El huésped llega a la cafetería de un gran hotel de Tokio - con más de mil habitaciones- pasadas las 10:00 p.m. de un domingo.
No hay animación. En estos casos, el viajero suele hacerse preguntas y no precisamente optimistas. Encara el menú sin mucho ánimo y observa, encima, que es distinta.
El menú más reducido que el diurno y no incluye - horror- su pequeño capricho: una ensalada césar, esa aportación de la gastronomía de Estados Unidos.
El náufrago pregunta al mesero por su ensalada preferida, por no dejar de hacer el intento.
Diez minutos después y para su sorpresa llega una ensalada césar, jugosa y fresca. Después un club sándwich.
Tras disfrutar de su ensalada, el viajero tiene predisposición a dar una buena propina. Pero la norma es la norma: en Japón no se admiten. Nunca. Es curioso.
La propina no existe en el lugar del mundo donde más a gusto la daría el cliente por su servicio.
Tendencias
Japón y Estados Unidos son los dos modelos antagónicos de la propina en este mundo globalizado. Japón la rechaza de plano, mientras que Estados Unidos la exige. Al final de la calle hay, en ambos casos, un buen servicio. Mejor que en Europa, sin duda.
La fórmula de Japón es cómoda, clara y hubiera constituido la mejor propaganda del mundo comunista cuando pugnaba por convencer a Occidente de sus ventajas.
El modelo de Estados Unidos es aritmético y poco complicado - se trata de añadir de un 10% a un 15% a la cuenta-, salvo que, como sucede a menudo, el viajero europeo empiece a regatearle al camarero que le ha tratado con diligencia.
En Japón no se aceptan propinas. Y, sin embargo, el servicio es impecable, ya se trate de un hotel de cinco estrellas o de un local que sirve tazas de fideos ramen - chinos- a las 5:00 a.m. a un grupo de clientes que han salido ilesos de una noche de copas.
El buen servicio en Japón forma parte de una manera de ser cuidadosa, hecha a la medida de la clase media y propia de una nación orgullosa de que Made in Japan signifique calidad.
Llegan a tiempo las maletas a las habitaciones y el botones no espera nada a cambio de eso.
El taxista detiene el contador cuando ha cometido el error de no coger la salida debida y eso que el gaijin - extranjero en tono poco cariñoso- es un mirlo blanco en las autovías de Tokio. Y se excusará además varias veces.
La condición propia de Japón es una razón relativa para explicar la ausencia de propinas. Hay pocas ciudades tan globalizadas y contemporáneas como Tokio, una capital que duerme menos que Nueva York.
La era Meiji supuso en 1867 la restauración imperial y el gran salto adelante hacia la modernización. Conscientes de la superioridad tecnológica, científica y política de Europa y Estados Unidos, los nuevos señores del país enviaron misiones al mundo para que sintetizaran los adelantos.
Tragaron su etnocentrismo y copiaron todo lo que había que copiar en el mundo desarrollado de la era.
Japón se modernizó y entró en la liga de las potencias mundiales con un poso británico que luego distorsionó el militarismo de los años de 1930 (Japón declaró la guerra a Alemania en la contienda de 1914).
No consta quién rechazó de plano entonces la propina -acaso por el estado feudal- cuando en cambio se copiaron mil y un aspectos occidentales, como la repostería europea.
Aún hoy, Japón sirve los pasteles occidentales - óperas, petits chouxs, strudels o plum cakes- con un virtuosismo que raramente se encuentra ya en los salones de París, Viena o Londres.
No consta quién se opuso a la propina en el Japón de los Meiji, pero merece un monumento de los viajeros del siglo XXI. |