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El desarrollo chino sobre ruedas
 
Domingo | 24.09.2006
 

Por: Jim Yardley

The New York Times News Service
 

KRT Direct

Fugu, China.- Encorvado detrás del volante, Zhu Dexiu giró la llave de encendido, al tiempo que el motor despertaba con un rugido y su camión cargado de carbón avanzaba lentamente. El recorrido fue de una extensión aproximada de 10 metros. Después, Zhu apagó el motor y esperó al siguiente impulso de manejo, quizás en otros 20 minutos.

Eran las 2:00 p.m. de la tarde. Su objetivo era llegar a la estación de inspección en esta ciudad, localizada en la frontera oriental de la provincia de Shaanxi, para las 10:00 de la noche. Todo lo que obstruía su camino eran otros destartalados camiones que transportaban enormes trozos de carbón destinados al este de China: quizás había mil de ellos. La fila se extendía a lo largo de ocho kilómetros.

“Hemos estado esperando en esta fila durante 24 horas”, se quejó Zhu, quien llevaba una toalla verde envuelta sobre la cabeza y detrás de las orejas, como si fuera un agobiado faraón egipcio. “No tenemos más opción que ser pacientes”.

Dado el estatus de China como el taller del mundo, y dado que el carbón, más que nada, está alimentando a ese taller, hombres como Zhu podrían ser llamados los choferes transportistas de carbón del mundo. Ellos llevan el carbón que impulsa los restaurantes del país, sus edificios de oficinas y rascacielos, así como a las fábricas que producen exportaciones baratas para Occidente.

Aunado a lo anterior, ellos pasan horas, a veces días, esperando en una fila, lo cual es un pequeño ejemplo de la escala épica, así como de la épica ineficiencia, de la economía carbonera de China. El barómetro más sombrío de esa ineficiencia no se mide en las horas desperdiciadas, sino en las vidas que se pierden: casi 6 mil mineros que extraen carbón murieron en accidentes el año pasado, a menudo en minas ilegales en las que sus propietarios sacrificaron medidas de seguridad en su prisa por extraer ganancias.

Sin embargo, la travesía del chofer que transporta carbón es un recordatorio de que, a menudo, debajo de la fuerza arrolladora de la economía china hay tres personas apretujadas en la cabina de un sucio camión que transporta carbón, un viaje que se multiplica a diario por miles y miles. De esta forma –un restaurante, un centro comercial o un fábrica a la vez– buena parte de China recibe su energía.

La faena

KRT Direct

Los choferes, para empezar, deben salir del área carbonífera en la región autónoma de Mongolia y las provincias vecinas de Shaanxi y Shanxi. En una tarde gris y lluviosa de agosto, Zhu formaba parte de una pequeña caravana de camiones que transportaba 90 toneladas de carbón hasta un bar karaoke y unos baños públicos, en la ciudad industrial de Baoding.

Zhu había recogido su carga un día antes de una pequeña mina en la ciudad de Shenmu, que es uno de los principales centros carboníferos en el norte de Shaanxi. Estimaba que el recorrido de 418 kilómetros hasta Baoding le tomaría cinco días, incluidos cuando menos dos en el retén de inspección en Fugu, antes que pudiera cruzar el Río Amarillo y dirigirse al este.

Zhu dijo que efectuaba el mismo viaje, de Shenmu a Baoding, aproximadamente seis veces al mes, percibiendo aproximadamente 600 dólares. Muchos de los choferes solían ser agricultores que no podían ganar el equivalente de 600 dólares en un año, por lo que ahora buscan una forma de salir de la pobreza de áreas rurales. “Nosotros no tenemos alternativa”, aseguró otro chofer. “No hay otra forma de salir del campo”.

¿El precio?

Para un estado pobre como Shaanxi, la cuota que se cobra ahí equivale a un diezmo por cada piedrecilla de oro negro que sale de sus fronteras: la tarifa por una tonelada de carbón equivale aproximadamente a siete dólares. Los choferes consideran que dicha cuota es meramente otra forma de extorsión.

En otra mañana, justo al sur de la antigua ciudad de Togtoh, en la región autónoma de Mongolia, una caravana diferente que transportaba carbón, compuesta de aproximadamente 20 camiones, estaba detenida a la orilla del camino. Habían mandado a un explorador hasta una caseta de tránsito, mismo que trataría de localizar a un agente de policía que tenía la reputación de aplicar dudosas multas.

“Él tiene que cubrir sus cuotas”, explicó uno de los conductores, al tiempo que fumaba un cigarrillo y otros choferes tomaban una siesta debajo del chasís de sus camiones. El trabajo de este explorador consistía en notificar a los otros choferes el momento en que dicho agente saliera a comer, para que así la caravana pudiera pasar con seguridad a través del poblado. “De lo contrario”, dijo el chofer refiriéndose a la multa de seis dólares, “no podríamos ganar ni un centavo”.

La estación de inspección en Fugu es un inevitable cuello de botella para los camiones que se dirigen al este, provenientes de las minas de carbón en Shenmu. Los conductores pasan tanto tiempo esperando que ya surgió un distrito comercial, de población flotante, a la orilla de la carretera. Vendedores en bicicletas y bicimotos pregonan amuletos de Mao, revistas militares, llaves de repuesto, huevos cocidos, tallarines y cortauñas.

“¡Maíz! ¡Maíz!”, anunciaba una mujer que vendía comida desde su bicicleta.

En los momentos de ocio, los choferes, apretujados, juegan cartas en las cabinas de sus camiones o leen revistas. Algunos comparan historias vividas en dichas filas de la misma forma que otros hombres comparan historias de viajes de pesca.

“Lo más que hemos tenido que esperar es dos semanas”, dijo Zhu. “La gente abre restaurantes a la orilla de camino”.

Otro conductor en dicho convoy, Li Wenshun, aseguró que una vez tuvo que esperar en una fila que se extendía a lo largo de más de 48 kilómetros para llegar a las minas de Shenmu. “Antes había un camino, había una línea”, musitó Li.

En este viaje, Zhu estaba viajando con un chofer de apoyo y su hijo, aprendiz de chofer que alberga la esperanza de tener su propio camión de carbón algún día. Estaban sentados pacientemente en el interior de la cabina, al tiempo que, aproximadamente cada hora, pasaban trenes a toda velocidad junto a la fila de camiones, los cuales también llevaban carbón.

“Me gusta este estilo de vida”, dijo el hijo, Zhu Dongliang, de 20 años de edad. “No hay muchos empleos disponibles. Este es un buen trabajo”.

Aunque a veces resulte tedioso: Unos cuantos minutos después, su padre, Zhu, encendió el motor y –muy lentamente– avanzó otros 10 metros. Después, lo apagó de nuevo.

KRT Direct

Para el Gobierno chino, los embotellamientos de tránsito en el transporte de carbón constituyen un tema crucial, de los cuales se responsabiliza, en parte, a la escasez de energía en ciudades y distritos fabriles a lo largo de la costa del sur. El Gobierno ha respondido mediante la acelerada expansión de vías ferroviarias dedicadas al transporte de carbón, así como modernizando algunos puertos para expeditar embarques marítimos de carbón destinados a impulsar plantas de generación de energía y fábricas en el sur.

Algunos analistas afirman que estas mejoras ya empezaron a relajar un poco los embotellamientos antes mencionados. Sin embargo, la demanda de carbón aún es insaciable, a grado tal que la red de camioneros, que es más informal y caótica, sigue desempeñando una participación vital. Todo parece indicar que los camiones están por doquier. Cualquiera que haya conducido un automóvil en China conoce el sentimiento, nada reconfortante, de asomarse al espejo retrovisor y ver cómo un camión de carbón se va acercando con su gran masa.

 
     
 
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