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27 ago La batalla por la historia panameña

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A COMIENZOS DE 1984, Victor Ostrovsky estaba cerca de convertirse en un katsa, o oficial de campo del Mossad. En marzo, ya en las últimas etapas de su entrenamiento, se le asignó la misión de establecer contacto con una persona de la que solo le dieron el nombre: Mike Harari. Sus primeras pesquisas revelaron algo inusual: siendo israelí, Harari era también el embajador honorario de la República de Panamá en Tel Aviv. Sin darle muchas vueltas, el futuro katsa decidió hacerse pasar por inversionista y sacar una cita en la embajada.

No llevaban mucho tiempo reunidos, discutiendo los supuestos planes de inversión, cuando el embajador fue directo al grano: “en Panamá, por el precio correcto, se puede conseguir cualquier cosa”.

Sus palabras agarraron a Ostrovsky fuera de guardia. “¿Qué quieres decir?”, le contestó.

“Panamá es un país gracioso”, explicó Harari. “En realidad no es un país. Es más bien un negocio. Yo conozco a las personas adecuadas o –para ponerlo de otra manera— al hombre que maneja la tienda. Una mano lava a la otra en Panamá”.

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Así comienza El Prisionero de Guerra, la biografía del General Manuel Antonio Noriega (MAN) que terminé a principios de año, y que será publicada en los próximos meses como parte de la colección Protagonistas del Siglo XX Panameño, dirigida por Jorge Eduardo Ritter y Lorena Roquebert. Para su elaboración, tuve la oportunidad de reunirme en numerosas ocasiones con MAN en la cárcel de El Renacer, sosteniendo fascinantes conversaciones que nunca bajaban de las tres horas de duración. De pura casualidad, mientras me encontraba en la fase investigativa –leyendo prácticamente todo lo que se ha escrito sobre MAN y sus tiempos—, también devoraba By Way of Deception, el genial libro en el que el propio Ostrovsky narra su carrera en el Mossad (y cuya publicación Israel intentó detener).

La anécdota ocurrida con Harari en Tel Aviv me impactó tanto que decidí usarla para abrir mi perfil de MAN. ¿Por qué? Primero, porque su aparición en mi proyecto fue completamente inesperada. Segundo, porque su inclusión en un libro sobre un tema completamente distinto –escrito por un hombre que jamás vino a Panamá— me pareció muy significativa. Y tercero, porque creo que encierra a la perfección la esencia de lo que es –y ha sido siempre— la República de Panamá. A pesar de haber ocurrido en pleno Noriegato, es fácil imaginar esa misma situación sucediendo en cualquier momento de nuestros casi 111 años de historia nacional.

Desde que me decidí a narrar la vida del personaje más demonizado de nuestra historia reciente, he preferido mantener un perfil relativamente bajo al respecto. Los motivos son varios, pero el principal es que el momento adecuado para discutir mi trabajo llegará cuando éste sea publicado, y no antes. Así, el objetivo de este post no es ahondar en mis opiniones sobre MAN o cualquier otro elemento de la historia reciente de Panamá sino resaltar un fenómeno cada vez más evidente en nuestra sociedad (y una de las principales conclusiones que saqué tras escribir la biografía): la batalla que se está librando por la historia panameña. Después de todo, como escribió George Orwell, “quien controla el presente controla el pasado, y quien controla el pasado controla el futuro”.

La última escaramuza, por supuesto, ha sido la ya infame Gala del Centenario del Canal de Panamá. Las líneas argumentales son ampliamente conocidas: los críticos señalan, en pocas palabras, que la fiesta fue acaparada precisamente por la clase social que menos contribuyó a la construcción del Canal, y la que menos luchó por –e incluso se opuso a— la recuperación del mismo. La ACP, mientras, se desvive dando explicaciones que, se miren como se miren, revelan un malísimo manejo a nivel de Relaciones Públicas. Aún suponiendo que los argumentos de la ACP fueran 100% ciertos y honestos, crear una imagen de elitismo –real o percibida— en una ocasión tan crucial para toda una nación es un fracaso tan grave y profundo que cuesta encontrar adjetivos para calificarlo.

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Como dije, la Gala fue apenas el último enfrentamiento, la punta de un iceberg que, sospecho, es mucho más profundo de lo que pensamos. Algo similar ya ocurrió a comienzos de año con el 50 aniversario del 9 de enero de 1964 y la manera como fue tratado por el gobierno (incluyendo la polémica de los murales). Y si uno considera que llevamos 24 años viviendo el 20 de diciembre como un día más, y que nadie se ha dignado a contar los muertos de la invasión, es difícil creer que la ausencia de la figura de Omar Torrijos en las celebraciones del centenario del Canal, la sensación de desprecio hacia las “minorías” que construyeron la vía interoceánica –y reconfiguraron étnicamente nuestra sociedad— y la escogencia de Carlos I de España (¡!) como protagonista de la moneda conmemorativa no son parte de un esfuerzo consciente por reescribir la historia.

Tampoco es que sea un fenómeno nuevo. Como mencioné, la actual batalla comenzó el mismo día de la invasión, cuando cientos –o miles— de panameños bailaron en las calles y ofrecieron jamón y pavo de Navidad a soldados extranjeros mientras sus compatriotas, al otro lado de la ciudad, eran quemados vivos por las bombas del ejército más poderoso del mundo. Guste a quien guste, esa falta de humanidad retrató a nuestra sociedad por lo que realmente es, y ya anunciaba en lo que se convertiría el país un cuarto de siglo después.

En retrospectiva, sin embargo, todo se ve más claro. Por los motivos que sea, el país selló una especie de pacto de silencio –auspiciado por los estadounidenses, que se llevaron cientos de miles de documentos importantes— que resultó en un consenso con respecto a una versión particular de la historia reciente: la dictadura militar, especialmente el periodo entre 1983 y 1989, fue caracterizada por los nuevos dueños del país como una mezcla entre la Alemania de Hitler, la URSS de Stalin y la Camboya de Pol Pot –con sus consiguientes héroes y villanos—, y la “democracia” obtuvo así un camino libre de obstáculos para redimir a Panamá de ese terrible trance tiránico, que duró 21 años y tuvo que acabar con el fuego evangelizador de nuestros amigos y protectores estadounidenses (tan altruistas ellos). Fascinantemente, esta visión de la historia panameña fue instalada con el consentimiento –y en ocasiones la cooperación— del PRD, el partido del fallecido Torrijos y el encarcelado, enmudecido y demonizado Noriega.

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Los últimos 25 años, sin embargo, no fueron lo que se esperaba. Si bien se han hecho ciertos avances, es innegable que la “era democrática” no ha cumplido con una gran parte de sus promesas. Los dos grandes partidos políticos fueron tan incapaces como los militares post-1977 de reinventar el país, de darle significado a la nacionalidad panameña una vez conquistada la reversión del Canal. En vez de eso, se limitaron a alternarse el poder, convencidos de que las inercias históricas que los impulsaban sobrevivirían a la tiranía del tiempo y el cambio demográfico.

Mientras llevaron al país en piloto automático, los paladines de la democracia panameña asquearon a propios y extraños con unos niveles de corrupción e incompetencia propios de las más patéticas repúblicas bananeras (y que hacen lucir a los militares como pobres aficionados). El resultado: una desigualdad económica cada vez mayor, unos niveles de narcotráfico y lavado de dinero que ridiculizan a los de la dictadura, una militarización policial –y una represión de la protesta— cada vez más alarmante, una podredumbre institucional evidente y una indigencia educativa, cultural y diplomática que no solo nos ha convertido en un país indigno de respeto en la arena internacional sino que garantiza el empeoramiento de todas estas cosas a corto y mediano plazo. Una mediocridad y una indolencia generalizadas que ya definen a la sociedad panameña y que han resultado en una esterilidad de ideas y una banalización y vulgarización de la política –y de todos los aspectos de la vida pública— casi sin precedentes. Es muy posible que Panamá haya sido el único país en tener un presidente que no podía ni escribir un tweet sin faltas ortográficas. Como escribí en Facebook sobre las elecciones del 4 de mayo:

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En el Panamá de hoy nada significa nada, pero –afortunadamente— el ser humano siempre tiende a buscar significado, un proceso que se acelera en momentos de incertidumbre económica y social. Así, el incumplimiento de la mayoría de las promesas post-1989 ha disparado la búsqueda de algo más grande que el propio individuo. Muchos se han refugiado en la religión –especialmente en las iglesias evangélicas—, pero otros, cada vez más, comienzan a cuestionar si la historia reciente será como se las contaron, si los buenos serán tan buenos y los malos tan malos como les han hecho creer.

Es difícil prever qué ocurrirá con la batalla por la historia panameña, pero es evidente que se está librando. A medida que las condiciones económicas, políticas y sociales del país empeoren –los abusos de los últimos años no van a salir gratis—, podemos esperar que se recrudezca aún más. Y si no reaccionamos a tiempo como sociedad, es una batalla que todos vamos a perder. Ojalá no sea demasiado tarde.

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