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| Rehén describe huida de 17 días en odisea selvática |
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Domingo | 13.01.2008 |
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Por: John Otis
Houston Chronicle
Distribuido por The New York Times News Service
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AP/Willian Fernando Martinez |
MITU, Colombia. - La noticia de la semana fue, sin duda alguna, la liberación de Clara Rojas y Consuelo González por parte de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, luego de seis años de cautiverio.
No obstante, a medida que otros cientos de rehenes empiezan un nuevo año en manos de estos guerrilleros colombianos, el vuelo de John Frank Pinchao hacia la libertad sobresale como un inspirador ejemplo de verdadero espíritu indómito.
Su relato sobre la huida de un grupo rebelde y la evasión de guerrilleros en la selva amazónica durante 17 días, lo han convertido en un símbolo de supervivencia en contra de todas las probabilidades.
Ahora, en algunas entrevistas con el Houston Chronicle, han surgido nuevos detalles de los ocho años que el agente de policía pasó en cautiverio, así como de su escape al estilo Papillion.
“Siento enorme admiración por Pinchao”, escribió la rehén Ingrid Betancourt, ex candidata presidencial que, de manera similar, ha intentado escapar al menos cinco veces, en una carta dirigida a su madre para demostrar que seguía viva, publicada en diciembre pasado. “Lo que él logró es un acto heroico”.
La mayoría de los cautivos en poder de los rebeldes, incluidos tres estadounidenses secuestrados en 2003, han optado por ser pacientes y esperar el movimiento siguiente, centrando sus esperanzas de ser libres en el Gobierno colombiano.
No obstante, el Gobierno y los rebeldes han pasado años discutiendo sobre los detalles de un intercambio de prisioneros y las pláticas, al parecer, se han estancado. “Llegas al punto de la desesperación”, dijo Pinchao, de 34 años de edad, cuyo hijo John Alejandro nació durante los primeros meses de su cautiverio. “Así que yo siempre estaba pensando en cómo escapar”.
Pero, a medida que Pinchao describía su odisea en la selva, fue quedando en claro por qué los intentos de huida casi nunca funcionan.
Los rehenes detenidos por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), están en algunas de las áreas más densas y deshabitadas en el bosque tropical del Amazonas, donde solo hacen falta unos cuantos minutos para terminar perdido.
Entre los peligros hay de todo, desde mordeduras de víbora y ataques de jaguar hasta plantas espinosas que pueden cortar la piel como si fueran navajas de afeitar.
“La selva es desorientadora. Te traga”, dijo César Augusto Díaz, ex agente de policía que fue detenido como rehén junto a Pinchao, hasta su liberación en un intercambio de prisioneros en 2001. “Intentar un escape, particularmente por cuenta propia, casi es un acto suicida. Sin embargo, Pinchao llevó a cabo todos los movimientos indicados”.
Pinchao, uno de seis hijos nacidos en una familia de clase trabajadora en Bogotá, se unió a la Policía en su adolescencia.
Fue capturado junto con aproximadamente otros 60 agentes de policía el 1 de noviembre de 1998, luego de que mil 400 rebeldes atacaron su guarnición en el remoto poblado de Mitú.
Cuando estuvo cautivo, se sumó a cientos de rehenes. Mataba el tiempo leyendo, escribiendo cartas, jugando ajedrez y dibujando retratos de otros prisioneros.
Ellos sobrevivían a base de una monótona dieta de pasta, yuca, arroz y frijoles. Durante las marchas forzadas, los prisioneros eran atados del cuello en un solo grupo, y cualquiera que intentara correr sofocaría a los otros.
En 2001, las FARC liberaron a 323 efectivos, pero se quedaron con los oficiales y otros oficiales sin comisión, incluido Pinchao, quien empezó a perder la esperanza.
En un momento dado, relató Pinchao, se sintió tan deprimido que anhelaba un rescate militar, aun cuando él mismo, probablemente, habría terminado muerto. “Cuando menos, los soldados encontrarían tu cuerpo y lo entregarían a tu familia, poniendo así fin a tu sufrimiento”, dijo.
Pinchao no les caía especialmente bien a otros rehenes, según comentarios de Díaz, el ex agente de policía. Describió a Pinchao como un solitario que muy rara vez colaboraba con otros prisioneros y que, con frecuencia, usaba su rango superior en contra de los hombres enlistados, aun cuando todos estaban en el mismo barco.
Sin embargo, esa obstinación pudiera haberle ayudado en la espesura selvática. El flacucho Pinchao nunca fue un atleta, pero desarrolló su fuerza durante los seis meses previos a su escape, cuando compartía el mismo campamento rebelde que Keith Stansell, Marc Gonsalves y Thomas Howes, los tres contratistas estadounidenses capturados luego de que su avión cayera a tierra.
Stansell le enseñó a nadar a Pinchao, exhortándolo a que participara en la rutina diaria de los estadounidenses, de sentadillas, barras y levantamiento de pesos crudos, hechos de ramas con bolsas de tierra colgando de ambos extremos.
Pinchao dijo que pasó varios meses planeando su escape. Le pidió a Stansell que huyera con él, pero Stansell dijo que no le interesaba dejar a los otros dos estadounidenses atrás y que esperaban un intercambio de prisioneros.
Después de calcular que estaría en la espesura selvática por hasta un mes, Pinchao acumuló porciones de “farina”, una harina de yuca que les servían a los rehenes, hasta que hubiera formado un bloque de poco menos de 1.5 kilos en su mochila.
En mayo, cuando finalmente llegó el momento, rompió una cadena con la que los rebeldes lo sujetaban a otro prisionero, retorciendo un pedazo de madera a través de uno de los eslabones.
Posteriormente, esperó una lluvia nocturna, usando los sonidos de la tormenta para ocultar cualquier ruido que él pudiera hacer.
Supuso que tendría siete segundos para lograr la huida: el tiempo que le tomaba a una guardia pasar su hamaca, caminar en círculo y regresar. Pinchao inhaló profundamente y después se zambulló en el piso de la selva, desapareciendo entre la vegetación.
A los pocos minutos, logró llegar al cercano río Apaporis. Sería su camino de ladrillos amarillos. “Nadé con la corriente”, dijo Pinchao. “No sabía qué río era, pero sabía que todo río desemboca en un río mayor, mismo que tarde o temprano llegaría al océano. Supuse que, en algún punto del río, tendría que haber gente.
Nadé tanto como pude y solí caminar cuando me cansaba. Después, regresaba al río”.
¿Por qué nadaba? “Si intentas caminar, difícilmente llegas a cualquier parte, pues la selva es sumamente densa”, dijo. “Por cada metro que avanzas por tierra, puedes avanzar 10 metros en el río”.
Por las noches, solía rellenar su ropa con hojas para protegerse de los piquetes de insectos. A veces pasaba la noche trepado en árboles, para resguardarse de animales salvajes.
De vuelta a Bogotá, las intercepciones de mensajes por radio de las FARC les indicaron a las autoridades que Pinchao había escapado, dándoles una idea de su ubicación. Se destacó un equipo de rescate conjunto, formado por la Policía y el Ejército, a Vaupes.
La velocidad fue esencial debido a que los oficiales temían que Pinchao fuera capturado de nuevo o tropezara con una aldea de simpatizantes rebeldes.
Ya había ocurrido antes. En 1999, tres agentes de policía que habían escapado de los rebeldes pasaron 20 días huyendo, solo para ser traicionados por un agricultor que les había ofrecido comida. Los entregó a los guerrilleros, quienes los ejecutaron. “Nosotros no queríamos que le ocurriera lo mismo a Pinchao”, dijo el coronel de policía William Ruiz, quien estaba al frente del equipo que buscó a Pinchao.
Ruiz destacó 60 efectivos a Pacoa, comunidad indígena en las márgenes del río Apaporis, suponiendo que estaría en la ruta de escape de Pinchao.
Ruiz dijo que no estaba en claro si los pobladores locales tenían vínculos con las FARC, así que sus hombres intentaron ganárselos mediante la distribución de comida y transportando por aire a indígenas enfermos, hasta un hospital en Mitú.
Tras dos semanas de recorrer la selva, no había señales de Pinchao. A regañadientes, Ruiz les ordenó a sus hombres que se retiraran de la comunidad y cancelaran la búsqueda.
Sin embargo, poco antes de que el último helicóptero saliera de Pacoa, un oficial divisó a un macilento Pinchao en el río, colgado de un tronco. Lo transportaron a Mitú por aire y, al momento de su llegada, le volvieron de golpe los recuerdos del ataque. Estalló en llanto y gritó: “¡Guerrilla hija de ...!”
En meses recientes, Pinchao ha recuperado 25 kilogramos y ha sido asignado a la oficina policial de derechos humanos para ayudarles a parientes de otros oficiales secuestrados. Durante su tiempo libre, está conociendo a su hijo de ocho años de edad. Además, está luchando por perdonar a los guerrilleros por robarle casi una cuarta parte de su vida. “No puedes desperdiciar tu energía sintiéndote enojado”, dijo Pinchao. “La justicia está en las manos de Dios”. |
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