Los 100 años de un teatro

Hace un siglo, una estructura en Marruecos se levantó con tropiezos para acoger la cultura y aún hoy, en su peor estado, es un símbolo de la inmigración española.

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Fachada del centenario teatro Cervantes, reducido a ruinas, que esconden la época dorada de España. EFE/Marta Miera. Fachada del centenario teatro Cervantes, reducido a ruinas, que esconden la época dorada de España. EFE/Marta Miera.
Fachada del centenario teatro Cervantes, reducido a ruinas, que esconden la época dorada de España. EFE/Marta Miera.

El Gran Teatro Cervantes de Tánger cumple 100 años, y sus maltrechos muros aún esconden la historia de la inmigración española en esta ciudad y los avatares de un edificio que desde sus comienzos estuvo marcado por grandes dificultades económicas.

El Instituto Cervantes de Tánger inauguró este viernes una exposición que resume la vida del teatro y, a través de una recopilación de diversos documentos (recibos, fotografías, planos, telegramas y recortes de periódicos), se relatan no solo los fastos del edificio, sino también sus infortunios.

Con sus puertas cerradas y grandes dificultades para mantenerse en pie, el viejo teatro es en la actualidad mero observador de las rutinas de los vecinos del barrio, donde jóvenes marroquíes charlan mientras se fuman un cigarro, y mujeres y niñas sentadas en las aceras cercanas al edificio pasan la tarde ajenas a la historia que se amontona a sus espaldas.

Entrar en el interior del teatro supone un viaje en el tiempo, y ni siquiera las butacas rotas y acumuladas en forma de montaña en el escenario, el inmenso agujero que se abre en el techo, los destartalados palcos o la oscuridad del ambiente impiden comprender lo que llegó a ser este edificio, que aunque se encuentre condenado al olvido sigue manteniendo su espectacular belleza.

Las inscripciones de los nombres de autores de teatro como Sófocles, Lope de Vega, Moliere y Goethe resisten a la decadencia en la que se encuentra la sala, mientras que los pequeños trozos de baldosas con dibujos geométricos permiten adivinar cómo fue un día el suelo.

La exposición, realizada por el Instituto Cervantes de Tánger, permite recorrer los trajines de la historia de una sala que comenzó cuando la sevillana Esperanza Orellana heredó de su tío el terreno en el que ella y su marido, Manuel Peña, marino de profesión, decidirían construir el Gran Teatro Cervantes de Tánger.

“Faltaba un teatro nacional y el que suscribe, amante de España como los somos todos los que en ella nacimos, no vaciló en invertir buena parte de su fortuna (setecientas cincuenta mil pesetas) ...”, escribe Peña en una carta dirigida al entonces Ministro de Estado español en 1916 y que se muestra en la exposición.

Era el 11 de diciembre de 1913 cuando, en una sala a rebosar con lo más distinguido de la colonia europea, el Gran Teatro Cervantes abrió el telón. Tan solo tres años después y como atestiguan las cartas enviadas por Peña solicitando subvenciones, la pareja se veía sobrepasada por los gastos y las deudas del teatro.

“Fue un teatro por encima de las posibilidades del público y de la propia ciudad (...) era un poco como una fantasía”, explica el historiador Bernabé López, comisario de la exposición, quien añade que con el tiempo y a medida que la ciudad fue creciendo su ubicación se convirtió en una zona marginal.

Para López, “el teatro fue la manifestación del éxito de la inmigración española y también una aventura patriótica. Pero también fue un negocio, y ni el Estado ni el propietario inicial le sacaron gran beneficio”.

Dejando a un lado sus inicios en 1913, el teatro vivió dos momentos claves. El primero en 1928 cuando fue adquirido por el Gobierno de España y por su escenario pasaron artistas como Ricardo Calvo y Margarita Xirgu.

El segundo sería en los años de 1950 cuando unos 30 mil españoles vivían en Tánger y disfrutaron de una programación más “popular” con actuaciones de Antonio Molina, José Luis Ozores y Juanito Valderrama.

En el transcurso de los años en los que sus puertas estuvieron abiertas al público, al Cervantes le tocó competir con multitud de salas de juego, acogió actos benéficos, culturales y políticos e, incluso, sirvió como escenario de combates de boxeo y lucha libre.

En 1974 fue arrendado a la Municipalidad de Tánger hasta 1993, año en el que tuvo lugar su última actividad: una exposición fotográfica.

Hoy son muchos los que “entre bastidores” han propuesto diversos proyectos para rehabilitarlo o restaurarlo, pero las dificultades de financiación no han permitido por el momento lograr el objetivo de devolver a la vida al teatro e impedir así la desaparición de 100 años de historia.

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