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07 jul El amor al concreto

Para vivir bien del amor al concreto, se necesitan muchos autos blindados y guardaespaldas. Eso es lo que se vive a diario en Sao Paulo y en todo México.

Parque Metropolitano en la ciudad de Panamá. Parque Metropolitano en la ciudad de Panamá.

Parque Metropolitano en la ciudad de Panamá. Foto por: LA PRENSA/Archivo

Nuestro actual amor al concreto, terminará convirtiéndose en el más profundo odio a la ciudad. Nuestro actual amor al concreto, terminará convirtiéndose en el más profundo odio a la ciudad.

Nuestro actual amor al concreto, terminará convirtiéndose en el más profundo odio a la ciudad. Foto por: LA PRENSA/Archivo

La ciudad de Panamá sigue siendo una ciudad que desafía la historia y a la razón. Tenemos una negación colectiva contra cualquier tipo de ordenamiento ambiental o planificación urbanística. Es común escuchar que la ciudad se ha desarrollado mucho, porque tiene un montón de rascacielos con pisos de condominios, y oficinas que desde lejos en las noches se ven tremendamente abandonados.

Las tres o cuatro horas de tranque diario que sufren los malqueridos ciudadanos y residentes de la metrópoli, se comparan desfavorablemente con los tranque de ciudades como Santiago de Chile, Lima, Bogotá, entre otras. Las cuales tienen muchísima más población que la muy noble ciudad de Panamá. Es un misterio para mí, porqué Betania tiene calles más anchas que Brisas del Golf que fue construida medio siglo más tarde. Es un enigma experimentar que las partes más viejas de la ciudad como el Casco Antiguo, Calidonia y Perejil tienen más espacio de acera que Punta Pacífica o que muchas de las nuevas áreas de las torres en San Francisco y Coco del Mar.

La ñamería más grandes de todas es el travestismo institucional del gobierno panameño, que transforma edificios que tienen una vocación, por ejemplo: hospitales que transforman en oficinas administrativas, como es el caso de la Corte Suprema de Justicia o de la Caja de Seguro Social en Clayton. Luego, se tiene que despilfarrar la plata a borbotones para hacer nuevos hospitales. Un ejemplo que demuestra lo desquiciados que somos es el de la conversión de un hospital psiquiátrico y de una clínica veterinaria en la sede central del Ministerio de Educación. Eso puede explicar porque nuestro sistema educativo tiene las patologías y los ministros que ha tenido.

Otro caso es el de una lavandería que se convirtió en la sede de la Policía Técnica Judicial, hoy Dirección de Investigación Judicial. En Colón, otra lavandería industrial fue transformada en la Cárcel de Nueva Esperanza. Ni hablar de lo que el gobierno ha hecho con varias escuelas, como si sobraran las estructuras académicas en buenas condiciones. Se habla de hacer una Ciudad de las Artes, y de escuelas modelo, cuando ya existe una fantástica infraestructura ubicada en un área céntrica de la ciudad, y que tiene todo listo para ser una gran escuela, o un centro de formación en las artes. Me refiero a la vieja sede del Colegio Javier en Perejil. ¿Qué está esperando el gobierno para comprar esta estructura y usarla para los fines correspondientes?

Estamos destruyendo parques nacionales para construir ciudades hospitalarias, y mercados de abastos, ambos sin la cantidad adecuada de estacionamientos, ni espacios peatonales para no crear embotellamientos. Esto es sin tomar en cuenta que no tienen agua potable, y que apenas a unos cuantos kilómetros se encuentra el enemigo público N°1 de la salud de los capitalinos: Cerro Patacón.

Ya que hablamos de edificios públicos, ¿Cuántos millones a pagado el gobierno en alquileres por veinte años en la Plaza Edison? Buena parte de los tranques y sufrimientos que enfrentamos los capitalinos son por culpa de las oficinas públicas mal ubicadas, sin estacionamientos suficientes para los usuarios, ni suficiente espacio de circulación para quienes se encuentran en las proximidades.

El travestismo gubernamental, se magnifica con la saturación inmobiliaria que convierten comunidades enteras transformadas en un tranque permanente. La mala noticia aquí es, que si el aeropuerto Marcos Gelabert es trasladado al antiguo aeropuerto de Howard, no solo esa área cambiará en materia de tráfico y de rascacielos, sino que también La Locería, El Dorado, y La Alameda, por los cuales ya no se puede circular, serán devorados para construir nuevos rascacielos que no se han construido por la proximidad del aeropuerto. Peligra el Parque Metropolitano, ya que por estar tan cerca en la línea de vuelo del aeropuerto era zona muerta para los inmobiliarios, aunque en el pasado reciente, “distintos pensadores”, habían propuesto mutilar el parque para construir bellas urbanizaciones.

La ciudad y el Canal se están quedando sin agua. Hace años, más o menos desde el 2010 nos tomamos el agua que la gente de la Autoridad del Canal habían estimado que se consumiría hasta el 2025. El Metro, no ha funcionado para bajar el tráfico urbano porque quienes lo usan no tienen automóvil, y además, no tiene estacionamientos. Para cuando se termine todo el proyecto del Metro y Metro Bus, incluyendo cuarto puente, indemnizaciones, y el arreglo de las calles destruidas por la construcción del Metro, por solo mencionar algunos gastos, se nos habrán ido arriba de 7 mil millones de dólares, esto es sin incluir la pésima compra de los corredores y las inmencionables cintas costeras.

Esta es la forma más ineficiente y costosa de servir a la ciudad. Como Buenos Aires, y la ciudad de México, muy pronto la ciudad de Panamá tendrá que construir un segundo piso a la Vía España, a la calle 50, o a la Ricardo J. Alfaro. Si pensaban que el Metro ha salido carísimo, esperen a conocer en un futuro, no tan lejano, quizás en el gobierno del año 2019 ó 2024, el anuncio de que haremos un segundo piso a nuestras maravillosas arterias de tráfico urbano.

Nuestro actual amor al concreto, terminará convirtiéndose en el más profundo odio a la ciudad. De aquí al 2030 necesitaremos que el Metro llegue a Chepo, a la ciudad de Colón. Por otro lado Gorgona, Coronado, y hasta San Carlos serán parte del área metropolitana de la ciudad de Panamá. Actualmente conozco gente que vive en Chame y Coronado, y vienen trabajar todos los días a la ciudad de Panamá. Aunque tengan un buen nivel de vida, el tiempo perdido en tráfico es una canallada. De allí, la proliferación de helicópteros personales, que se harán cada vez más comunes para llevar a sus dueños o pasajeros de Costa del Este a la Zona Libre de Colón, al Valle de Antón, o a Punta Barco. Esto es sin contar, el ocasional joven ejecutivo de empresa que viaja desde Punta Pacífica hasta Monte Oscuro en helicóptero. Pronto tendremos cooperativas de transporte aéreo peleando cupos, y helicópteros piratas, recogiendo gente desde cualquier azotea y llevándolos a unos cuantos cerros anónimos que todavía nos quedan en la ciudad y alrededores.

Para vivir bien del amor al concreto, se necesitan muchos autos blindados y guardaespaldas. Eso es lo que se vive a diario en Sao Paulo y en todo México. Para los que vuelan en helicópteros, y viven enjaulados en comunidades con garitas y guardias de seguridad, este es el próximo paso lógico. Todavía hay gente que no quiere ver la vinculación entre la calidad de vida de la ciudad, y la transformación de la vida urbana en un espacio colapsado ambiental, social, y culturalmente. ¿Vale la pena seguir este camino?

La ciudad puede ser el reflejo de lo que aspiramos hacer los panameños. Ese es en el fondo el dilema: ¿Qué queremos ser? Mientras haya tanto amor al concreto, no hay espacio para otros amores, y mucho menos para que la ciudad de Panamá, nos enamore, como solía ser para la gente de las distintas comunidades y corregimientos.

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