Las semillas plantadas por Bill Gates y los chicos de Microsoft, hace ya casi 30 años, no cesan de dar fruto en Seattle. La metrópolis del noroeste de Estados Unidos es un terreno muy fértil para las compañías de software y videojuegos.
Hay unas 3 mil. Eso constituye un imán para el talento y atrae a profesionales de todo el mundo a una ciudad que combina la alta tecnología con espectaculares bellezas naturales perfectamente al alcance de la mano.
Bill Gates no surgió de la nada. Fue un fenómeno con una lógica de continuidad. Hasta la Segunda Guerra Mundial, la economía de Seattle se había basado en el puerto y la explotación de los recursos naturales de la región, como la pesca, la agricultura y la madera.
También había servido de base para la exploración de Alaska y para los buscadores de oro en el Yukon canadiense. Pero la clase media era muy reducida. El ataque japonés a Pearl Harbor y la entrada de Estados Unidos en la contienda cambiaron las cosas, gracias a la compañía aeronáutica Boeing.
“La Segunda Guerra Mundial transformó Seattle”, dice el historiador Leonard Garfield, presidente del Museo del Estado de Washington.
“Aquí construimos los aviones que hicieron ganar la guerra. Creamos una fuerza laboral preparada, que valoraba la educación y con los recursos tecnológicos para reinventar la comunidad. De ahí pudo surgir Bill Gates”.
El esfuerzo bélico provocó, en efecto, la metamorfosis profunda de unos trabajadores que, sin entrenamiento previo, se pusieron a producir algo tan sofisticado como un avión, compuesto por miles de piezas.
Terminada la guerra, hubo la eclosión de la aviación civil y Boeing consolidó una clase media de técnicos cualificados que inculcaron a sus hijos el amor por los avances tecnológicos y la ingeniería. Fue esa la generación que un día haría posible Microsoft.
La experiencia se ha repetido desde entonces.
La compañía de Bill Gates ha sido un semillero de empresarios. Se llaman a sí mismos los fragmentados de Microsoft, como Matt Wilson, de 38 años, que trabajó con Gates hasta que fundó su propia compañía de videojuegos en línea para posteriormente venderla a Sony.
“Si pones en marcha una nueva compañía de software, quieres un lugar donde puedas encontrar buen talento”, afirma Sam Kaplan, vicepresidente de Trade Development Alliance of Greater Seattle.
“La ciudad, rodeada de agua y montañas, con pistas de esquí a 35 minutos, es un lugar bello y ofrece buena calidad de vida, y eso lo valoran estas empresas”, dice.
The Seattle Times se empleó en informar que los paisajes que aparecen están inspirados en la región, en las montañas de la Cascada, en el monte Rainiero o los bosques húmedos de la Olympic Península. Los diseñadores del videojuego, procedentes de Chicago, no pudieron evitar la influencia del entorno cuando se instalaron en Seattle. El sector de videojuegos vive un boom del que no se ve el fin.
Un ejemplo es PopCap, compañía fundada con escasos medios en el 2000 por tres veinteañeros y que se ha convertido en un gigante de los llamados casual games, juegos simples que pueden instalarse en teléfonos móviles u ordenadores. PopCap tiene una alta penetración en personas de más de 30 ó 40 años, en especial mujeres. Su éxito se debe a que, de modo creciente, los adultos se relajan, incluso durante el trabajo, con sesiones cortas de videojuegos.
En Redmond, el suburbio de Seattle donde está Microsoft, se halla la universidad DigiPen, especializada en las “artes y las ciencias de la simulación”. Un millar de estudiantes de todo el planeta aprenden los secretos para convertir su pasión en carrera profesional.
“Toda nuestra enseñanza la insertamos en la creación de videojuegos”, declara su presidente, Claude Comair, un libanés formado en Japón y en Nintendo. “Nos cuesta cerrar las puertas de noche porque los estudiantes quieren seguir trabajando”, asegura. Seattle era antes un lugar remoto en la geografía estadounidense, pero desde que existen aviones capaces de cubrir largas distancias por la ruta polar son posibles los vuelos directos a Europa y Asia.
Se tarda casi lo mismo, unas nueve horas, en ir a Londres o a Tokio. Esa equidistancia sitúa a Seattle en una buena posición en la nueva economía tecnológica y de servicios.
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