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08 ago Reflexiones sobre un mundo que se sale de control

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EN 1878, Otto von Bismarck le advirtió a la élite europea y otomana reunida en el Congreso de Berlín que si alguna vez había otra guerra en Europa, sería el “resultado de alguna maldita estupidez en los Balcanes”. El enorme estadista alemán –que murió en 1898— no viviría para ver la realización de su profecía en 1914, cuando el asesinato en Sarajevo del heredero al trono austrohúngaro Franz Ferdinand (y su esposa) desató una serie de decisiones que culminaron en la Primera Guerra Mundial.

Un siglo después de la llamada “Gran Guerra” —esperen pronto uno o dos Periscopios sobre ella—, la frase de Bismarck podría ser aplicada con respecto al Gran Medio Oriente (o MONA – Medio Oriente y Norte de África), la región que va desde Marruecos, en el Magreb, hasta Pakistán, en el corazón de la masa euroasiática. Si vuelve a haber un gran conflicto, es altamente probable que comience por alguna “maldita estupidez” en esas latitudes.

En muchísimos sentidos, el MONA es una bofetada en la cara a la noción de que la humanidad avanza constantemente hacia una (co)existencia más civilizada, libre y pacífica. Al igual que la Gran Guerra destruyó estas nociones hace un siglo –al someter a las naciones más civilizadas del mundo, en pleno auge de su dominio global, a un conflicto tan brutal como inútil—, una mirada a lo que sucede en esa región no solo deja claro que los peores fantasmas del pasado están constantemente acechando, esperando ser revividos en cualquier momento, sino que las consecuencias de las crisis que hoy se viven allí podrían envolver al mundo entero y afectarnos a todos.

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Quizá la situación más dramática es la que se vive en Irak y Siria con el llamado Estado Islámico. Revivida por la guerra en Siria y espoleada por el descontento suní en Irak, la organización fundada a comienzos de la década pasada por el matón jordano Abu Musab al-Zarqawi –que falleció en 2006, aunque su legado de extrema intolerancia, intransigencia y brutalidad sigue perturbadoramente presente— ha llevado el yihadismo militante a niveles jamás vistos. El EI no solo ha sido capaz de conquistar –y controlar— un creciente territorio internacional que ya supera en tamaño al Reino Unido y que alberga más de seis millones de almas, sino que ha avanzado considerablemente en la ardua tarea de gobernar. Sus reglas, por supuesto, parecen sacadas directamente de la Edad Media –quizá la comparación sea injusta con el medioevo—, y lo que está sucediendo en estos momentos con minorías como los yazidíes –atrapados en una montaña y en riesgo de morir de sed (!)— o los cristianos habla de un barbarismo y una crueldad que raya en lo surrealista.

Con el EI se pueden hacer tres análisis distintos. El primero sería desde el ángulo yihadista. El EI, después de todo, se ha constituido como un 'califato' y, como tal, exige la lealtad de todos los musulmanes. Sus impresionantes victorias militares han instaurado en sus líderes la idea de que su existencia es favorecida por Alá, al igual que sus increíblemente brutales métodos. En este sentido, el EI ha sobrepasado cualquier cosa hecha por Al Qaeda (AQ), una organización fundada por un niño rico saudí que siempre existió bajo el albergue de un Estado –Sudán y el Afganistán Talibán— y que, por ende, jamás ejerció soberanía sobre territorio alguno.

Más allá de eso, la realidad es que entre el EI y AQ existen muy pocas cosas en común. Mientras que la organización fundada por Osama bin Laden siempre mostró una gran sofisticación intelectual –con visiones ideológicas, estratégicas y logísticas altamente articuladas—, el EI puede ser descrito como poco más que un ejército de asesinos, con una capacidad militar sobresaliente pero con un pobrísimo poso intelectual y estratégico a largo plazo.

De esta comparación se desprenden dos conclusiones: la primera, que el EI –a pesar de ser más fuerte de lo que AQ jamás fue— no representa una amenaza terorrista a nivel global. Por más territorio que conquiste en Mesopotamia y Siria, carece de los niveles de sofisticación y entrenamiento para planear y ejecutar ataques de enorme complejidad como los realizados por AQ a comienzos de la década pasada.

El que no represente una amenaza para Occidente, sin embargo, no quiere decir que no lo sea para la región. Esto es particularmente cierto en Irak, donde la mayor parte de la élite política y la población chiíta parece aún no haber comprendido que casi la mitad del país está en manos de la organización más extremista de las últimas décadas. En el fondo, describe Patrick Cockburn en un magnífico artículo en el London Review of Books, las élites iraquíes parecen convencidas de que la amenaza yihadista puede ser eliminada con un cambio de gobierno que satisfaga a los líderes sunitas que apoyan al EI –aún siguen peleando al respecto— o, en última instancia, con una intervención iraní –para proteger a la población chiíta, absoluta mayoría a partir de Baghdad— o estadounidense.

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Los iraquíes parecen no comprender que subestimar la atracción de la victoria supone siempre un error. Como señala Cockburn, cada avance militar del EI aumenta su atractivo –por un sinnúmero de razones— entre la población suní y el movimiento yihadista en general. Además, su intransigencia –exige lealtad total y no negocia con nadie— lo hace menos vulnerable a traiciones. Así, ante la indiferencia de gran parte del mundo, se han convertido en una fuerza militar que no solo amenaza existencialmente a Irak sino también a Siria. Poco a poco, el EI se está convirtiendo en el principal adversario del ejército sirio –tras haber vencido en la “guerra civil dentro de la guerra civil” entre facciones opositoras y yihadistas—, poniendo en una posición dificilísima a la (gran) parte del mundo que por años demonizó y se opuso al régimen de Bashar al Assad.

La guerra siria ha sido tan larga, brutal y desastrosa que suele desaparecer temporalmente de la atención pública. En ella, sin embargo, está representada la complicadísima madeja de intereses que describe a la región. Desde que comenzó el conflicto, Assad –que es poco más que un monarca secular perteneciente a una minoría étnica (los alauitas)— estuvo apoyado por las demás minorías étnicas del país –chiítas, cristianos— y antagonizado por la mayoría suní. A nivel internacional, esto se tradujo –a grandes rasgos— en una alianza con Irán –el centro del chiísmo mundial—, su satélite libanés Hezbollah, y Rusia. En su contra estaban todos los países occidentales –por motivos de “democracia” y “libertad”— y todos los países sunitas. Pero eso no es todo. Dentro de la oposición había, a su vez, grandes divisiones. El sector secular, moderado y “democrático” —si es que alguna vez existió— era apoyado por occidente mientras que el sector extremista y yihadista –del EI a Jabhat al-Nusra, la filial de AQ en el país— era apoyado por las monarquías del Golfo, que le temían más al islamismo político –y antimonárquico— de la Hermandad Musulmana (HM) que a cualquier otra cosa. La naturaleza poliédrica de la oposición precipitó una mini guerra civil que ha sido ganado por el EI, un Frankenstein que tiene a toda la región –de Jordania a Arabia Saudita— aterrorizada y que ha dejado en ridículo a todos los que se opusieron con tanta vehemencia al régimen de Assad.

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Uno de los actores que más ha sufrido con la guerra siria fue la organización político-militar islamista Hamas, basada en la franja de Gaza. Su dilema ha sido fascinante. Al ser la rama palestina de la HM, le era imposible declarar su apoyo a Assad (cuyo principal enemigo, especialmente al principio de la guerra, fueron sus correligionarios de la HM siria), como le exigían Irán y Hezbollah, sus principales aliados y benefactores. Por si eso fuera poco, el tsunami que venía barriendo con el islamismo político en la región –cuyo epicentro se encontraba en Arabia Saudita— no solo propició el ascenso del yihadismo en Siria sino el retorno a la dictadura militar en Egipto. Tras la caída del gobierno de Mohamed Morsi hace poco más de un año, el régimen del general al-Sisi inició una purga anti-HM casi sin precedentes que sigue al día de hoy.

Bloqueada por un régimen anti-HM en Egipto y alienada de sus principales benefactores, Hamas ha vivido en los últimos meses los peores momentos de su (relativamente corta) historia. La situación era tan desastrosa que, ante la posibilidad de no poder pagar la planilla gubernamental en Gaza, en abril accedió a formar un gobierno de unidad con la Autoridad Palestina (AP). Además de permitir la entrada de la AP en Gaza, su entrada a un gobierno de unidad significaba la (tácita) adherencia a tres condiciones fundamentales: renuncia a la violencia, reconocimiento de Israel y respeto a todos los acuerdos anteriores. Su posición era tan precaria que a cambio no obtuvo ni un solo puesto en el gabinete.

Pero, como dijo alguna vez un alto oficial de la inteligencia israelí –y como sabe cualquier analista del conflicto—, Israel necesita tanto a Hamas que “si no existiera tendrían que inventarla”. La simbiosis de ambos entes –que en muchos aspectos son dos caras de la misma moneda— volvió a manifestarse. Por una serie de motivos (en teoría) no relacionados, Israel decidió en junio que era el momento de volver a “cortar la hierba”. Tras construir su casus belli a partir del secuestro y asesinato de tres jóvenes colonos, la instrucción al ejército fue clara: había que “darle duro a Hamas”. Lo que siguió es bien conocido: la operación más mortífera y destructiva en los territorios palestinos desde la Segunda Intifada, en la que Israel le dejó claro al mundo que “cortar la hierba” no solo signifca diezmar a Hamas sino también castigar a toda la población palestina. Y como Israel no puede –o no quiere— destruir por completo a Hamas, le ha entregado en bandeja de plata la oportunidad de declarar una nueva victoria. Israel, que declaró al comienzo de la operación que su objetivo era “detener el terror”, retiró a sus soldados de la franja tras haber devastado el territorio y masacrado a sus habitantes. El resultado, admitido por el propio ejército israelí: (apenas) el debilitamiento de Hamas. La organización palestina, por otro lado, logró matar a más de 60 soldados israelíes, sigue teniendo más de 3 mil cohetes en su poder –de cada vez mayor alcance— y ha impresionado a propios y extraños con su complejísima red de túneles subterráneos. Si hace tres meses Hamas lucía al borde de la desaparición, Israel acudió rauda y veloz a darle los primeros auxilios.

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La tercera guerra israelí contra Hamas ha traído al discurso público, además, un tema fundamental: la falta de opciones aceptables a largo plazo para Israel. El (re)surgimiento de este tema no solo se ha debido a la increíble crueldad y brutalidad de los ataques israelíes sino también a los cada vez más frecuentes y notorios llamados al extremismogenocidio, campos de concentración, violaciones y demás— provenientes de las élites políticas y civiles israelíes. Reflexionando sobre ambas cosas, el escritor Lawrence Weschler se planteaba si no tendríamos una visión completamente equivocada del “siglo XX corto” —de 1914 a 1989, posterior al “siglo XIX largo”, de 1789 a 1914— desarrollado por el historiador inglés Eric Hobsbawm. “El arreglo que se le impuso a los árabes de Palestina en los años siguientes a la Segunda Guerra Mundial fue en muchas maneras tan descaradamente injusto y corrosivo como el que se les impuso a los alemanes al final de la Primera”, escribió. “Es en este sentido que el 'siglo XX corto' aún tiene que desenvolverse”.

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Redondeando todo esto, por supuesto, está el rol de la potencia global, los Estados Unidos de América (EU), que acaba involucrarse en el escenario del EI. Reflexionar sobre el rol estadounidense en el mundo –y específicamente en estas situaciones en el MONA— es un ejercicio tan fascinante como inconcluso. Por sus propias particularidades geopolíticas, EU vive inmerso en una serie de dilemas insolubles. Para empezar, sus dimensiones –físicas, económicas, demográficas— lo fuerzan a estar involucrado en prácticamente todos los países del mundo, algo que se ve balanceado por el hecho de que su aislamiento geográfico –desde casi todas partes del mundo hay que cruzar océanos para llegar a EU— lo suele proteger de las consecuencias de sus actos y los de los demás. Luego está su otro dilema, quizá más importante: esas mismas condiciones geopolíticas lo empujan a comportarse como un imperio de fronteras para afuera, lo que choca frontalmente con su carácter republicano de fronteras para dentro. Al juntar estos dilemas, tenemos un EU que suele encontrarse siempre en los extremos del péndulo: o quiere intervenir en todos lados o no quiere saber nada del mundo.

La actual situación mundial –no solo la del MONA, sino también lo que ocurre en las periferias de Rusia y China— ha vuelto a reavivar ese debate tan típicamente estadounidense. Como dijimos, es un debate interminable: para algunos, el problema es que EU no interviene todo lo que debería en el mundo. Por ende, es necesario que detenga a Rusia en Ucrania, a China en sus disputas marítimas y que aplaste al EI, a Assad y a todo el que se ponga enfrente. Para otros, como Stephen Walt, los problemas del MONA, si bien son extremadamente trágicos, no suponen ninguna amenaza estratégica para EU. Walt incluso va más allá y señala que la futilidad de la intervención está demostrada en el hecho de que fueron precisamente intervenciones anteriores –Irak, Afganistán et al.– las responsables de la situación actual (sin ir más lejos, las armas que usa el EI fueron proporcionadas por EU al ejército iraquí). En una propuesta valiente –pero casi utópica—, Walt propone la reducción del involucramiento estadounidense en la región, incluyendo el fin de su apoyo militar y económico a los países de la región –Israel y Egipto, principalmente— y su renuncia a mediar en el conflicto palestino-israelí. “Cada vez que EU toca al Medio Oriente, empeora todo. Es hora de retirarnos y no mirar hacia atrás”, escribió.

Obama, por ahora, parece estar buscando un camino medio. El presidente estadounidense ha demostrado un aplomo y un entendimiento de los intereses de su país que no ha dejado a nadie indiferente. Para los realistas, su política exterior ha sido lo que el país necesitaba en una era de cambios importantes (léase la reducción relativa de la hegemonía estadounidense). Para otros, sin embargo, Obama es el presidente más “débil” desde Jimmy Carter, un hombre del que se ríen los rusos, los chinos, los palestinos, los israelíes y hasta los yihadistas del EI. Un hombre que ha socavado la posición estadounidense en el mundo. Y si bien es imposible saber quién tiene razón, parece claro que una victoria de estos últimos en 2016 podría poner al mundo patas p'arriba a partir de alguna de las “malditas estupideces” que nos regala a diario el Gran Medio Oriente.

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