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Viajar por el tiempo sin salir del museo
 
Sábado | 19.08.2006
 

Por: Gonzalo Aragonas

 The New York Times
 

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Moscú. Corresponsal

Los rusos pueden visitar sus museos por el equivalente a un euro, seis veces menos de lo que pagan los turistas. Sábado por la tarde, verano amenazando tormenta, al lado de los estanques de Chistye Prudy, en el centro de la gran ciudad. El bulevar está a rebosar. Pero todos pasan de largo por las terrazas para detenerse delante de unos paneles enormes colocados en el paseo como si fueran fichas de dominó. Son fotografías de Yann Arthus-Bertrand, la última exposición que ha sacado de sus casas a los moscovitas.

La colección del fotógrafo francés, frecuente colaborador de la revista National Geographic, está formada por una serie de imágenes tomadas desde el aire en 76 países diferentes. La recopilación no es nueva. Pero es una perfecta muestra del interés y la curiosidad del moscovita medio, para quien la cultura y especialmente el museo forman parte inconfundible del paisaje urbano.

Los vecinos de esta ciudad viajan a los museos en parejas. Frecuentemente son madre e hijo, o una abuela que guía de la mano a la más pequeña de la casa. A veces son dos amigas que hacen tiempo entre los cuadros y las esculturas. Esa era la estampa más frecuente en la primera exposición del año, una inusual muestra de belenes italianos traídos con la también inusual colaboración entre la Iglesia católica y la ortodoxa.

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El precio de la entrada para el ciudadano ruso es de veras asequible. Visitar el Museo Pushkin o la inmortal Galería Tretiakov cuesta 50 rublos (poco más de un euro), seis veces menos que lo que tiene que desembolsar el turista extranjero. Las salas de estas y otras pinacotecas están llenas de tesoros de todos los tiempos.

Entre todos ellos destaca el Tesoro de Troya, que forma una exposición permanente en el Pushkin. Esas joyas de tiempos inmemoriales fueron un expolio de la tierra que inspiró a Homero, y están en Moscú tras los avatares de la Segunda Guerra Mundial y los mutuos robos de cultura entre alemanes y soviéticos.

Entre las colecciones permanentes de este museo hay lienzos de los mejores pintores flamencos, italianos, franceses y españoles de todas las épocas. Un San Juan Bautista del Greco, cuadros de Miró y varios de un Picasso a caballo entre Barcelona y París están colgados en las largas galerías de este palacio neoclásico.

Las paredes de otros museos se han dedicado este año a celebrar los aniversarios, y a repartir vistazos curiosos a la última época zarista y a los años de la Unión Soviética. El Museo Politecnológico de Moscú presentó una nueva colección permanente sobre la historia de la motocicleta. Las piezas más llamativas son una bicicleta y un triciclo a los que se incorporó un motor muy básico y que utilizaba el zar Nicolás II. El último Romanov conseguía alcanzar velocidades entonces increíbles de 40 kilómetros por hora.

Este año una exposición mostró las grabaciones y cortometrajes que guarda el Archivo Estatal de Literatura y Arte, normalmente guardados para alegría del olvido. El teatro y el cine soviético comenzaron su andadura con libertad. Pero esta terminó, como muchas otras cosas y vidas, siendo víctima de la represión estalinista. El director Vsevolod Meyerhold, cuyos experimentos vanguardistas fueron censurados a principios de siglo, encontró aprobación con el nuevo gobierno comunista y en 1920 fue nombrado jefe del Comité Popular de Educación. La construcción de teatros y el trabajo de su compañía terminaron de forma brusca en 1938. Un año después fue arrestado y ejecutado. Igual suerte corrieron los teatros judíos de la época. En la década de los cuarenta, Stalin ordenó cerrarlos tras uno de sus ataques de paranoia.

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No sólo los museos se han ocupado de ese pasado no tan lejano de Rusia. La Segunda Guerra Mundial ocupa estos días la gran pantalla con la película Peregon (Tránsito), una historia de amor de Alexander Rogozhkin en la lejana región de Chukotka. En una base aérea que servía para enviar al frente de Europa oriental aviones prestados por los norteamericanos, surge el amor entre un piloto soviético y una oficial yanqui.

El círculo del tiempo es un libro que muestra cómo era Moscú hace 100 años. Entonces no había coches, sino trineos y carretas. La música del pasado la pone un álbum que ha recopilado canciones carcelarias de los gulag de Stalin: la imagen del jefe, adornada con un collar de calaveras, sirve de presentación.

 
     
 
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