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Duras lecciones de los expedientes de contusiones
I Parte
 

Martes | 27.02.2007

 
Por: Jane E. Brody
The New York Times News Service
 
 
LA PRENSA/ Archivo

Al estarse divirtiendo en una magnífica salida escolar a la pista de hielo de la localidad, mi nuera, quien es buena patinadora, repentinamente cayó hacia atrás, golpeándose tan duro la cabeza que perdió el sentido.

Luego que fuera llevada a la sala de primeros auxilios, preguntó: “¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué a este lugar?”. Si bien sus hijos, que son patinadores novatos, estaban usando cascos, mi nuera, al igual que otros adultos sobre el hielo, no lo llevaba. Había sufrido una contusión.

El golpe externo sobre su cabeza no fue de gran consecuencia, pero el “latigazo” interno sobre su cerebro le había provocado una intensa jaqueca, náusea y amnesia con respecto al suceso.

Una ambulancia la condujo hasta un centro de traumatología, en el cual una tomografía y rayos X no revelaron fracturas ni sangrado interno. Tras unas cuantas horas bajo observación, la enviaron a casa bajo vigilancia las 24 horas, ordenándole que regresara de inmediato si se sentía desorientada, confundida o sumamente fatigada, o si la jaqueca empeoraba o si empezaba a vomitar.

Asimismo, le dijeron que era normal que continuara con el dolor de cabeza, la náusea y el dolor de cuello durante varios días. Lo que no le informaron, con todo, era el grado de importancia que tenía el descanso y reducir al mínimo la tensión, para así darle a su cerebro la oportunidad de sanar.

Habría sido buena idea tomarse una semana libre o más del trabajo. Tampoco le informaron que incluso una concusión leve pudiera dejar síntomas “invisibles” pero inquietantes: fatiga, irritabilidad, dificultad para concentrarse, problemas de memoria y, a veces, depresión.

Estos son indicadores del síndrome postcontusión que, meses después, podrían dar como resultado conducta impulsiva, que el individuo se frustre con facilidad, daño al juicio social y desagradables cambios de personalidad.

Casos

LA PRENSA/ Archivo
 

El síndrome típicamente ocurre en su forma más severa tras una serie de concusiones que privan al cerebro de una oportunidad para sanar antes de que ocurra la siguiente herida.

Muy probablemente esto es lo que discapacitó a Ted Johnson, linebacker medio que ayudó a los Patriotas de Nueva Inglaterra a ganar tres Supertazones antes de su retiro, en 2005.

A sus 34 años de edad, Johnson, quien sufrió varias concusiones en el campo de juego, da señales de demencia y se volvió adicto a las anfetaminas, mismas que empezó a tomar para aliviar síntomas previamente no reconocidos del síndrome postcontusivo.

Ahora se cree que el daño a su cerebro es permanente, declaró su médico al New York Times. Johnson relató su historia después de leer acerca de Andre Waters, un recio defensivo de las Águilas de Filadelfia que se suicidó a los 44 años.

Su autopsia reveló daño cerebral que era similar al de un octogenario que empezara a padecer el mal de Alzheimer. Cada año, más o menos 50 de cada 100 mil personas sufren una concusión en Estados Unidos, misma que se define como una pérdida de la conciencia inmediata y breve, acompañada de un corto periodo de amnesia posterior a un golpe en la cabeza.

Resultados de investigaciones

LA PRENSA
 

Sin embargo, no hace falta que te derriben violentamente para sufrir una concusión. El Dr. Allan H. Romper y el doctor Kenneth C. Gorson, neurólogos en el Centro Médico de St. Elizabeth, en Boston, revisaron los aspectos clínicos de la concusión en la Revista de Medicina de Nueva Inglaterra el mes pasado, escribiendo que la gente que termina mareada o confusa tras una herida a la cabeza, pero que no perdió la conciencia, pudiera haber sufrido la forma más tenue de concusión.

En una entrevista, Romper explicó que una concusión ocurre típicamente cuando la cabeza y el cuerpo están en movimiento y la cabeza es lanzada repentinamente contra un objeto fijo.

El cerebro, que está cubierto de agua dentro del rígido cráneo, se sigue moviendo, y rota hacia delante y atrás sobre el fulcrum del tallo cerebral. Este movimiento rotatorio del cerebro altera un área de células nerviosas que mantiene el estado de alerta. Entonces se produce una cascada de reacciones químicas, todo lo cual necesita de cierto tiempo para retroceder y permitirle al cerebro funcionar para que vuelva a la normalidad.

Justamente de la misma forma que un músculo herido necesita tiempo y reposo para sanar, lo mismo ocurre con un cerebro lastimado.

Espere la próxima semana la segunda parte de este artículo.

 
     
 
 

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