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21 jul Israel/Palestina for dummies

Temas:

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Nota: La intención del siguiente post es la de aclarar ciertos conceptos básicos y necesarios para la comprensión de lo que ocurre entre el mar Mediterráneo y el río Jordán.

Considerando:

1. Que existe una gran cantidad de temas controversiales y hechos con interpretaciones históricas o morales distintas alrededor del conflicto palestino-israelí.

2. Que no soy historiador, ni etnógrafo, ni antropólogo, ni especialista en religiones.

3. Que la idea de este post es ser lo más breve, sencillo e imparcial posible.

4. Que, en consecuencia, es altamente probable que el texto que sigue esté lleno de inexactitudes.

Aclaro: El siguiente post no busca establecer verdades absolutas, ni finiquitar debates morales e históricos, ni mucho menos ofender a nadie. Su intención es la de traer temas importantes –y poco reportados y debatidos— a la palestra pública y a la conciencia de quienes tratan honestamente de entender lo que ven en los medios y redes sociales. Invito, entonces, a cualquiera que desee hacer una corrección, o plantear una interpretación distinta de tal o cual concepto o hecho histórico, a hacerlo en la sección de comentarios.

Nota 2: Para facilitar la lectura, he añadido links internos a las secciones en las que he dividido el post.

0. Introducción

1. Cuestiones judías

2. Historia de una conquista

3. Las guerras árabes-israelíes

4. El marco de Oslo y la solución de dos Estados

5. Buscando alternativas

Dicho eso, vamos allá.

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0. Introducción

Mientras continúa la incursión terrestre del ejército israelí en la franja de Gaza, los medios y las redes sociales hierven con información sobre la llamada operación “Eje Protector”. A medida que ambos lados exponen sus argumentos y lanzan sus acusaciones, el ciudadano promedio permanece frente a la pantalla, obligado a reaccionar ante la brutalidad de lo que ve pero, paradójicamente, sin las herramientas necesarias para darle sentido y, así, poder formarse una opinión fundamentada.

Lo anterior no es casualidad. Aunque el conflicto palestino-israelí es uno de los más viejos del mundo, una de las principales características de su cobertura mediática es la falta de contexto. Sin ir más lejos, el ataque israelí sobre Gaza es casi idéntico a los ocurridos en 2012 y 2008-2009. Los argumentos expuestos en los análisis, artículos de opinión y entrevistas que circulan por internet, sean del lado que sean, son prácticamente los mismos que en ambas ocasiones anteriores. Sin embargo, muy pocos analistas han salido a explicar –con un mínimo de seriedad— por qué la situación en Gaza parece no cambiar.

La idea de este post es la de ayudar a llenar ese vacío contextual. Si en cualquier conflicto armado el contexto es importante, en este caso particular su rol es absolutamente crítico. El contexto, podríamos decir, lo es todo cuando se trata de israelíes y palestinos. Ya veremos por qué.

Empecemos por reconocer el poder de las palabras. Aunque a veces solemos sacrificar la exactitud por cuestiones de eficiencia, pereza y demás (o porque se ve mejor en el título, como en este post), nuestra primera aclaración debe ser la siguiente:

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El conflicto no es entre “Israel” y “Palestina” sino entre el “Estado de Israel” y “los palestinos”.

¿Qué quiere decir esto? Vayamos por partes.

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1. Cuestiones judías

Comencemos por el primer término, concretamente por la palabra “Israel”.

La palabra “Israel” hace referencia a los judíos, un grupo humano cuya población se estima entre los 14 y 18 millones de personas a nivel mundial. Más del 80% de los judíos del mundo están repartidos –más o menos equitativamente— entre Israel y Estados Unidos, mientras que el resto vive en un sinnúmero de países (principalmente en Europa, Rusia y América Latina, aunque existen comunidades significativas en otras regiones) en donde su presencia, en todo caso, no suele superar el medio millón de personas. En Panamá, se estima que la comunidad judía cuenta con unos 20 mil miembros.

Los judíos son uno de los grupos humanos más antiguos y culturalmente desarrollados del mundo. (En mi opinión particular, son el grupo humano más exitoso de la historia y de la actualidad, habiendo ganado, por ejemplo, el 23% de todos los premios Nobel). En consecuencia, poseen una identidad fuerte y altamente definida. A lo largo de la historia, sin embargo, su realidad ha estado marcada por dos preguntas fundamentales:

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1. La primera es ¿qué/quién es un judío?, y la respuesta mucho más compleja de lo que parece.

Para algunos, judío es el que practica el judaísmo, la decana de las religiones monoteístas. Esto coincide con la manera como entendemos a todas las demás religiones y sus practicantes, y no tiene más complicación.

El problema viene a continuación. Para otras personas, los judíos constituyen una raza o una etnia, cuya identidad es transmitida por línea materna. Si hacemos caso a estos últimos, por ejemplo, tenemos que se puede ser cristiano y judío, musulmán y judío, budista y judío y ateo y judío. Albert Einstein, por ejemplo, es considerado judío a pesar de haberse declarado agnóstico.

La cosa se pone aún más complicada al considerar que los judíos, al contrario de todas las demás razas o etnias, poseen toda clase de características físicas: existen judíos negros, blancos, árabes, hindostanes y de todas las combinaciones posibles. En este sentido, y de manera muy general, los judíos suelen subdividirse en ashkenazis (judíos del norte y este de Europa), sefardíes (judíos de la península ibérica y el norte de África) y mizrachis (judíos de Medio Oriente). Todos estos subgrupos, sobra decirlo, poseen características físicas completamente distintas, incluso entre ellos mismos.

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Debido a estas incongruencias, el tema de la “raza judía” es altamente controversial. Por dar un ejemplo, en 2008 el profesor Shlomo Sand, de la Universidad de Tel Aviv, publicó La invención del pueblo judío, en el que argumenta que no existe tal cosa como “raza judía”; que la mayor parte de los judíos modernos son descendientes de nativos de distintas partes del mundo –polacos, españoles, iraquíes, bielorrusos, etc.— que, en su momento, se convirtieron al judaísmo (y cambiaron sus nombres); y que, de hecho, los verdaderos descendientes de los antiguos judíos son los palestinos, pues se quedaron en la tierra y subsecuentemente se convirtieron al islam.

Pero no nos apresuremos. Sea cual sea el caso, la idea no es establecer nada sino dejar varias cosas claras:

A. No existe un consenso en cuanto a qué son los judíos: raza, religión u otra cosa. Wikipedia, una buena guía de corrección política, los llama “un grupo etnorreligioso”.

B. Independientemente de eso, es innegable que existen –desde hace miles de años, además— como grupo con una identidad y una cultura definidas (por más ambiguas y controversiales que sean). En otras palabras, un judío tiene muy claro qué lo hace serlo y, en consecuencia, qué lo distingue del resto de las personas del mundo.

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2. La segunda pregunta clave nace de la primera. Siendo lo que son, ¿cuál debería ser el papel de los judíos en la sociedad?

Para adentrarnos en esta pregunta –complicadísima— es necesario aclarar una serie de cosas:

A. Si bien esta pregunta ha sido y puede ser formulada con respecto a cualquier grupo humano en cualquier tipo de sociedad, lo cierto es que ha tenido un valor histórico mayor en el contexto judío. La razón es que, por motivos que no vamos a discutir aquí, por buena parte de los últimos dos milenios los judíos han tenido que vivir como minorías en sociedades gobernadas por gentiles (no judíos), principalmente cristianos y musulmanes.

B. Dentro de las sociedades gentiles (o goyim, plural de goy, término hebreo a los que algunos expertos asignan un rol despectivo) en las que los judíos han vivido, la pregunta anterior ha tenido un rol significativamente más conflictivo y controversial en el caso cristiano.

En otras palabras, es importante entender que la llamada “cuestión judía” se ha dado casi exclusivamente en el contexto de minorías judías viviendo en sociedades cristianas, principalmente en Europa. Durante siglos, y especialmente en los tiempos más oscuros –léase ignorantes— de la Edad Media europea, el choque de identidades, tradiciones, costumbres, prejuicios –como la creencia cristiana de que los judíos mataron a Jesús de Nazaret— e incluso prácticas higiénicas –que resultaban en menor cantidad de muertes judías en épocas de epidemias o plagas— resultó en una especie de círculo vicioso que reforzaba identidades, prejuicios y discriminación.

La cuestión de la relación entre judíos y cristianos se mantuvo irresoluta por siglos, con regulares explosiones de violencia e intolerancia (como la expulsión de los judíos tras la reconquista española a finales del siglo XV). Pero el contexto relevante para nuestros días llegó un poco más tarde, a medida que la Ilustración y eventos como la Revolución Francesa y la Paz de Westfalia introdujeron y comenzaron a moldear las ideas de nación, estado, soberanía y autodeterminación. El choque de estas ideas con la identidad judía resultó en una intensificación del debate a todos los niveles. A medida que los habitantes de las tierras europeas iban definiéndose como franceses, alemanes o italianos, ¿donde quedaba la complejísima identidad trans-étnica y transnacional de los judíos?

Mientras en el corazón de millones de judíos se abría un profundo dilema, en la mente de las mayorías gentiles que los rodeaban, los prejuicios y los siglos de discriminación plantaban dudas sobre la lealtad de los judíos para con las nacientes (y crecientes) ideas nacionales. Estas dudas, naturalmente, salían a relucir con particular virulencia en tiempos de crisis, cuando facciones ultraconservadoras convertían a los judíos en chivos expiatorios. (Esto, hay que aclarar, sucedía también con otras minorías, pero en ningún caso con la vehemencia y animosidad que se mostraba contra los judíos). El ejemplo supremo, por supuesto, es el de la “culpabilidad” de los judíos por la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial (y su posterior humillación en el Tratado de Versalles), un proceso que terminó en el Holocausto nazi, el mayor crimen que jamás se ha cometido en la historia de la humanidad.

El debate, por supuesto, era en ambas direcciones. Para muchos historiadores, las sociedades europeas jamás le dieron realmente a los judíos la oportunidad de formar parte de sus mitos nacionales. Para otros, los judíos jamás hicieron un verdader esfuerzo por integrarse. Sea o no el caso, los cierto es que para finales del siglo XIX la idea de que los judíos eran una nación aparte estaba altamente articulada entre ciertos grupos intelectuales. Esta idea se conoce como sionismo: el nacionalismo judío.

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Sin lugar a dudas, el sionismo es el concepto más importante –y menos mencionado— de cuantos rodean al conflicto palestino-israelí. El porqué es simple: la idea de que los judíos son una nación acarrea la idea de que necesitan un Estado en el que vivir de manera segura, lo que a su vez implica que sean mayoría. Así, las palabras “Israel” y “Estado” se unen finalmente: el Estado de Israel es la encarnación de la idea sionista.

(Llegados a este punto, es importante aclarar que el sionismo es un invento reciente, mezcla de una identidad antiquísima y una idea política –la de nación— gentil y relativamente nueva. En el término “Estado de Israel”, en otras palabras, tiene tanto peso la primera palabra como la última.)

La idea de que los judíos son una nación y necesitan un Estado, sin embargo, no implica necesariamente que ese Estado esté ubicado en la tierra de Palestina. De hecho, la ubicación de un futuro Estado judío fue uno de los grandes temas de debate en las primeras décadas del movimiento sionista (mucho antes, vale la pena repetir, del Holocausto nazi): mientras que había una facción considerable que creía que, por motivos obvios, el Estado de Israel debía estar ubicado entre el Jordán y el Mediterráneo, lo cierto es que había quienes proponían toda clase de opciones. El motivo era sencillo: en la tierra de Palestina ya vivía gente. Se dice que, cuando a finales del siglo XIX se mandó a dos rabinos a evaluar la situación en la entonces Palestina otomana, la pareja regresó con una sentencia que pasó a la historia:

“La novia es hermosa, pero está casada con otro”.

2. Historia de una conquista

Eso nos lleva al segundo término: los palestinos. Mientras todo esto sucedía en Europa, el Imperio Otomano –que, centrado en Turquía, había dominado gran parte del Medio Oriente desde el siglo XVI— atravesaba un proceso de decadencia que culminaría con la desastrosa decisión de aliarse con Alemania y el Imperio Austrohúngaro en la Primera Guerra Mundial, lo que precipitó su colapso al término del conflicto en 1918.

Hasta el colapso del Imperio Otomano, la tierra de Palestina había formado parte una gran provincia –llamada Siria— que abarcaba lo que hoy es Siria, Líbano, Jordania e Israel. Al término de la Gran Guerra, los vencedores –Francia y Gran Bretaña— se repartieron el antiguo territorio otomano (mediante el infame acuerdo Sykes-Picot), y la tierra a ambos lados del río Jordán pasó a manos británicas.

El manejo europeo del colapso otomano en Oriente Medio ejemplificó la máxima geopolítica de que no hay nada más desastroso que el colapso de un imperio. Los británicos instalaron a una monarquía aliada procedente de la península arábiga –los hashemitas— en su territorio al oeste del Jordán. Con el tiempo, este tierra pasó a llamarse Transjordania y luego simplemente Jordania. Dado que Siria y Líbano habían pasado a manos francesas, y Egipto era una unidad completamente distinta, la tierra restante –entre el Mediterráneo y el río— pasó a llamarse el Mandato de Palestina.

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(La palabra “mandato”, por cierto, hace referencia a los arreglos políticos alcanzados tras la guerra. Debido a la fuerza que habían alcanzado las ideas de autodeterminación –impulsadas por el presidente estadounidense Woodrow Wilson—, las potencias europeas no pudieron incorporar los exterritorios otomanos a sus imperios sin más. En vez de eso, los convirtieron en “mandatos”, una especie de “Estados en preparación” que, luego de un periodo definido y supervisado por la potencia de turno –Gran Bretaña en el caso palestino, Francia en el caso sirio y así sucesivamente—, alcanzarían soberanía completa. Palestina era uno de esos entes políticos (tipo A, o sea los más preparados para la independencia), y documentos históricos demuestran que los británicos la veían como Estado independiente aproximadamente para 1950. A la postre, Palestina terminó siendo el único Mandato tipo A que no resultó en un Estado).

Fue en este contexto que comenzó a producirse la inmigración judía en masa a la tierra de Palestina (en Palestina, por cierto, nunca dejó de haber presencia judía). Algunos llegaban huyendo del antisemitismo europeo, y otros lo hacían como parte del proyecto sionista, pero todos entraban con el beneplácito de los británicos. Para 1925, por ejemplo, ya había unos 100 mil judíos viviendo entre 765 mil palestinos, un aumento dramático con respecto a las proporciones de mediados del siglo XIX (13 mil judíos y 327 mil palestinos para 1851).

Para muchos expertos, gran parte de la culpa de los que sucede hoy en la región recae sobre las potencias occidentales. Mientras que la promesa oficial era la de “preparar” a Palestina para convertirla en un estado soberano (noción cuyo imperialismo refleja a la perfección el zeitgeist post-1918), los británicos patrocinaron –por motivos que también son material de controversia— el éxodo de judíos al Mandato de Palestina. Algunos historiadores señalan la Declaración de Balfour de 1917 –una carta en la que Londres expresó la promesa de crear un hogar nacional judío en Palestina— como prueba de legitimidad para el Estado de Israel, pero otros aseguran que la intención británica –ni de nadie en la Liga de Naciones— jamás fue la de crear un Estado completo a partir del Mandato de Palestina.

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En todo caso, el ascenso de los nazis en Alemania se dio en el contexto de la ambivalencia británica hacia palestinos y judíos en el Mandato. La inmigración continuó, y para 1940 ya había 400 mil judíos viviendo entre un millón de palestinos (ayudados, hay que decirlo, porla negativa estadounidense a recibir inmigrantes judíos durante los años 30 y 40). La Segunda Guerra Mundial –y, dentro de ella, el Holocausto y la decadencia de Gran Bretaña como potencia imperial— terminó precipitando una situación que llevaba cocinándose por varias décadas. Si bien, como se mencionó, no todos los judíos que vivían en Palestina eran sionistas ni deseaban un Estado exclusivamente judío, lo cierto es que muchos sí lo eran. La magnitud y la velocidad de la inmigración judía –que ya contaba con una milicia paramilitar (la Haganah, a partir de la cual nacería el ejército israelí) y grupos terroristas— aumentaron las tensiones y los enfrentamientos y masacres de lado y lado. Para 1947, la insostenibilidad de la situación llevó a la recién formada ONU a presentar un plan de partición. En el plan, que partía la tierra en dos Estados, los judíos recibían una cantidad de territorio que no se correspondía ni con su población ni con el 6% de la tierra que poseían para entonces. Los palestinos lo rechazaron, y lo que siguió es conocido internacionalmente como la guerra [primero civil y luego árabe-israelí] de 1948. Para los israelíes, es la Guerra de Independencia. Para los palestinos, es la Nakba (desastre, catástrofe).

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Sobre la guerra de 1948 hay muchas cosas importantes que decir. La primera es que la narrativa aceptada –que Israel aceptó el plan de 1947 y que los palestinos y el resto de los árabes lo rechazaron, dando inicio al conflicto— no es completamente correcta. Algunos historiadores señalan que la aceptación israelí del plan no necesariamente implicaba una conformidad con las fronteras establecidas por la ONU. Para sustentar esa idea, se basan en declaraciones de padres fundadores de Israel como David Ben Gurión o Ze'ev Jabotinsky, que expresan claramente las intenciones expansionistas del movimiento sionista. “La aceptación sionista de la partición no es más que la satisfacción de que lo asignado por la ONU era mucho más de lo que les correspondía”, escribió el académico estadounidense Juan Cole. Otros historiadores han sugerido que hubo un entendimiento entre Jordania y el liderazgo sionista para que los primeros se quedaran con la Cisjordania y que, en general, los países árabes no pusieron mucho empeño en el esfuerzo bélico en general.

Sea como sea el caso, al término de la guerra el ejército israelí había conquistado el 78% de la tierra (mucho más de lo que el plan de la ONU les había otorgado). El 22% restante se dividía entre la Cisjordania –ocupada por los jordanos— y la franja de Gaza, ocupada por los egipcios. Aquí llegamos al punto crucial, el de la Nakba. La guerra de 1948 es crucial para entender el conflicto no tanto por su resultado bélico sino por la limpieza étnica realizada por el ejército israelí. Durante el conflicto, el ejército sionista expulsó de la tierra que se convertiría en Israel a más 700 mil palestinos, impidiéndoles el retorno al término del conflicto. Para 1948, entonces, el Estado sionista había nacido. Los judíos no solo controlaban la tierra, sino que además –y crucialmente— eran mayoría.

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En este punto hay tres cosas importantes que entender:

A. El expansionismo israelí: en sus anotaciones, por ejemplo, Ben-Gurión compara a Israel con Estados Unidos, que de 13 colonias en el Atlántico pasó a ser un gigante continental por medio de un proceso de limpieza étnica bien documentado (y aún controversial). Muchos críticos de Israel han señalado esta comparación como clave para entender el proyecto sionista, con los palestinos asumiendo el rol de los indígenas norteamericanos.

B. Las dinámicas intra-árabes: más allá del rol que hayan jugado Jordania, Egipto, Siria, Irak o Arabia Saudita en 1948 o en guerras subsecuentes, es muy común hablar del conflicto palestino-israelí y el árabe-israelí como si fueran lo mismo. Lo cierto es que no lo son. Sin ir más lejos, baste el ejemplo de Jordania, un país que, teniendo una mayoría de población palestina, está gobernado por una familia extranjera. La posibilidad de un Estado palestino, entonces, constituye una amenaza existencial para los hashemitas, a pesar de que motivos obvios la obliguen a apoyar retóricamente la causa palestina.

(Las dinámicas intra-árabes siguen siendo relevantes a día de hoy. Por ejemplo, la campaña regional anti-Hermandad Musulmana –patrocinada por Arabia Saudita— hace que Hamas –que es la versión palestina de la Hermandad— se encuentre en una posición significativamente inferior a la de 2012 y/o 2008, cuando la Hermandad egipcia ostentaba mucho más poder. En general, es importante entender que no existe ningún motivo por el que el resto de los países árabes o musulmanes deban apoyar la causa palestina o tomar tal o cual decisión al respecto. Cuando lo han hecho, además, ha sido más por intereses propios que por altruismo o solidaridad, como haría cualquier otro país. La desviación de la responsabilidad hacia ellos, o el enfoque en otras situaciones –guerra en Siria, por ejemplo— solo sirven para desviar la atención de lo verdaderamente importante.)

C. El tragedia palestina: la Nakba no es una catástrofe por el resultado de la guerra sino por la expulsión de los palestinos de sus hogares. Es crucial entender que la mayor parte de la población de Gaza y Cisjordania –y toda la población de los campos de refugiados por toda la región y el resto de la diáspora palestina— está conformada por gente que vivía en lo que hoy es Israel (y sus descendientes), muchos de los cuales aún conservan las llaves e incluso títulos de propiedad de lo que fueron sus casas. Por esto, la llave se ha transformado en un símbolo de la tragedia palestina y el llamado “derecho al retorno” es pieza fundamental de cualquier solución de dos Estados.

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3. Las guerras árabes-israelíes

Tras la guerra de 1948, la historia es un poco más conocida. La inmigración judía continuó e Israel, aprovechando los altos niveles de educación y cultura burguesa y democrática de sus nuevos pobladores, no demoró mucho en convertirse en un Estado con un alto desarrollo institucional (algo parecido a lo que pasó en Estados Unidos). Los palestinos, por su parte, se habían dado cuenta que no iban a poder volver a sus hogares y en 1964 formaron la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), con el objetivo de, en esencia, retroceder el tiempo al Mandato Británico.

Ampliando el enfoque, la guerra de 1948 fue el inicio de una aversión entre árabes e israelíes que carecía de precedentes. Si bien es cierto que gran parte de los países de Medio Oriente se quedaron sin judíos –los expulsaron y/o huyeron a Israel—, la larguísima tradición de coexistencia entre musulmanes y judíos –sustancialmente mejor, como hemos visto, que la de judíos y cristianos— sirve de base para asegurar que la actual enemistad entre unos y otros es producto de la política y no de ningún odio ancestral, como muchos quieren hacer ver. En general, podría decirse que la insistencia en conectar el antisemitismo con el islam/Medio Oriente es un esfuerzo –consciente o no— para hacer olvidar la fuerte y larga conexión entre antisemitismo y cristianismo/Europa.

(Dentro de esto, es importante mencionar que Irán –el país que los líderes políticos israelíes intentar vender como su enemigo número uno— cuenta con la mayor comunidad judía de Oriente Medio, con unos 30 mil miembros y representación parlamentaria.)

En ese contexto, los países árabes –cada uno por un motivo distinto— atacaron al Estado judío en 1967, pero la diferencia a todos los niveles entre Israel y las dictaduras árabes –en inteligencia, institucionalidad, capacidad militar y un largo etcétera— era ya tan grande que la guerra se resolvió en solo seis días. La victoria fue tan rotunda que Israel ocupó no solo Gaza y Cisjordania –controlando así el 100% de la Palestina histórica— sino también los Altos del Golán –una posición estratégica en el límite con Siria— y la península del Sinaí al completo. La ONU, a su vez, condenó la ocupación israelí de dichos territorios, una posición que se mantiene hasta el día de hoy. Fue en la guerra de 1967, por cierto, que nació la alianza entre Israel y Estados Unidos.

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Tras el conflicto de los Seis Días, los países árabes –muchos de ellos gobernados por dictadores seculares, nacionalistas y anticolonialistas— se enroscaron en su aversión al Estado judío, proclamando famosamente en Khartoum (Sudán) los tres 'no': no a la paz, no al reconocimiento y no a las negociaciones. Seis años después, en una operación mejor planeada –y ante varios fallos de la inteligencia israelí—, los árabes obtuvieron algo de reivindicación. Atacaron a Israel en pleno Yom Kippur –una de las fechas más importantes del calendario judío— y lograron importantes avances. Israel tardó en reaccionar, y cuando lo hizo volvió a imponerse (aunque los árabes también lo consideran un triunfo). Sea quien sea el ganador, la guerra de 1973 demostró a unos y a otros que no se podía seguir con esta dinámica. El tratado de paz entre Egipto e Israel a finales de la década es consecuencia directa de ello.

Eliminada la amenaza egipcia –la más importante—, Israel siguió dedicándose a consolidarse como Estado judío. Si bien tuvo que ceder el Sinaí –con una evacuación de colonos que fue dramática y dolorosa—, había ganado la neutralización de la amenaza árabe. Y a medida que el statu quo se enraizaba, la OLP comenzaba a convertirse en un problema para los países que la albergaban. En 1971 fue expulsada de Jordania –que, como se mencionó, tiene su relación amor-odio con los palestinos— y se estableció en el Líbano hasta 1982. Tras la intervención israelí allí, se mudó a Túnez. Durante todo ese tiempo, la OLP estuvo en guerra con el Estado de Israel, con todo lo que eso significa.

La ocupación israelí de Gaza y Cisjordania –conocidos como “los territorios palestinos”— pasó por varias etapas, pero basta decir que terminó derivando en hostilidad, discriminación y resistencia local. Además del desgaste –físico, psicológico y moral— del día a día, Israel continuó colonizando la tierra palestina. Según la ley internacional, hay que recordar:

A. Israel no tenía (ni tiene) ningún derecho a construir asentamientos ni transferir su población a los territorios ocupados.

B. Israel tiene la responsabilidad legal de cuidar el bienestar de la población ocupada.

C. Y por si eso fuera poco, las poblaciones ocupadas tienen derecho a resistir –aunque no se especifica cómo— al poder ocupante y éste, legalmente, no tiene derecho a reprimir esa resistencia.

Huelga decir que nada de esto se cumplió, y para finales de 1987 la situación ya era insostenible. Ese diciembre explotó la Primera Intifada (levantamiento popular palestino), dando inicio a la historia moderna del conflicto palestino-israelí.

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4. El marco de Oslo y la solución de dos Estados

La Primera Intifada, que duró hasta 1993, es importante porque establece el marco con el que todavía se entiende el conflicto. Israel entró en un proceso de negociación –llamado el “proceso de Oslo”— que involucraba:

A. El reconocimiento de la OLP como representante legítimo del pueblo palestino.

B. Su vuelta del exilio, y

C. Su evolución hacia una Autoridad provisional –la Autoridad Palestina— que sería el embrión de un futuro Estado palestino.

La OLP, por su parte, renunció a la violencia y aceptó formalmente los resultados de la guerra de 1948. Esto es sumamente importante: en 1988, el liderazgo palestino renunció a su reclamo de la Palestina histórica a cambio de la formación de un Estado soberano en el 22% del territorio donde su pueblo vivió por siglos, si no milenios.

El Estado palestino, entonces, estaría basado en las fronteras pre-1967 (o post-1948), con cambios menores –y directamente proporcionales— que fueran requeridos por logística –para conectar Cisjordania y Gaza, por ejemplo— o por cuestiones cartográficas/demográficas (Israel seguía colonizando los territorios palestinos). Además, Israel accedía a negociar por el derecho al retorno de los cientos de miles de palestinos que vivían –y viven— en los territorios, en los campos de refugiados y desperdigados por todo el mundo.

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Un simple vistazo a la realidad de la región evidencia que lo que comenzó con grandes esperanzas ha terminado siendo un desastre. Por el lado israelí, el gobierno nunca dejó de colonizar el territorio palestino ni de oprimir a sus pobladores. Por el lado estadounidense –que ha ejercido de mediador hasta hoy—, sus mejores y más honestos esfuerzos (que los ha habido) han fracasado principalmente por la enorme y desproporcionada influencia del lobby israelí (o, más precisamente, pro-sionista) en Washington.

(Aquí vale la pena abrir un inciso: si bien Washington se ha hecho pasar por mediador neutral en las últimas décadas, lo cierto es que regala miles de millones de dólares anuales en armas a Israel –más de 121 mil millones y contando—, rara vez suele oponerse a las políticas israelíes en los territorios y, significativamente, sus equipos de "mediadores" para el conflicto han sido comparados, en palabras de un reciente artículo, con "la lista de invitados de un Bar Mitzvah". En estas circunstancias, es imposible afirmar, bajo ningún criterio objetivo, que los estadounidenses han sido mediadores imparciales desde el inicio del proceso).

Sigamos. Finalmente, por el lado palestino, la frustración, impotencia e inseguridad de sus líderes ha desembocado en errores estratégicos y divisiones internas. En este sentido, la irrupción de Hamas –la rama palestina de la Hermandad Musulmana egipcia— como una fuerza político-militar complicó enormemente el panorama. Es vox populi que Israel jugó un rol sustancial en la creación de Hamas como contraparte islamista –e insurgente— de la secular Autoridad Palestina, y los resultados no se hicieron esperar. De Hamas hay dos cosas importantes que saber:

A. Como grupo fundamentalista, rechaza las fronteras de 1948 y aspira a toda la tierra, lo que conceptualmente representa una amenaza existencial para Israel. Aunque varios líderes de Hamas han expresado en repetidas ocasiones su aceptación de las fronteras pre-1967, lo cierto es que el estigma de su carta de fundación –donde aparecen sus objetivos extremistas— sigue pesando en la concepción que se tiene de ellos.

B. Como grupo insurgente, utiliza tácticas terroristas (entre otras muchas), que han ido desde coches bomba hasta los actuales cohetes, pasando por ataques suicidas.

Estas dos condiciones han creado una dinámica que podría ser resumida así: de manera oficial, Israel está en guerra con Hamas; no los reconoce ni negocia con ellos. Esto, por supuesto, le proporciona a Israel una excelente excusa para paralizar el proceso de paz e ir tomando medidas que, en nombre de la seguridad, intensifiquen su ocupación de los territorios palestinos. El enorme muro que hoy separa a Israel de Cisjordania es quizá el mejor ejemplo.

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Esta dinámica se ve agravada por dos factores simétricos: a la hora de la verdad, Israel siempre negocia con Hamas –desde treguas a intercambios de prisioneros y otros asuntos— y, de paso, constantemente ridiculiza y humilla a la Autoridad Palestina. De hecho, la historia muestra claramente cómo Hamas e Israel han sabido entenderse mucho mejor que Israel y la Autoridad Palestina. En consecuencia, muchos palestinos fueron abandonando a la Autoridad Palestina en detrimento de Hamas, que si bien esgrime una ideología que no necesariamente es popular entre los palestinos, ha demostrado que puede enfrentarse a Israel y presentar resultados.

Y así llegamos al presente. En 2005 –y tras la Segunda Intifada, que comenzó en 2000—, Israel tomó la (altamente controversial) decisión de retirarse unilateralmente de la franja de Gaza, desalojando a unos 8 mil 500 colonos y volviendo a recrear las imágenes del desalojo del Sinaí en la psiquis israelí. Al año siguiente, los palestinos celebraron elecciones –patrocinadas por la “comunidad internacional”— en las que resultó vencedor Hamas. Ejemplificando la dinámica descrita, Israel no reconoció los resultados –al igual que Estados Unidos y la “comunidad internacional”— y, tras la consecuente lucha intra-palestina, y la victoria militar de Hamas en Gaza, impuso un bloqueo a la franja que, además de ser ilegal y atroz bajo cualquier estándar, continúa hasta hoy y ha sido el contexto inmediato de la guerra entre Hamas e Israel –con la Autoridad Palestina haciendo poco menos que de observador—, un conflicto de baja intensidad que ha alternado periodos de paz –en los que el bloqueo mejora mínimamente— con explosiones de violencia (en 2008, 2012 y ahora).

(Desde un punto de vista legal, vale la pena aclarar, Israel todavía está ocupando la franja de Gaza, y por ende se aplican todas las condiciones mencionadas anteriormente.)

La situación actual, por supuesto, es casi en su totalidad producto del fracaso del proceso de paz de Oslo. Pero mientras que la mayor parte del debate suele centrarse en la evolución de la resistencia palestina desde la Primera Intifada –el ascenso de Hamas, la impotencia de la Autoridad Palestina, la subsecuente lucha de poder y la reciente reconciliación—, poco se habla de lo que ha sucedido en la sociedad israelí. Para resumirlo, podríamos decir lo siguiente: desde su nacimiento como Estado, Israel estuvo dividido entre quienes lo veían simplemente como un refugio para los judíos y quienes lo veían como la realización de un proyecto que debía llevarse a sus máximas consecuencias.

Esta distinción –entre sionistas hardcore y light— es crucial porque, mientras que los miembros del primer grupo aceptarían negociar toda clase de cosas, los segundos tienen muy claro que Israel debe seguir expandiéndose territorialmente y que debe ir eliminando a la población palestina tanto en los territorios ocupados –principalmente Cisjordania, llamada “Judea y Samaria”— como dentro del país (los árabes-israelíes constituyen el 20% de la población de Israel, y suelen ser objeto de discriminación a todos los niveles). Todo esto sucede, además, en el contexto de que existe una gran cantidad judíos –israelíes o no— que no son sionistas e incluso se oponen al sionismo por distintos motivos. (De la misma manera, existen sionistas que no son judíos.)

En cierta manera, entonces, podríamos decir que la batalla a lo interno de Israel es entre estas dos facciones. Y si bien la historia del conflicto deja evidencias de que la primera facción libró y ganó batallas, las señales son cada más inequívocas que la segunda facción –la hardcore— ha terminado imponiéndose. Basta ver la composición del gabinete y la Knesset (parlamento israelí) –llamada “la más racista de la historia del país” en un reporte reciente—, las tendencias políticas y electorales del país, el creciente clima de intolerancia y discriminación y, sobre todo, la realidad sobre el terreno en los territorios palestinos para darse cuenta de que en Israel ya muy pocas personas –especialmente políticos— quieren la paz (al menos en su versión de Oslo).

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Esa última aclaración es particularmente importante. Sería un error decir que los sionistas no quieren la paz. La diferencia es que su versión de paz es completamente contraria al consenso internacional, e inaceptable no solo para los palestinos sino para cualquier ser humano con un mínimo de dignidad. Netanyahu y compañía, en esencia, proponen un Estado palestino sin soberanía, lo que en términos prácticos es una contradicción (como sabemos en Panamá). Mientras ese objetivo no sea posible, como ya señalé, el establishment israelí se encuentra muy cómodo con el statu quo.

Pero no todo está perdido. Aunque parecen ser cada vez menos las voces que se alzan en protesta, tanto a lo interno como a nivel internacional, lo cierto es que ha habido personas importantísimas que han advertido de la insostenibilidad del actual rumbo israelí. Particularmente significativas fueron las entrevistas dadas por seis de los exjefes del Shin Bet –servicio de inteligencia interna israelí, encargado de lidiar con los territorios— al cineasta israelí Dror Moreh (para su documental The Gatekeepers), en las que todos plantean la necesidad de negociar con Hamas y el peligro que corre Israel de continuar con el statu quode manera indefinida.

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5. Buscando alternativas

Los palestinos, por su parte, están en una situación delicada pero no terminal. En cierta manera, la historia de la resistencia palestina es la historia de un liderazgo absolutamente decepcionante, y la famosa frase del canciller israelí Abba Eban –"los palestinos nunca pierden la oportunidad de perder una oportunidad"— tiene más de cierto de lo que parece. Tanto Hamas como la Autoridad Palestina le han fallado a su gente, cada uno a su manera pero ambos sacrificando su bienestar y aspiraciones por sus propios intereses. Y, sobre todo, haciéndole el juego –conscientemente o no— a las facciones israelíes que nunca han querido llegar a un acuerdo de paz.

Si bien es cierto que ambos liderazgos son culpables, sería un error olvidar que hay una parte que lo tiene todo y otra que no tiene nada. El desastroso liderazgo palestino, en otras palabras, no borra la ilegalidad de las acciones israelíes. A propósito de esto, es importante entender que el “proceso de paz”, Oslo y la solución de dos Estados son simplemente el marco de trabajo que ambas partes han acordado para resolver el conflicto. Pero nada está escrito en piedra, y a medida que Oslo agoniza comienzan a revivir los enfoques alternativos, principalmente la llamada “solución de un Estado”.

El razonamiento es simple: si bien dos décadas de “proceso de paz” han creado estructuras de todo tipo difíciles de derrumbar –principalmente la Autoridad Palestina, Hamas, y todo el dinero y poder que acarrean—, lo cierto es que la oferta de 1988, como toda oferta, puede ser retirada. La lucha palestina, me dijo el Dr. Bashir Bashir en Jerusalén (en una tarde que nunca olvidaré), “no es por un Estado, sino por derechos”.

Las palabras de Bashir son tan simples como poderosas. Desde 1988, el mundo se ha empecinado en creer que los palestinos necesitan un Estado cuando, en realidad, lo que les falta son derechos. Las consecuencias de esa idea son dramáticas: la disolución de la resistencia, el abandono de la violencia y la exigencia de ciudadanía e igualdad de derechos en toda la tierra entre el mar y el río.

La solución de un Estado es fácil y difícil. Fácil, porque su introducción al debate está enteramente en manos de los palestinos. Sería, para todos los propósitos, una “Sudafricanización” del conflicto, y existen fuertes indicios de que el mundo reaccionaría de manera similar.

Pero también es difícil. Difícil porque su simple mención representa un ataque existencial al proyecto sionista. Es importante entender esto: la solución de un Estado binacional no es un ataque contra los judíos sino contra el proyecto sionista. Representa un ataque devastador precisamente porque expone las incongruencias y contradicciones del sionismo con respecto a las ideas (de igualdad total y absoluta) sobre las que se basan el resto de países del mundo, especialmente las democracias. En pocas palabras, la solución de un Estado expondría la contradicción de una sociedad que es a la vez democrática y exclusiva para un grupo humano en particular, dos conceptos que muchas personas consideran incompatibles.

Lastimosamente, ese ataque podría tener consecuencias absolutamente imprevisibles. Existe un porcentaje considerable de israelíes –no me atrevo a decir mayoría— que no aceptarían vivir en un país que no fuera exclusivamente para judíos (o que emigrarían si se implementara una solución binacional), y no es descabellado pensar que se opondrían a la solución binacional de manera armada. En cierta manera, lo mismo podría decirse del lado palestino. Por eso, la solución de un Estado es aún una especie de tabú, y ni siquiera se acepta su discusión a nivel diplomático (aunque sí ha sido considerado y largamente discutido a nivel académico).

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El debate entre la solución de uno o dos Estados, entonces, también sigue sin resolverse. Para algunos, incluso –como me dijo la periodista Amira Hass— es un debate contraproducente pues desvía la atención del problema inmediato (y tangible), que es la ocupación ilegal de unos territorios que nunca nadie ha reconocido como territorio israelí.

Termino con una maravillosa reflexión que le escuché al Profesor Arye Katzovich también en Jerusalén, y que considero la mejor manera de resumir la situación. Israel, dijo, tiene un dilema. Tiene tres cosas preciadas y solo puede quedarse con dos. Las tres cosas son:

A. Ser un Estado judío.

B. Ser un Estado democrático.

C. Los territorios palestinos.

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La decisión es díficil:

A. Si decide ser judío y democrático, tendría que soltar los territorios. Esta es la clásica formulación de dos Estados.

B. Si decide ser judío y quedarse con los territorios, no puede ser democrático. Este es el statu quo.

C. Si decide ser democrático y quedarse con los territorios, no puede ser (exclusivamente) judío. Esta es la solución de un Estado binacional.

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Sea lo que sea que decida Israel –por ahora la opción 2—, es sumamente importante entender que la decisión es suya, independientemente de lo que hagan los palestinos. Ninguna amenaza de seguridad, palestina o no, puede servir de justificación para prolongar la ocupación y colonización de Cisjordania, el estrangulamiento socioeconómico de Gaza, ni la demora por un segundo más del derecho de retorno de los palestinos a sus hogares.

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