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El problema es innegable: los niños estadounidenses, y en particular los adolescentes de Estados Unidos, están más gordos que nunca.
La incidencia de obesidad entre adolescentes se ha triplicado en los últimos 30 años, con base en Dianne Neumark-Sztainer, la autora de I’m, Like, So Fat (Estoy, como que, bien gordo).
El 15% de las y los adolescentes tiene sobrepeso, al tiempo que otro 15 a 20% está en riesgo de unírseles. Más aún, escribió Neumark-Sztainer, quien estudia las conductas alimenticias de adolescentes en la Facultad de Salud Pública de la Universidad de Minnesota, se ha descubierto que las dietas generan aumento de peso entre adolescentes, y más de la mitad de las adolescentes y casi un tercio de los varones recurren a conductas nada saludables para controlar el peso, como dejar de comer, fumar, vomitar o tomar laxantes.
Conozcan a Anne M. Fletcher, autora del libro de reciente publicación Weight Loss Confidential, estudio de cómo 104 preadolescentes y adolescentes - 41 varones y 63 jovencitas - perdieron cantidades considerables de peso y mantuvieron su descenso a lo largo de dos años o más.
El promedio de kilos perdidos fue de 25.5, con 26 de los participantes habiendo perdido 33 kilos o más y 14 que perdieron 44 kilogramos o más. Estos descensos de peso se convierten incluso en más significativos cuando te das cuenta de que muchos de los jóvenes crecieron mientras estuvieron perdiendo peso.
Cuando fueron interrogados por Fletcher, especialista en dieta por Mankato, Minnesota, estos “grandes perdedores” habían controlado su nuevo peso durante poco más de tres años en promedio, con 22 que lo hicieron por al menos cuatro años y 14 por cuando menos cinco años.
Así que esta no es la historia de una solución rápida a un problema de toda la vida. Muchos de estos jóvenes habían probado dietas y trucos para perder peso, sólo para recuperar lo que habían perdido y un poco más.
Tuvieron éxito solamente después de haber aceptado sus autodestructivos hábitos a la hora de comer y hábitos sedentarios, aunado a efectuar cambios permanentes en su forma de abordar la comida y cómo mueven sus cuerpos.
Este estudio por parte de Fletcher, quien también escribió Thin for Life (Delgado de por vida), estudio de 100 adultos que habían perdido 13.2 kilos o más y mantenido su peso durante tres años o más, rompe por completo varios mitos relacionados con la pérdida de peso entre adolescentes, entre ellos que los niños de padres con sobrepeso no pueden perder peso.
Los adolescentes en su libro, de todas partes de Estados Unidos y Canadá, perdieron peso en contra de dificultades considerables*.
Cuando menos 60 de ellos venían de familias con sobrepeso, con 23 que tenían a ambos padres obesos. Más de la mitad había tenido sobrepeso desde los 10 años de edad o antes. 70% dijo que había perdido peso y después lo había recuperado muchas veces.
Muy pocos seguían dietas restrictivas (ocasionalmente se permitían postres e incursiones al área de comida rápida). Y casi todos perdieron peso sin desarrollar un desorden alimenticio o adoptar algún otro hábito dañino, como el tabaquismo o el ejercicio obsesivo.
Una mirada a las razones que dieron los adolescentes con respecto al aumento de peso ayuda a entender los pasos que ellos dieron para revertir el proceso. Cuando menos tres cuartas partes de los jovencitos registraron “demasiados bocadillos”, “porciones demasiado grandes” y “no suficiente ejercicio” como sus principales razones para explicar el aumento de peso.
Entre otras de las razones mencionadas por al menos un cuarto de los participantes estaban “comí demasiados dulces y postres”, causas emocionales como comer “cuando te sientes solo, aburrido o triste”, “pasé demasiado tiempo viendo televisión, en la computadora y/o videojuegos”, “comí demasiada comida rápida”, “es de familia” y “demasiada comida engordadora servida en casa”.
Cambios familiares
Fletcher no necesariamente culpa a los padres por los problemas de peso de sus hijos. Después de todo, uno de los participantes en el estudio era su hijo Wes, quien dijo que una parte del problema era que sus padres hacían todo bien.
Sin embargo, es claro que muchas familias necesitaban efectuar cambios en los alimentos que consumían, su forma de cocinar, cómo se servía la comida y dónde comían.
Lo que tuvo mayor importancia fue un cambio en cómo se sentían los jóvenes con respecto a su peso y acerca del papel que la comida y el ejercicio (o falta de) desempeñaban en sus vidas.
Fletcher quedó asombrado de que la salud fuera mencionada con la misma frecuencia que la apariencia como factores que deciden de una vez por todas perder peso.
“Mi inquietud más grande era volverme más saludable”, dijo Taylor S., quien en otra época llegó a pesar 110 kilogramos y después perdió 44 kilos, a lo largo de dos años. “Yo no quería morir a los 40 años debido a mis hábitos alimenticios”, agregó.
Por su parte, Angel W., quien tenía hipertensión arterial cuando pesaba 105 kilogramos, redujo a un nivel normal sin fármacos, perdiendo 28.6 kilos. Por supuesto, la apariencia tenía mucha importancia para estos adolescentes, muchos de los cuales deseaban ser más atractivos al sexo opuesto y ser capaces de vestir ropa de moda.
Motivaciones
Mejorar la autoestima y estar libre de provocaciones y el ridículo fueron otras motivaciones comunes para buscar un descenso de peso. Asimismo, una cuarta parte de los participantes, aproximadamente, dijo que su peso les estaba impidiendo hacer lo que querían, incluido participar en deportes.
Fletcher advierte que para tener éxito con la pérdida de peso duradera, los adolescentes, al igual que los adultos, tienen que estar realmente listos para aceptar su problema de peso. Ella cita las palabras de Sari M.: “A menos que quieras hacer algo con respecto a tu peso por buenas razones, es probable que no las sigas. Si eres feliz con tu apariencia actual -o no te molesta lo suficiente para hacer algo al respecto- entonces déjalo así. Después, solamente te sentirás peor contigo mismo “si no tiene éxito”.
Una y otra vez, los adolescentes le dijeron a Fletcher que la motivación había llegado desde su interior. Los comentarios molestos por parte de sus padres u otros de naturaleza desagradable por parte de entrenadores, solamente impulsaban a muchos de los jóvenes a comer más.
Los participantes de este estudio tomaron una de dos rutas para controlar su peso: 49 bajaron por sí solos, en tanto 52 lo hicieron con la ayuda de cuidados profesionales a la salud (normalmente un especialista en dietas) o un programa (como un campamento de verano para adolescentes con sobrepeso, el grupo Weight Watchers o TOPS).
Dos jóvenes en este grupo que tenían serios problemas de salud relacionados con el peso fueron sometidos a cirugía bariátrica para corregir su obesidad. Otros tres empezaron a perder peso por cuenta propia, para luego unirse a un programa con el fin de alcanzar sus objetivos.
Métodos
Encabezando el grupo de estrategias para adelgazar estuvo el ejercicio o volverse más activo, mencionado por 86% de los participantes como su principal ruta hacia un peso más saludable. Las actividades más populares fueron correr, caminar y levantar pesas. Después estuvo reducir el consumo de comida grasosa, mencionado por 48; ponerse a dieta, por 47; reducir el consumo de ciertos alimentos, por 42 participantes; reducir las calorías, 29; comer todo tipo de alimento, pero en cantidades menores, 26; saltarse alimentos, 14; usar un suplemento líquido o barra energética como reemplazo de una comida, 11; usar fármacos para perder peso, 5; ayunos, 3; fumar cigarrillos 1. Ninguno recurrió a medidas como inducir el vómito o laxantes.
Todos los que tuvieron éxito para perder kilos reestructuraron sus hábitos alimenticios. Aprendieron a comer cuando tenían hambre y a dejar de comer cuando estuvieran satisfechos. Al comer porciones de menor tamaño, consumir comida llenadora que era baja en calorías y menos alimentos con elevado contenido graso, eran estrategias populares.
Muchos evitaron sentirse privados, permitiéndose para dicho fin un gusto de cuando en cuando. Cuando salían con sus amigos, intentaban elegir alimentos que eran más saludables y menos calóricos.
Si bien relativamente pocos de los jóvenes contaron las calorías, muchos empezaron a leer las etiquetas sobre contenido nutricional y se volvieron más conscientes del valor calórico y nutricional de los productos que suelen comer.
A veces, mantener el peso era más difícil que perderlo. Entre sus estrategias estuvieron el ejercicio de manera regular; pesarse cada semana y reducir su consumo de alimentos si aumentaban; aprender más acerca de la nutrición; y prestarle mayor atención al hambre biológica, a diferencia de la psicológica. |