Pan, circo y otras formas de diversión

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Para unos, la semana pasada fue asunto de murgas, dianas y alcohol, mucho alcohol.

Y tras el barullo, entramos en el silencio de la Cuaresma, en la abstinencia y el ayuno (o sea viernes de mariscos) pero antes, aproveché para disfrutar los boccati que comían los cardenales para aliviar los presuntos votos de castidad, etc. y que dieron origen al término boccato di Cardinale que implica un exquisito manjar.

Pero no solo de pan vive el hombre, dicen por ahí los que –amén de apreciar las dichas del rib roast o del foie gras truffé–, saben –al igual que los emperadores romanos–, que el circo también es importante.

Hay quienes aprovechamos los fines de semana largos para hacer lo que nuestra natural indolencia nos dicta, y en hamaca fresca o colchón mullido nos dedicamos a la diversión pasiva, al placer vicario de un edificante concierto, intrigante libro o estúpido sitcom.

Y oh, no crean que la diametral oposición de los tres adjetivos significa que detesto los sitcoms (viene de situation comedy o comedia “situacional”, en que por lo general en un espacio televisivo de 30 minutos, se genera, desarrolla y desenlaza una trama con un elenco de personajes fijos, fórmula creada a mediados del 20 y que ha variado poco en sus décadas de existencia): los adoro.

Son como la religión en aquello de opiáceo popular, Karl Marx dixit (Si quieres “pifiarle” a alguien, en alemán es “Die Religion ... ist das Opium des Volkes”). Y mientras otros están pendientes de las “cosas que sí importan” como la política, yo intento ver las series de tele que tengo retrasadas, y zamparme todas las películas nominadas a los Oscar (no se pierdan Caballo de guerra ni Los descendientes).

Y por supuesto, ignorando –por el momento– el inminente recogimiento de Cuaresma, ese carne levare, o sea abstinencias de la carne, que es de donde viene la palabra “carnaval”.

Porque después de las rumbas vienen los mea culpas, el recogimiento, y en el caso de la tele, a la que soy adicta, se están acabando ya las series y ahí sí me preparo para ayuno y abstinencia, o sea la temporada de reruns (repetición de programas). Y en vista de que este gobierno y el invierno (político) árabe cada día nos encarece más el costo de la vida, busco mi escapismo en la televisión y en libros de esos que llaman successful trash o basura exitosa, mi versión de opiáceo.

Porque la razón por la cual amo la droga televisiva, es que todos necesitamos escapar de la realidad cotidiana: se ve en el empleado que juega solitario en la compu; el albañil que piropea a la caderona de turno; las manos que cuelgan del sofá, vacías sin su control remoto, que casi es prótesis. Pero una cosa sí que no sintonizo: los detestables reality shows. ¿Por qué? Porque prefiero el placer bobo de zambullirme en una fantasía antes que la realidad de otro. Con la mía me sobra.

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