Érase una vez, una joven traductora

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Cuando un excompañero de uno de mis primeros trabajos llamó para avisarle a una de las secretarias bilingües que se había abierto una posición como traductora en la compañía japonesa en que él trabajaba, yo fui la única interesada.

Apliqué. Me entrevistaron. Y por supuesto que cuando me preguntaron si tenía experiencia, hice lo que cualquiera carente de ella haría: mentí. “Entonces señorita, traduzca este texto”. Por fortuna, pasé la prueba.

Dos años más tarde hice mi primera interpretación simultánea.

Son dos cosas diferentes: la traducción es escrita, la interpretación hablada, y se divide en tres clases: simultánea (cuando estás en una cabina con audífonos); consecutiva (cuando estás al lado del orador, este suelta una frase, espera, tú la traduces, prosigue), y susurrada (cuando en una conferencia pequeña una persona necesita su propio traductor, tú le traduces al oído).

Y por supuesto, mi primera interpretación fue un bautismo de fuego. Me mandaron a Quito. Llegué al sitio de la conferencia buscando a mi compañero de cabina (dos se toman turnos cada 20-30 minutos por lo intenso del proceso) y nada. Brillaba por su ausencia. Sudando sangre, me puse los audífonos y tras tres minutos agonizantes, un caballero de apariencia distinguida tomó al asiento contiguo y, tras pedir permiso por señas, tomó el micrófono. Volví a la vida.

Se trataba de Abel Willett, antiguo jefe de intérpretes de la OEA. Lo primero que me enseñó fue: “when in doubt, leave out... but not too often”. O sea: que cuando no entendiste lo que dijo un orador o este da muchas vueltas, elige lo que vas a filtrar, pero no con mucha frecuencia.

Los intérpretes son bichos raros, bicéfalos: no todo el mundo puede partirse el coco en dos y ser como una de esas fábricas de las cómicas donde metes X por un lado y sale Z por el otro.

Terminada la sesión, Abel me invitó a un “período de reajuste de actitud” –así le llamaba el gremio al happy hour– y para aliviar mi pánico primerizo, me contó de metidas de pata famosas, como la vez en que Nikita Khruschev montó en cólera en la ONU y decidió demostrarlo propinándole zapatazos a la mesa. El intérprete, ni corto ni perezoso, se descalzó y comenzó a castigar la tablilla de cabina.

Willett, con su gran humor picaresco, me contó cómo, cuando Golda Meir visitó Chile en 1969 (ey, esto fue a finales de los 70), declaró: “I am in love with the Andean peaks”. El intérprete, que no era lugareño, tradujo: “Estoy enamorada de los picos andinos”. Silencio sepulcral.

Resulta que en Chile así se le llama al aparato masculino. Y luego, que traducir al general Omar Torrijos Herrera, con sus pintorescas metáforas, no era tarea fácil. Como la vez que declaró que “cuando el pobre va de culo, no hay barranco que lo pare”. El intérprete, rápido como una lanza, tradujo “you´re up sh*t creek without a paddle” (sic).

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