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31 jul ¡¿Y dónde está la ONU?!

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Tras escribir más de 6 mil palabras para mi guía básica del conflicto entre Israel y los palestinos, es hora de que este blog recupere el espíritu con el que fue concebido. Eso quiere decir, básicamente, que los posts serán más cortos, espontáneos, heterogéneos y –sí, me pongo la curita antes que la herida— de menos rigurosidad académica. Espero, en todo caso, que esa pérdida no se refleje en el dinamismo de los debates en esta página o las redes sociales.

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Se mire por donde se mire, es difícil negar que el mundo se ha vuelto más peligroso en los últimos meses. En Ucrania, la pseudo Guerra Fría entre Rusia y Estados Unidos –ayudado por sus cheerleaders europeos— continua saliéndose de control en medio de un laberinto de propaganda –de ambos lados— imposible de descifrar. En Oriente Medio y el norte de África, Libia sigue siendo tierra de nadie; Egipto ha vuelto a los días de Mubarak; Israel se defiende de los cohetes de Hamas matando civiles de manera desproporcionada, destruyendo la infraestructura civil de Gaza y creando una crisis humanitaria de proporciones bíblicas (nunca mejor dicho); Siria se ahoga en una orgía de violencia fraternal; Irak se desintegra mientras uno de los grupos más extremistas de la historia destruye su herencia cultural e histórica. Un poco más allá, Afganistán y Pakistán siguen trabados en un conflicto que podría extenderse por toda Asia Central tras la retirada estadounidense mientras la lluvia mortal de los drones continúa cayendo sobre civiles, militantes y quien se ponga enfrente. Y si eso parece demasiado, mejor no hablar de la Guerra contra las Drogas, la violencia en Centroamérica, la crisis migratoria en la frontera estadounidense, el cólera en Haití, el ébola en África occidental, Boko Haram en Nigeria y aledaños, la República Centroafricana y su descenso a la barbarie, el este del Congo, Somalia, Myanmar y Tailandia. Visto en conjunto, el panorama que aparece es el de un mundo conquistado por fuerzas primarias, en el que la anarquía avanza a paso firme.

Ante todos estos sucesos –pero principalmente Siria, Gaza y Ucrania— es cada vez más la gente que pregunta, de manera casi instintiva, ¡¿y dónde está la ONU?! Para muchas personas, la organización multilateral más grande del mundo debería estar haciendo algo importante en todas estas crisis. ¿No es para eso que existe, después de todo?

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La respuesta es complicada. De hecho, es imposible que exista algo simple en un monstruo que maneja 5 mil 500 millones de dólares anualmente (2014/2015) y que emplea a más de 63 mil personas en 106 agencias a nivel mundial. Los debates que giran alrededor de la ONU dan para llenar una biblioteca y, como mencioné arriba, mi intención no escribir otro post enciclopédico. Tampoco lo es criticar a la ONU –aunque algo de eso habrá al final— ni menospreciar el trabajo de miles de personas que le dedican lo mejor de sí mismas a esta mega-organización que, como mínimo, ya ha superado en todos los aspectos posibles –y con creces— a su predecesora, la Liga de Naciones. Sin embargo, la ocasión es perfecta para hacer –y compartir— una serie de reflexiones que quizá ayuden a comprender mejor a la ONU y su lugar en el mundo.

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1. Lo primero que salta a la vista cada vez que alguien cuestiona a la ONU por su rol en tal o cual crisis o conflicto es lo bien escondida que está la característica más importante de nuestro mundo, que es la anarquía.

¿Qué quiere decir exactamente ésto? Por encima de cualquier otra cosa, lo que define a un gobierno es la posesión del monopolio de la violencia en un espacio geográfico determinado. Ese monopolio, que se conoce como “soberanía”, funciona a nivel interno (a través de una policía que hace cumplir la ley) y externo (a través de un ejército que defienda al país). Dado que no existe (ni ha existido) un ente que tenga dicho monopolio a nivel global –aunque Estados Unidos ha hecho el mejor intento de la historia—, podemos concluir que no existe un gobierno mundial y que, por tanto, el sistema internacional es anárquico. La anarquía es la característica definitiva de las relaciones entre Estados, y lo ha sido desde que el mundo es mundo.

¿Entonces qué es la ONU?, preguntarán muchos. Sabiendo lo anterior, la respuesta se vuelve un poco más sencilla. La ONU es quizá la parte más importante –y desarrollada— del esfuerzo global por disminuir la anarquía en la que se desarrollan las interacciones entre Estados. En su versión moderna, ese esfuerzo fue iniciado tras la Segunda Guerra Mundial y ha visto avances extraordinarios en materia legal –la llamada “ley internacional”— y comercial, entre otras, pero sigue aún lejísimos de encontrar algún tipo de compatibilidad con el principio básico de soberanía nacional.

Precisamente por carecer de monopolio de la violencia –ni nada que se le acerque—, la ONU tiene una pobre capacidad para hacer cumplir la ley ( enforcement, en inglés), por lo que la participación de los países en sus marcos legales es puramente voluntaria, al igual que el cumplimiento de sus sentencias. La ONU, en pocas palabras, no puede obligar a nadie a hacer nada. Esto puede ser ilustrado con un par de ejemplos:

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A. El presidente sudanés, Omar al Bashir, tiene una orden de arresto por parte de la Corte Penal Internacional (por genocidio y no sé cuántas cosas más). Dado que la CPI no tiene policía, debe confiar en que Bashir sea arrestado por la fuerza pública de algún país, y que ésta lo extradite subsecuentemente a La Haya, sede de la Corte. El primer candidato sería Sudán, naturalmente, pero no es miembro de la CPI (la Corte, de hecho, no puede investigar casos en países no miembros, el caso sudanés le fue referido por el Consejo de Seguridad de la ONU). Eso quiere decir que solo los países miembros –122, entre los que no figuran EU, China, Rusia e India— estarían “obligados” a arrestar al sudanés. Bashir, sin embargo, ha visitado varios de estos Estados sin mayores problemas.

B. En noviembre de 2012, la Corte Internacional de Justicia emitió un fallo sobre un litigio que mantenían Nicaragua y Colombia por su delimitación marítima en el mar Caribe. Insatisfecha por el fallo, Colombia retiró su membresía de la Corte (hecha efectiva, irónicamente, mediante el llamado Pacto de Bogotá) pocos días después. El fallo es obligatorio, pero no existe –por ahora— nadie dispuesto a hacerlo cumplir.

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2. Hechas las explicaciones, llegamos a la parte más fascinante del tema. Quizá la reflexión más importante sea sobre el concepto mismo de anarquía y su percepción popular. Para cualquiera familiarizado con las ideologías políticas, la palabra “anarquía” suele acarrear su significado técnico, que es el de ausencia de gobierno. Sin embargo, es mucho más común encontrarla –a todos los niveles— como sinónimo de caos y destrucción. Para muchos historiadores, esta conexión es producto del enorme esfuerzo realizado en EU contra el movimiento anarquista, que hace aproximadamente un siglo era una fuerza formidable a nivel político. Algo parecido sucedió más adelante con los términos “comunista” e incluso “socialista”, aunque la aceptación de este último término en Europa ha compensado su demonización en EU.

Más allá de los motivos, lo cierto es que la palabra anarquía sigue produciendo más inquietud que tranquilidad. Quizá por eso la explicación del punto anterior requiere de tanto espacio. En todo caso, el entendimiento de que vivimos en un mundo eminentemente anárquico es fundamental no solo para darle contexto a la ONU sino para replantearnos el concepto mismo de anarquía, sacarlo de las garras del caos, y retornarlo al lugar que nunca debió abandonar. La ONU, de hecho, es la viva prueba de que anarquía, organización y cooperación pueden ir de la mano.

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3. Como se mencionó, lo contrario de anarquía internacional –el statu quo— sería un gobierno mundial. Lo curioso, sin embargo, es que esta idea causa tanto o más pánico que la de un mundo en desorden.

¿Por qué? Porque de la misma manera que la palabra 'anarquía' se asocia con caos, el concepto de gobierno mundial se asocia con tiranía. Para examinar esta asociación, es necesario considerar lo más parecido que ha habido a gobiernos mundiales en la historia, que son los imperios. En nuestros tiempos postcoloniales, la palabra “imperialismo” es casi sinónimo de tiranía. Pero, ¿es realmente así?

La realidad es que no necesariamente. Por su propia naturaleza, los imperios imponen a la fuerza un orden –legal, social, económico, militar y demás— que beneficia a un grupo humano en particular. Ese orden, por ende, supone una amenaza –a veces existencial— a la singularidad de los pueblos conquistados. Eso es innegable, pero no es el panorama completo. Lo cierto es que los imperios, al imponer estándares de toda clase (y monopolizar la violencia), homogenizan extensiones geográficas enormes, acelerando la interacción humana en todos los sentidos. El idioma español, al igual que todas las demás lenguas romances, es un producto directo del imperio romano. Lo mismo se podría decir del cristianismo, que no solo fue extendido territorialmente por los romanos sino que llegó a Roma gracias a la extensión anterior del griego –la lengua del Evangelio de San Lucas— por las conquistas de Alejandro Magno. Ese mismo cristianismo llegó a Latinoamérica –al igual que el idioma castellano— de la mano de otro imperio, el español, y a África a través de otros imperios europeos. Lo mismo sucedió con el Islam, cuya extensión global es producto de varias expansiones imperiales. El más grande de todos esos imperios, el británico, nos dejó el inglés como lingua franca global, el fútbol como pasatiempo planetario e incluso permitió la existencia de la India, el país más complejo del mundo, como un solo ente político. El heredero del imperio británico, Estados Unidos, ha impuesto una arquitectura comercial, diplomática y geopolítica que, si bien ha tenido problemas, ha prevenido la irrupción de otra Guerra Mundial por casi 70 años, amén de un imperialismo cultural tan extendido que casi no lo notamos. Precisamente por la estabilidad que traen, las eras imperiales suelen identificarse con la paz. Existió la Pax Romana, la Pax Ottomana y la Pax Britannica. Hoy, no hay porqué negarlo, vivimos bajo la Pax Americana.

Pero volvamos a la ONU. Al quejarnos de su parálisis, nos quejamos también de su estructura de toma de decisiones, que está diseñada precisamente para que ninguna potencia imponga su voluntad. Esto plantea una contradicción preciosa: si bien la organización existe para disminuir la anarquía, su estructura está diseñada para evitar el imperialismo. La ONU, por ende, debe moverse en un limbo que por naturaleza es indefinido, incómodo y, en ocasiones, frustrante. Por eso es fascinante escuchar tantas denuncias por su falta de acción. Quizá, en el fondo, estamos mucho más preparados para un gobierno mundial de lo que pensamos.

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4. Todo esto nos lleva a un punto muy sencillo. Además de todo lo mencionado, la ONU no es más que una expresión del orden establecido tras la Segunda Guerra Mundial. A pesar de su infinidad de agencias y su Asamblea General, esta realidad está fielmente representado en su organismo más importante –y, en cierta manera, el único que importa—, el Consejo de Seguridad. Sus miembros permanentes –Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Rusia y China— son los cinco vencedores de la última gran conflagración. Lo demás países –sin importar absolutamente nada— deben conformarse con ser miembros temporales y sin derecho a veto.

Este último punto tiene consecuencias dramáticas. La ONU, es verdad, está hecha para reducir con la anarquía sin sustuirla por un gobierno mundial. Sin embargo, eso no necesariamente quiere decir que sus estructuras tengan que estar obsoletas. Lastimosamente, la prueba más fehaciente de que la ley de la selva reina sobre la cooperación es que el Consejo de Seguridad de la ONU tiene cada vez menos relación con la realidad mundial. Esto, por supuesto, no ha pasado desapercibido. La necesidad de reformar la ONU –sobre todo el Consejo de Seguridad— es expresada de manera unánime.

El tema, claro está, es cómo reformarlo. Gigantes económicos como Alemania o Japón deberían estar, pero su inclusión agravaría problemas ya existentes: la sobrerrepresentación europea en el primer caso y de Asia Oriental, en el segundo (además de no hacerle ninguna gracia a China). Gigantes demográficos como India, Brasil, Nigeria o Indonesia también aspiran a un puesto permanente, pero una mezcla de intrigas regionales, a lo interno del Consejo y de otras índoles han paralizado sus intentos. En el fondo, la lógica es la misma –nadie quiere ceder por las buenas el poder que ya tiene— y el resultado es claro: en casi 70 años de existencia, el Consejo de Seguridad ha permanecido intacto (con la “excepción” del caso chino en 1971). En ese sentido, la cosa no pinta bien para la ONU. La autoridad de ese tipo de organismos, al fin y al cabo, reside en su representatividad de la realidad del mundo. De continuar así, no es difícil prever una pérdida de relevancia que desemboque en su eventual desintegración, al estilo de lo sucedido con su predecesora.

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Finalmente, es importante entender que detrás de todos esto existe una enorme complejidad, además del trabajo durísimo de miles y miles de personas. Es importantísimo, también, entender que una ONU trabajando ineficientemente es mejor que nada. Como me dijo una vez el exfiscal de la CPI Luis Moreno Ocampo, uno aprende a valorar la ley internacional cuando considera que hace apenas un siglo la paz era “el tiempo entre guerra y guerra” y el mundo era una jungla en la que nada impedía que el más fuerte se comiera al más débil. En muchísimas maneras eso no ha cambiado –ahí está Gaza—, pero la simple existencia de la ley internacional juega un rol enorme en la opinión mundial. Por eso, es crucial apoyar los esfuerzos encaminados a la formación de una conciencia internacional.

Dicho eso, creo que la ONU tiene gran parte de la culpa en su actual crisis de legitimidad. El simple hecho de tener que aclarar en un blog como este los conceptos de anarquía, gobierno mundial y demás denota un pobrísimo esfuerzo de su parte para explicar qué es exactamente la Organización de las Naciones Unidas. En otras palabras, la ONU ha contribuido, conscientemente o no, a que el mundo la vea como un gobierno mundial. Y eso, en mi opinión, le ha traído más problemas que beneficios. Explicarle al mundo su razón de ser, su naturaleza y sus límites sería un buen primer paso para que la gente dejara de preguntarse “¡¿y dónde está la ONU?!” cada vez que la anarquía internacional enseña los dientes.

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