacen los gobiernos federal y estatales ahora, para tratar de alentar conductas específicas - estampillas de comida para asegurarse de que no se gaste el dinero en drogas o artículos no necesarios, subvenciones para educación a fin de alentarla, límites de tiempo en las prestaciones para alentar los beneficiarios a buscar trabajo-, serían igualmente efectivas y con menos burocracia. (Una medida federal que le gusta particularmente a Karelis es el Crédito Ganado del Impuesto sobre la Renta, que, al subsidiar el empleo, ayuda a fortalecer el efecto "paliativo" que identifica.)
Son pocos los economistas familiarizados con la obra de Karelis, y cuando se les proporciona, tienden a ser escépticos en cuanto a su poder explicativo. Si Karelis tiene razón, deberíamos ver comportamientos más derrotistas entre los pobres de los que vemos, dice Kevin Lang, director del departamento de economía de la Universidad de Boston y autor de Poverty and Discrimination (Pobreza y discriminación). Además, argumenta, hay poca evidencia de que con sólo hacer que los pobres lo sean menos se incrementa su ética laboral, y en cambio sí hay alguna de que sucede lo contrario. A principios de los años 60, en una investigación a gran escala, se dio a los pobres de cuatro ciudades el así denominado "impuesto sobre la renta negativo", un pago sin condiciones basado en el poco dinero que ganaban. La conclusión: la ayuda tendió a desalentar el trabajo.
Karelis responde que, de hecho, los datos de ese experimento son bastante ambiguos, y se ha dado un debate entre los economistas en cuanto a cómo interpretar los resultados. Sin embargo, en última instancia, él cree, la fortaleza de sus argumentos está menos en cómo encajan en los trabajos económicos sobre la pobreza que se han hecho hasta la fecha -que de cualquier forma, él es suspicaz en cuanto a gran parte de ellos-, sino en qué tan familiares los sentimos todos nosotros, ricos o pobres. |
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