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| El verdor que vuelve a la vida |
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Domingo | 04.10.2007 |
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Por: Sarah Lyall
The New York Times Service
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NARSARSUAQ, Groenlandia -
Algo extraño está ocurriendo en el extremo el bosque de Poul Bjerge, un lugar tan diminuto e inesperado que evoca el pequeñísimo lote de tierra que el padre de Woody Allen carga a todas partes en el filme Amor y muerte.
Sus cuatro árboles más viejos -de hecho, los cuatro pinos más antiguos en Groenlandia, conocidos como los árboles de Rosenvinge en honor al botánico holandés que los plantó, en un experimento loco de 1893- están despertando. Luego de haber entrado con elegancia a una etapa somnolienta, ahora están mostrando nuevos brotes de verde en sus partes más altas, como si alguien les hubiera pegado agujas frescas.
“Los viejos están pasando por una segunda juventud”, explicó Bjerge, de 78 años de edad, quien ha observado el bosque, conocido como Qanasiassat, volver a la vida, a intervalos intermitentes, desde que él mismo plantó la mayoría de los árboles en el área hace 50 años. Estaba radiante cual nieto orgulloso. “Ellos están creciendo de nuevo”.
Cuando se usa la palabra “crecimiento” en relación con Groenlandia en la misma oración, es importante recordar que si bien Groenlandia es del tamaño de Europa, tiene solamente nueve bosques de coníferas como el de Bjerge, todos ellos cultivados. Tan solo cuenta con 51 granjas. (En su totalidad son granjas ovejeras, aunque un hombre está intentando criar ganado. Tiene 22 vacas.) Con la excepción de las papas, los únicos vegetales que comerán la mayoría de los groenlandeses -al grado tal que prácticamente no comen vegetales- son los importados, en su mayoría de Dinamarca.
Pero ahora que el clima se está calentando, no solo los viejos árboles están pasando por un crecimiento. Este año, un supermercado groenlandés se está abasteciendo de coliflor, brócoli y col de producción local por primera vez. Ocho agricultores-ovejeros están cultivando papa comercialmente. Cinco más están experimentando con vegetales. Al mismo tiempo, Kenneth Hoeg, el asesor en jefe de agricultura para la región, dice que no ve por qué Groenlandia no podría, con el tiempo, estar llena de granjas dedicadas al cultivo de vegetales y bosques viables.
“Si se vuelve más cálida, una gran parte del sur de Groenlandia podría ser como esto”, dijo Hoeg, al tiempo que caminaba a través de Qanasiassat, diminuta comunidad sureña a la que se llega en lancha desde Narsarsuaq, la cual es notable, sobre todo, porque cuenta con un aeropuerto internacional.
En la cercanía, poco más de una hectárea de pinos importados, piceas, coníferas y abetos están anclados en medio de la dura colina rocosa que está junto al fiordo, como un espejismo asombroso. Si el clima se torna un poco más cálido, se podría hablar de un bosque productivo con suficiente madera para troncos, dijo Hoeg.
Más al norte, la gran capa de hielo de Groenlandia, vasto paisaje blanco de 0.695 millones de millas cuadradas que abarca 80% de la masa terrestre de la isla, se está derritiendo rápidamente, suscitando intensa alarma, con repercusiones no solo para el modo tradicional de vida en una isla de 56 mil personas, sino también para el resto del mundo. Mientras más se vaya derritiendo el hielo, mayor será el aumento de los niveles del mar.
No obstante, aquí en el sur subártico -una tierra de agua gélida, montañas inclementes, rocosos cerros, suelo poco profundo, vientos repentinos y comunidades aisladas que viven enclavadas, casi apologéticamente, a lo largo de una red de fiordos repletos de glaciares- los cambios son más sutiles y conllevan mayor promesa.
“El factor limitante para la supervivencia humana aquí es la temperatura, y existen muchos beneficios si se da un clima más cálido”, destacó Hoeg. “Estamos en la frontera de la agricultura, e incluso unos cuantos grados pueden marcar una diferencia”.
Groenlandia actualmente es una provincia autónoma de Dinamarca, fue colonizada por el líder vikingo Erik el Rojo en el siglo X, luego que sus modos asesinos lograran que terminara siendo expulsado de Islandia. La leyenda dice que él la llamó Greenland (en inglés, literalmente, Tierraverde) como una forma de atraer a otros para que se le unieran, y de hecho lo era.
En esos tiempos era relativamente verde, con bosques y suelo fértil, y los vikingos cultivaron cosechas y criaron ovejas por varios siglos. No obstante, las temperaturas descendieron notablemente en la denominada Pequeña Edad del Hielo, misma que empezó en el siglo XVI, y los colonos escandinavos se extinguieron, al tiempo que la agricultura ya no fue posible.
El clima es un asunto delicado en un lugar como el presente. Un grado más de calor aquí, una pulgada menos de lluvia allá, estos factores pueden tener serias repercusiones para un agricultor que busca ganarse la vida aquí criando ovejas en el áspero terreno. Pero, si bien las temperaturas aquí, en el sur, se desplomaron en los años 80, han subido de manera constante desde esos días. Entre 1961 y 1990, la temperatura promedio anual fue de 33 grados; en 2006, subió a 35 grados, con base en datos del Instituto Meteorológico de Dinamarca.
El invierno está llegando más tardíamente y acaba antes. Eso significa que hay más tiempo para dejar a las ovejas en las montañas, más tiempo para cultivar las cosechas, más tiempo para trabajar al aire libre, así como mayor oportunidad de viajar en embarcaciones, pues los fiordos se congelan más tarde y con menor frecuencia.
El bacalao, que prefiere aguas más cálidas, ha empezado a aparecer de nuevo frente a la costa. Las ovejas están teniendo más corderos, y más gordos, cada temporada. La temporada de crecimiento, tal como está, actualmente dura casi de mediados de mayo hasta mediados de septiembre, lo cual equivale más o menos a tres semanas más que hace una década.
“Hoy día, la primavera está llegando antes, y es posible tener corderos más anticipadamente, así como periodos más largos de pastoreo”, explicó Eenoraq Frederiksen, de 68 años de edad, agricultor ovejero cuya granja, cercana a Qassiarsuk, es accesible a través de un perturbador recorrido en automóvil por un rudimentario camino arado en el flanco del cerro. “Actualmente, los jóvenes tienen muchísimas posibilidades para el futuro”.
Se oye ocasionalmente acerca de exitosas cosechas de fresa en el infrecuente jardín casero, aunque eso contribuye a mantenerlas en perspectiva. Como lo expresó Hans Gronborg, horticultor danés, entre risas: “Ellos saben si cosecharon 20 fresas o 25”. Al igual que en cualquier otro lugar, es accesible solamente por lancha o helicóptero. Como una regla, no hay caminos que conecten a poblados groenlandeses.
Como si estuvieran visitando el zoológico, la gente viene de todas partes para mirar, con la boca abierta, las variedades de pastos en los campos y ver qué se está cultivando aquí: entre otras cosas, 15 variedades de papa y, por primera vez, flores anuales, como crisantemos, violetas y petunias.
Gronborg arrancó una cabeza de coliflor de su nido de hojas. Tenía un sabor rico, casi dulce; el resultado, según explicó, del lento crecimiento, largos días de verano con 20 horas de luz, aunado a drásticos cambios de temperatura del día a la noche. “Es pequeña, pero significa que terminas con todo el sabor concentrado en un tercio del tamaño de una coliflor regular”, notó.
Gronborg cargó una docena de bandejas de vegetales sobre una lancha a motor para llevarlas al supermercado de Qaqortoq. En poco tiempo, dijo, los restaurante estarán sirviendo vegetales groenlandeses junto a cordero y venado groenlandeses.
“Los habitantes de Groenlandia son cazadores, y hace falta tiempo para cambiar su forma de vida y ser”, comentó. “Con todo, albergo confianza en que los productos puedan crecer en el sur de Groenlandia”. |
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