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14 jul Por qué Israel hace lo que hace

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Nada más terminar la final del Mundial entre alemanes y argentinos, uno de mis contactos de Facebook actualizó su estatus de esta manera:

Sus palabras reflejan un proceso que todos vivimos alguna vez (y que millones de personas están experimentando simultáneamente desde hoy): la vuelta al “mundo real” tras un periodo prolongado de circunstancias excepcionales. El Mundial, que se celebra cada cuatro años y dura un mes completo, nos envuelve casi inevitablemente en una nube donde la combinación de fútbol y nacionalismo –y toda la parafernalia que la rodea— ocupa como mínimo una parte inusual de nuestro día. Al finalizar, los fanáticos nos sentimos como el que se cae de una nube, obligados a enfrentar un mundo que, al menos en comparación con el reino mágico que la FIFA y sus socios corporativos nos venden, es vulgar, monótono y violento.

Es ahí donde entra la franja de Gaza, que desde hace aproximadamente una semana es bombardeada a diario por el ejército israelí (FDI). La operación militar –llamada “Eje Protector”— es la culminación de una escalada de violencia que comenzó el 12 de junio con el secuestro –y subsecuente asesinato— de tres adolescentes israelíes en Cisjordania y que, como ha reportado la propia prensa israelí, fue aprovechada por el gobierno de Benjamin Netanyahu para justificar un nuevo ataque a Gaza con dos objetivos principales en mente:

1. Militarmente, Israel tiene el imperativo de eliminar la capacidad de Hamas de lanzar cohetes –ojo, no son misiles ya que no tienen sistema de guía— a territorio israelí, algo que, se vea como se vea, constituye un crimen de guerra. Esto es algo fácil de plantear pero extremadamente difícil de conseguir. Gaza es el territorio más densamente poblado del mundo, por lo que hay una alta posibilidad de que todos los elementos necesarios para el lanzamiento de esos cohetes estén en áreas civiles (conociendo a Hamas y sus tácticas, eso es casi una certeza) y/o enterrados en estructuras inmunes a ataques aéreos. Para lograr ese objetivo, entonces, los bombardeos que Israel lleva ejecutando desde el día 8 ayudan pero no bastan: es necesaria una invasión terrestre que permita “peinar” la Franja y así eliminar la infraestructura ofensiva de Hamas.

El problema con eso, por supuesto, es que Israel no parece tener inteligencia suficiente para llevar a cabo la operación con garantías. En otras palabras, no sabe exactamente dónde están todos los cohetes, plataformas de lanzamientos y otros elementos. Esa incertidumbre aumenta exponencialmente los riesgos asociados. En primer lugar, una ofensiva terrestre dispararía el número de bajas tanto palestinas –más de 160 hasta ahora, 77% civiles— como israelíes –que continúa en cero—, acarreando un costo político significativo –nacional e internacional— para Netanyahu. Además, es de esperar que una entrada de tropas israelíes en Gaza multiplicaría el lanzamiento de cohetes de Hamas, aumentando consecuentemente el peligro para la población civil israelí. La falta de inteligencia, entonces, limita significativamente las opciones israelíes: puede reducir la Franja a una colección de ruinas (no es que esté muy lejos ya), pero no puede garantizar que no habrá más cohetes. Y sin garantías, el cálculo se vuelve mucho más complicado.

2. El segundo objetivo de Israel es político. Desde que las elecciones palestinas de 2006 resultaran en la guerra fraternal entre Hamas –que se tomó el control de Gaza— y Fatah –que “gobierna” Cisjordania—, Israel ha convertido esa división en una de las piedras angulares de su política hacia los palestinos. La excusa es simple: no podemos negociar mientras los palestinos estén divididos. Pero a finales de abril, ambas partes anunciaron su reconciliación y la formación de un Gobierno de unidad. Israel, por supuesto, rechazó la decisión. Y solo mes y medio después, no perdió tiempo en culpar a Hamas –al que considera un “grupo terrorista”— de lo ocurrido con los tres adolescentes. Hamas, que no suele perder tiempo para tomar responsabilidad por sus actos, negó categóricamente su rol. Sea cual sea el caso, la saña contra el grupo islamista –y, por ende, contra la unidad palestina— quedó en evidencia hace unos días, cuando un portavoz de las FDI aseguró que el liderazgo político del país les había instruído “darle duro a Hamas”.

Esa es la situación actual. Tanto desde el punto de vista militar como político, Israel está actuando ante un escenario que no puede resolver del todo pero ante el que tampoco puede permanecer de brazos cruzados. Aquí entramos a lo interesante: si bien es verdad que Israel no puede –ni debe— tolerar los lanzamientos de cohetes a su territorio, también lo es que:

1. Haga lo que haga Israel militarmente, los cohetes siguen entrando a la Franja, y cada vez con mayor alcance.

2. Haga lo que haga Israel militarmente, la resistencia palestina no va a desaparecer.

3. La única manera de acabar con ambas cosas –cohetes y resistencia en general— es entrando en un proceso serio de paz con los palestinos, satisfactorio para ambas partes.

4. La formación de un gobierno de unidad palestina es un paso de gigantes hacia ese proceso de paz, además de la manera más efectiva de acabar con los cohetes; pero

5. Al bombardear Gaza, Israel intenta sabotear el recientemente formado gobierno de unidad y, por extensión, cualquier posibilidad de avanzar en el proceso de paz.

La conclusión es sencilla: digan lo que digan sus portavoces, a través de sus actos Israel está dejando meridianamente claro que no está interesado en pagar el precio de resolver el conflicto.

¿Por qué? La respuesta es tan simple como demoledora: el conflicto en la tierra de Palestina, en su formulación de “dos Estados para dos pueblos”, ha cruzado la línea de no retorno. Israel ya lo ganó y, a pesar de que ciertas cosas podrían mejorar –léase los cohetes de Hamas—, lo cierto es que vive comodísimo en el statu quo. La situación israelí, en otras palabras, es sustancialmente mejor de lo que sería si se implementase una solución de dos Estados (ver mapa abajo). En consecuencia, y desde hace ya unos años, Israel “maneja” —léase administra— su conflicto con los palestinos, dando un paso hacia delante y dos para atrás, limitándose a actuar cuando existe la posibilidad de una amenaza –sea militar o política— o de que las cosas se salgan de control, pero siempre manteniendo el marco de fondo: el bloqueo a Gaza, la ocupación militar y el avance colonizador en Cisjordania (más de medio millón de colonos), y la división palestina que les da la excusa para mantener el “proceso de paz” congelado. Todo ello, por supuesto, envuelto en un contexto de humillación, miseria, desnutrición y violencia constante en el que, según las estadísticas, un niño palestino ha muerto a manos de Israel cada tres días por lo últimos 13 años. Los bombardeos periódicos a la Franja, por su valor militar y psicológico, son parte fundamental de ese manejo, al igual que el sabotaje político –a como dé lugar— de cualquier intento de unidad palestina.

Mientras todo esto se hace cada día más evidente, Washington no se da por aludido. Continúa regalándole miles de millones de dólares anuales en armas a Israel y financiando a la Autoridad Palestina, en un patético y desperado intento de evitar enfrentarse al monstruo que ha creado, de mantener viva la ficción de un futuro Estado palestino que, desde hace muchos años, es absolutamente inviable. El resto del mundo, por su parte, se debate entre el horror y el hastío, cada vez más convencido de que no hay solución para semejante conflicto. Y mientras eso sucede, el esfuerzo israelí por conquistar toda la tierra entre el Mediterráneo y el Jordán, y por doblegar la voluntad y la dignidad palestina –que es lo único que lo separa de ello—, continúa avanzando a paso firme, disfrazado detrás de la propaganda y sustentado en el apoyo –o indiferencia— de Estados Unidos, del resto del mundo y, por qué no decirlo, de una sociedad israelí cada vez más radicalizada e intolerante, en donde son cada vez menos los que se atreven a denunciar lo que su Gobierno le hace a otros seres humanos en su nombre.

Israel ya lo tiene todo, incluyendo el control de los recursos palestinos. Ha alcanzado una posición tan dominante que su primer ministro ya se da el lujo de asegurar abiertamente que no aceptará jamás un Estado palestino soberano. Desde el punto de vista israelí, no hay ningún motivo para ceder lo que hoy tiene, para que la cosa cambie un ápice. La pregunta, por ende, se cae de su propio peso: ¿quién es capaz de hacer ceder al que lo tiene todo? ¿Y por qué?

Las respuestas más obvias son, respectivamente, Estados Unidos y el prospecto de una “solución de un Estado” (la creación de un Estado binacional en el que palestinos e israelíes vivan juntos como iguales), la única idea que aterra más a los líderes israelíes –que no necesariamente a toda su sociedad— que la de un Estado palestino. Por ahora, sin embargo, los líderes israelíes y mundiales son demasiado miopes para ver hacia donde va la situación.

Cuando lo hagan, quizá sea demasiado tarde.

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