El valor de ciertos oficios

Temas:

– ¿Aló? – Por favor con Ana Alfaro – Ella habla, [...] ¿en qué lo puedo ayudar? – Señora, necesito que me haga una traducción [...] ¿Cuánto cobra usted? – $xx.xx por página. – Click.

Bueno, creo que con esto ya adujeron que soy intérprete pública autorizada (que es como se llama según el papelito que te dan en el Ministerio de Gobierno y Justicia y por el cual, al usar tu firma y sello, conviertes en “oficial” una traducción.

Y es que aún recuerdo el tono de ese señor, muy similar al que yo pondría si me estuvieran apuntando con una Magnum .44, cuando indicamos lo que cobramos por nuestros servicios.

Hace algunos años, un cliente me dijo: “Ustedes los traductores están poniéndose realmente insoportables. Ya quieren cobrar ¡hasta 14 dólares la página!” Por supuesto, el señor en cuestión era un abogado, de esos que te cobra 500 dólares por el puro privilegio de posar tus sentaderas frente a él.

No me malentiendan: no digo que las más insignes profesiones de guante blanco no tengan derecho a cobrar lo que cobran. Pero un buen traductor, para llegar a serlo, necesita una capacitación tan extensa (tal vez no tan rigurosa, pero igualmente concienzuda) como la de cualquier médico o abogado.

Sea en una institución de prestigio de la que obtienen un diplomado en X lenguaje o lenguajes, o bien a rejo limpio como lo hice yo: leyéndome casi toda la biblioteca de Balboa, cuando de pequeña mis padres me llevaban todos, absolutamente todos los jueves en la noche. Era mi hora dichosa: libros, papi y mami.

Pero además, el traductor necesita ser bueno no solamente en asuntos de idioma, si no que necesita conocimientos casi enciclopédicos sobre el tema que está tratando.

Recuerdo una vez cuando pertenecía a un foro de traductores, en los albores de la internet, y un tío se firmaba “experto en más de 500 temas”. ¿Suena a oxímoron, verdad? Pero es que un buen traductor debe ser no solo versado en los idiomas que utiliza profesionalmente, sino también en la materia en cuestión y en literatura y cultura general, dada la propensión de los autores de documentos de hacer citas de todo tipo.

Por ejemplo, una vez que traducía un documento de un economista que se refería a los modelos macroeconómicos del Imperio Romano, al tío se le ocurrió utilizar la frasecita “corn from Egypt”. ¿Maíz de Egipto? A duras penas: el maíz es nativo de América, y anteriormente en Europa llamaban corn a los granos en general.

Para ser un buen traductor, toca realizar una investigación a conciencia. De esas que no hace el Ministerio Público cuando se trata de uno de sus cuates.

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