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16 feb La humanización de los Papas

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El papa Francisco al llegar al Palacio Nacional de la capital mexicana, el 12 de febrero de 2016. El papa Francisco al llegar al Palacio Nacional de la capital mexicana, el 12 de febrero de 2016.
El papa Francisco al llegar al Palacio Nacional de la capital mexicana, el 12 de febrero de 2016. AP

Mientras el papa Francisco recorre México colocando a la iglesia al alcance de la gente y exhortando a los cardenales a abandonar el lujo, al clero a combatir el vacío moral del narcotráfico y la violencia, y pidiéndole a las monjas que dejen de ser solteronas con caras amargadas; otro papa, Juan Pablo II, empieza a convertirse, no en una figura del santoral empujada con vertiginosa rapidez hacia la denominación de Santo, por parte de la derecha católica española e italiana, si no que ciertas revelaciones de amigos colegas, periodistas y otros investigadores, lo empiezan a convertir en un ser de carne y hueso.

Los que nacimos y crecimos en alguna variante del catolicismo, entendimos que existía una barrera entre la vida común de sacerdotes y monjasy la realidad carnal de la vida moderna. En nuestra cultura compartimos una combinación de visiones acerca del sacerdocio como una especie de martirio y penitencia, mezclada a la vez con una perspectiva anacrónica y, quizás, hasta utópica de la vida. El sacerdote es en muchos casos el símbolo de lo que no somos ni podremos ser: castos, obedientes plenamente a Dios y frugales, en extremo desconectados de la sociedad de consumo.

Con esa realidad también convive el mundo subterráneo de las pasiones, los sentimientos y emociones de quienes se encontraron vestidos con los hábitos del clero pero cuyos corazones los llevaron hacia rincones más humanos del amor o la carnalidad sexual. Existen muchos casos de aquellos a los que eufemísticamente se dice que “ahorcaron los hábitos”, tanto monjas como sacerdotes, que luego han llevado vidas ejemplares como ciudadanos honorables y distinguidos.

En Estados Unidos tuve varios amigos que habían sido sacerdotes y en un par de casos, se habían casado con exmonjas. También existe el penoso tema de la pedofilia dentro de la iglesia y que a pesar del veranillo democrático del papa Francisco, sigue siendo un atavismo de una incómoda verdad que la burocracia eclesiástica no sabe manejar.

En el medio de estos dos mundos, de los religiosos que tuvieron que abandonar el servicio sacerdotal para poder amar y el de aquellos que se mantienen dentro del sistema escondiendo patologías, o incluso deseos carnales totalmente humanos, se encuentra la realidad de los sacerdotes, monjes y monjas del mundo actual.

La creciente ola de revelaciones de “amistades intensas” del Papa Juan Pablo II, con diversas mujeres polacas, solo confirman que él era un hombre con un corazón que latía y que sentía igual al de cualquier otro ser humano. Graham Greene, uno de los mejores escritores ingleses del siglo XX (amigo de Omar Torrijos), y de formación católica, una vez le pidió a Dios, cuando se enamoró de una mujer casada, que no se metiera más en sus relaciones. Ese dilema lo cargamos todos los seres humanos sobre nuestros hombros y es la paradoja fundamental del libre albedrío: ¿somos libres para amar, o somos libres para optar por la abstinencia y la castidad, y el no-amor?

Francisco predica la “cariñoterapia” y el amor a la verdad como fundamento de su labor pastoral. De allí, las misas en lenguas indígenas, el Año de la Misericordia para perdonar a todos los pecadores arrepentidos, su acercamiento a los divorciados, la severidad del castigo a los pederastas y sus encubridores y el saneamiento de las prácticas financieras del Vaticano.

Juan Pablo II predicaba otro tipo de amor, aquel que se podría llamar platónico, idealista, donde se subliman las pasiones y los afectos se canalizan hacia la práctica espiritual. Su lucha interna no fue contra el odio sino que debe entenderse como un esfuerzo heroico contra el amor real y tangible. A diferencia de Graham Greene, Juan Pablo II quería que Dios interviniera en todas sus relaciones, quizás para mitigar el sufrimiento del niño que perdió a su mamá o que tuvo una hermana que murió sin ser bautizada y que, por el estricto rito católico, no pudo ser enterrada. Ese recuerdo lo llevó a abolir el limbo de los niños y de todos aquellos que no habían sido bautizados en la religión católica.

Presuntamente, su relación más fuerte de adolescente fue con una joven judía que murió en un campo de concentración nazi. Esa pérdida, lo llevaría a registrarse en el seminario y a convertirse en sacerdote. Su lucha toda la vida contra los totalitarismos y las dictaduras, adquiere otra dimensión que trasciende y enriquecen a la de los principios éticos, ya que esa lucha estaba inspirada en el primer amor, aquel que se recuerda toda la vida, y que en su caso fue destruido por un tirano.

Los Papas son humanos. Ojalá el legado del papa Francisco contemple la inclusión de los divorciados, la abolición del celibato y la ordenación de las mujeres como sacerdotes. De esa forma los pastores se parecerían más a su rebaño y el distante mensaje en que se han convertido las escrituras, volvería a ser el mensaje vivo y consciente de los tiempos en que transcurre.

Ni Jesús ni María fueron cristianos y para ellos mucho de lo que hoy se hace y se dice en su nombre, no tendría ninguna razón o lógica que lo justifique. Si entendemos bien a las dos figuras cimeras del cristianismo, todo lo que hicieron en sus vidas lo hicieron por amor y la lección más importante que nos enseña es que si sus vidas fueron extraordinarias fue porque ambos eran profundamente humanos. Llevamos dos mil años tratando de negar esa humanidad.

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