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Sin perder la fe en el sufrimiento
 
 
Domingo | 26.08.2007
 

Por: Alexei Barrio
The New York Times News Service

 
 
AP/Martin Mejia
PISCO, Perú -- Rita Cabrera estaba parada frente a una estatua de un Cristo sentado y acariciaba sus manos, daba golpecitos en su barba y reprimía el llanto. Se veía temblar su barbilla a través del cubre bocas mientras rezaba en silencio en una iglesia improvisada al aire libre. El recinto, que también hace las funciones de clínica, no es otra cosa más que una colección de 22 sillas azules de plástico y unos cuantos artículos religiosos rescatados de la iglesia de San Clemente al otro lado de la calle..
Esta iglesia fue el único lugar más mortal del poderoso terremoto que sacudió el sur de Perú la semana pasada. Al menos 200 feligreses se encontraban dentro el miércoles por la noche en una misa funeraria. La mayoría estaba en las bancas cuando las paredes y el piso comenzaron a sacudirse violentamente, y pedazos de adobe y piedra cayeron del techo, dijeron testigos.

REUTERS/Mariana Bazo
Murieron más de 60 fieles, una tragedia que ha sacudido la congregación ortodoxa oriental de esta ciudad, pero no así su fe. “No importa que ya no tengamos el templo”, dijo Cabrera. “Lo volveremos a construir. Lo único que podemos hacer ahora es rezar y darle gracias a Dios”.

El terremoto de magnitud 8.0 mató más de 500 personas y dejó a miles sin hogar. Quedaron destruidas aproximadamente 34 mil casas, cerca de 16 mil de ellas dentro de Pisco y en los alrededores.

Sin embargo, los habitantes del pueblo han sacado fe de lo que ven como pequeños milagros. La estatua de Cristo que se encontraba en la entrada principal de la iglesia sobrevivió de alguna forma. Ahora está amarrada a un árbol en la plaza, junto a la estatua de la virgen María que también fue rescatada. Son las piezas centrales de la iglesia improvisada.

AP/Martin Mejia
Se han colocado velas altas enfrente de la plaza. El reverendo Alfonso Berra de Urralburu, encargado de la iglesia, dijo que escapó de la muerte cuando las paredes se derrumbaron a su alrededor, pero de alguna forma no resultó herido. Tres de los cinco sacerdotes de la iglesia sobrevivieron.

Sin embargo, la pérdida de tantos feligreses -y las réplicas continuas del terremoto- han sacudido los nervios y emociones de la congregación. Por su parte, Cabrera dijo que perdió una tía que estaba dentro de la iglesia cuando se colapsó, pero dijo que se siente bendecida porque sobrevivió el resto de su familia, incluidos tres niños.

El domingo por la tarde, una docena de rescatistas seguía peinando los escombros en busca de cuerpos, así como de candelabros y otros artículos religiosos.

El sábado por la noche, recuperaron el cuerpo de una anciana entre seis pies de escombros. La mujer había intentado escapar por la parte trasera de la iglesia, de acuerdo con Rodolfo Padilla, el coordinador del equipo de rescatistas de la policía nacional. Se encontraba a unos cuantos pies de un jardín cuando dos piedras enormes la alcanzaron impidiéndole salir. “Estuvo tan cerca de lograrlo”, dijo Padilla.

REUTERS/Mariana Bazo
Fuertes réplicas siguieron deteniendo la búsqueda laboriosa de víctimas y objetos de valor. El domingo, el reverendo Luis Díez Canseco, uno de los tres sacerdotes sobrevivientes, sostenía una reunión en una oficina que resultó dañada pero no destruida, cuando de pronto se quedó callado. "Hay otro", dijo Canseco mientras el piso empezaba a sacudirse violentamente. Un empleado de la iglesia gritó su nombre desde el pasillo. “Tranquilos, tranquilos”, dijo Canseco mientras caminaba arrastrando los pies fuera de la iglesia.

Dentro de la oficina de Urralburu, grietas profundas cruzaban la pared donde colgaba un grabado en blanco y negro, enmarcado, del santo patrono de la congregación, Vicente de Paula.

Desde el terremoto, se han celebrado las misas en su horario habitual. El domingo por la noche, soldados hicieron que el sacerdote y unas cuantas docenas de feligreses se fueran de la plaza porque no podían garantizar su seguridad, según dijeron. La plaza aún se usa como depósito de cuerpos no identificados, los que yacen en bolsas negras de vinil en uno de los lados.

Se había recargado un enorme pizarrón borrado contra un camión que se usaba para almacenar algunos de los cuerpos. Tarde en la noche del domingo, en el pizarrón estaba la descripción de dos cadáveres no identificados, hombres cincuentones y sesentones.

REUTERS/Mariana Bazo
Sin inmutarse, Urralburu condujo su rebaño unas cuantas yardas por una calle polvosa, a un lado de la iglesia, y empezó la misa entre grandes pilas de escombros. Tanto él como los feligreses llevaban cubre bocas para evitar la densa nube de polvo suspendida en el aire de toda la ciudad.

En un momento dado, un hombre que llevaba cuatro sillas se abrió pasó a empujones entre la multitud mientras todos rezaban en voz alta. Detrás de Urralburu, trabajadores municipales metían a golpes estacas en el piso tratando de alcanzar los cables para restablecer la electricidad en las luminarias de las calles, lo que podría llevarse hasta un mes.

El edificio en sí mismo no es lo que importante, dijo Urralburu momentos después de concluir el servicio improvisado. “Es un lugar donde rendir culto, celebrar y adorar”. “Utilizaremos esto como una oportunidad para modernizarnos”, dijo. “Estas cosas tienen una forma de purificarnos”.
 
     
 
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