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Los pepenadores de la India anhelan su dignidad
 
 
Domingo | 07.10.2007
 

Por: Amelia Gentleman
The New York Times Service

 
 
REUTERS/Desmond Boylan
NUEVA DELHI, India. - Después de un mal día de trabajo, Panorama Begum difícilmente puede evitar el vómito. Después de un buen día, ella meramente se siente inapetente durante unas cuantas horas, hasta que la peste ha disminuido dentro de sus fosas nasales y sus uñas han sido ya talladas con fuerza.

Begum, recolectora de basura en la capital de la India, es una de los 300 mil trabajadores que apenas se notan, los cuales desempeñan un papel vital para la ciudad: revolver a través del detrito de la vida moderna, reciclando cualquier cosa que valga y disponiendo cuidadosamente del resto.

Más de 95% de Nueva Delhi no tiene sistema formal de recolección de basura de casa en casa, así que recae en los pepenadores de la ciudad, uno de los grupos más pobres y marginados de la India, suministrar este esencial servicio. No les paga el Estado, y más bien dependen de los donativos de comunidades a las que sirven y de magros ingresos derivados de la venta de artículos descartados.

Pero, después de siglos de sumiso silencio, los recolectores de basura están empezando a exigir respeto.

El 2 de octubre, día del cumpleaños de Mohandas K. Gandhi, el Gobierno del estado de Delhi dio una significativa concesión. En respuesta a la presión de una unión de pepenadores, suministrará aproximadamente 6 mil guantes protectores, así como botas y delantales.

Por ahora, sin embargo, ellos siguen recogiendo detritos -fragmentos de vidrio manchados con las sobras de la comida de ayer, zapatos rotos mezclados con carne putrefacta- a mano limpia.

Esta es la primera vez que el Gobierno ha hecho cualquier esfuerzo por reconocer a este grupo de trabajadores esenciales, y el momento será marcado por una celebración cerca del monumento a Gandhi.

“Andar revolviendo la basura, en cualquier parte del mundo, no es digno”, dijo J.K. Dadoo, el secretario del Ministerio del Ambiente de Nueva Delhi. “El solo hecho que nosotros hayamos reconocido que necesitamos cuidar de su salud es un notable reconocimiento de su dignidad”.

Los recolectores de desperdicios no se sienten conmovidos ante la acción. No desean guantes, dicen. Quieren salarios, pensiones, seguro social, uniformes que, esperan, desalienten el acoso policial, aunado a educación para sus hijos y viviendas decentes.

REUTERS/Andrew Winning

El sistema para disponer de la basura aquí es informal, pero altamente organizado.

Su capacidad para reciclar plásticos y papel es eficiente más allá de los sueños de las naciones más progresistas en Occidente.

En una sociedad en la que cientos de millones de personas viven en la pobreza desesperada, todo tiene un valor y nada es redundante.

Lo más impactante es que el abandono en que la ciudad tiene a las personas que prestan este servicio es típico de una ceguera mucho más extensa hacia los excluidos de la pujante economía de la India.

Begum, de 35 años de edad, aprende mucho acerca de la humanidad durante sus rondas cotidianas de 350 apartamentos del Gobierno, ocupados por empleados estatales de bajo nivel, en el sur de Delhi. Al estar revolviendo entre las cáscaras de cebolla, garbanzos y chapatis a medio comer, ella puede distinguir cuáles familias están teniendo dificultades y a cuáles les va bien. A partir de sus fugaces encuentros con ellas cada mañana, ella sabe cuáles hogares contienen personas buenas y a cuáles preferiría evitar.

Están también las familias endurecidas, que guardan sus cartones de leche, de plástico, para venderlos por unas cuantas rupias adicionales a comerciantes que pasan. Están los generosos, como las que en fecha reciente donaron dinero para la boda de la hija de Begum, de 16 años de edad. Están los agresivos, que nunca entregan la donación esperada cada mes, de 10 rupias, o el equivalente de 25 centavos de dólar, que ella necesita para alimentar a sus cuatro hijos.

“Si todos me pagaran, ganaría aproximadamente 3 mil 500 rupias”, dijo, aproximadamente 88 dólares. “Nunca he llegado siquiera a mil 500”, o aproximadamente 38 dólares.

Ella tiene otras formas de extraer una ganancia por su trabajo. Al encontrar entre la basura algo de comida en buen estado que fue descartada, la transfiere a una bolsa aparte de plástico. Más tarde, ella se la dará a una de las granjas cuyas vacas vagan por las calles de Delhi, a cambio de leche para sus hijos más jóvenes.

El trabajo es agotador, pero dijo que tras 14 años, ella había desarrollado el vigor.

Su marido, Muhammad Nazir, quien trabaja en un área más acaudalada, dijo que podía ver la transformación de la ciudad en la basura que él manejaba. “La gente está ganando más, está gastando más, y está tirando a la basura más cosas, ahora que Delhi se ha vuelto rica”, dijo.

REUTERS/Andrew Winning

Sin embargo, aún es difícil ganarse la existencia a partir de los restos de la vida de la clase media.

La pareja separa la materia vegetal de bolsas de plástico (de dos a tres centavos de dólar, aproximadamente, por kilogramo), diarios (dos a tres centavos) y botellas de vidrio (aproximadamente 18 centavos), después toman los artículos vendibles para elegirlos en su barriada de la cercanía, donde está la base del intermediario.

En promedio, cada uno de ellos gana entre 30 y 50 rupias al día, aproximadamente 1.26 dólares.

En un hogar hecho de objetos rescatados durante sus rondas (los muros cubiertos de cajas de cartón aplanadas; el techo parchado con tapetes de automóvil), expresan amargura con respecto a sus vidas. “Es la pobreza lo que nos hace trabajar en esto”, dijo Begum. “Si yo tuviera alternativa, no lo estaría haciendo. ¿A quién le gustaría recoger basura?”.

En una reunión de pepenadores organizada por un grupo de apoyo conocido como Chintan, el plan del Gobierno fue recibido con poca satisfacción. Varias personas hablaron de golpizas a manos de oficiales de policía que sospechaban de su presencia en áreas residenciales en las primeras horas de la mañana. Algunos dijeron que las autoridades de la ciudad se negaban a concederles espacio para separar artículos reciclables, amén de ser objeto de acosos constantes para que sigan avanzando.

 
     
 
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