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02 feb ¿Somos intrínsecamente corruptos los panameños?

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Fachada de una escuela en Arraiján, provincia de Panamá Oeste. Fachada de una escuela en Arraiján, provincia de Panamá Oeste.
Fachada de una escuela en Arraiján, provincia de Panamá Oeste. LA PRENSA/Archivo

La semana pasada, con motivo de los 20 años de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana, un grupo de expertos internacionales participó de un foro sobre la lucha contra la corrupción, y moderado por la doctora Lina Vega, hicieron importantes aportes sobre este tema. En este evento, uno de los especialistas afirmó que el latrocinio en Panamá, durante el periodo del gobierno anterior pudo haber sido de 2 mil millones a 5 mil millones de dólares. Eso es suficiente para financiar dos líneas del Metro, duplicar el presupuesto educativo del país o hacer 10 proyectos, equivalentes a la renovación urbana de Colón. Es más, los 5 mil millones equivalen a más del monto total de la deuda externa que nos dejaron los militares, en lo que se suponía había sido el peor robo de nuestra historia.

Si usted quiere saber por qué no hay agua, por qué faltan medicinas o cuál es la causa de que las escuelas estén en las condiciones en las que se encuentran, ya saben la respuesta. Nos dejamos robar, y fuimos cómplices de ello. Esto nos obliga a hacer un poco de psicología para preguntarnos si de verdad los panameños somos tan corruptos como parece, o si hay otros factores que son parte de esta historia.

1. El vecindario en que vivimos. América Latina y el Caribe no tienen fama precisamente por ser las regiones más honestas del mundo. Mucho de ello tiene que ver con nuestras raíces coloniales, y la cultura de la doble moral que imperó durante siglos, y que favorecía la prosperidad a base de aprovecharse del trabajo ajeno, ya fuera con la servidumbre de los indígenas o con la esclavitud africana. Luego, la colonia creó y fortaleció un montón de privilegios que degeneró en castas sociales parásitas del patrimonio público.

2. Las particularidades de la economía panameña no ayudaron históricamente a recompensar a los honestos. Hay una famosa carta de Gaspar Arosemena (tío de Justo Arosemena), en la que le pedía a la Corona Española permitir cierto nivel de contrabando en Coclé del Norte, ya que con ello se favorecía a numerosos comerciantes del istmo. Es precisamente la raíz comercial y la dependencia de los megaproyectos, tales como el ferrocarril, el Canal francés, el Canal estadounidense, y los numerosos megaproyectos de la actualidad que hacen particularmente vulnerable a la economía panameña. Si no estoy en la "papa", no puedo conseguir acceso o respaldo para formar parte de la repartidera de los megaproyectos de turno.

3. En Panamá es más fácil importar que producir localmente. Existen múltiples desventajas competitivas de la producción nacional, pero una de las principales es la corrupción y la arbitrariedad de la política criolla. Si tengo una fábrica debo saber los costos laborales, los impuestos, los aranceles de importación de mi competencia y hasta las políticas de crédito de la banca local. Eso me hace tremendamente vulnerable a que un amigo del poder me tumbe el negocio o me cierre la fábrica a causa de importaciones baratas. Eso explica en gran medida la baja rentabilidad de la producción agropecuaria de Panamá y por qué el país ha perdido su capacidad exportadora. La industria local genera cadenas de valor que producen más empleos, y más capital panameño se queda en el país. En algunos casos en la actualidad, hasta el 70% de lo que paga el Gobierno a sus proveedores o contratistas se va fuera del país, eso explica por qué si crecemos al 6% los negocios están despidiendo gente y el panameño de a pie siente que el país está paralizado.

4. La justicia y las instituciones de control no funcionan, pero esto no será para siempre. En enero de 2015 empezó un experimento social de gigantesca magnitud en nuestro país. Imaginemos qué sucedería si Panamá tuviera un Ministerio Público más o menos autónomo, y algunas otras entidades que más o menos combatieran el lavado de dinero, el peculado y la corrupción administrativa. Esa es la situación que estamos viviendo en la actualidad. El “más o menos” se ha vuelto menos por la Corte Suprema de Justicia y la Asamblea Nacional que tenemos. Sin embargo, nuestra economía está viviendo un cambio estructural profundo gracias a las normas del Grupo de Acción Financiera Internacional (GAFI), el cual ha conseguido un conjunto de normativas sobre lavado de dinero y rastreo de los fondos sucios que, progresivamente, y a mediano plazo, irá cambiando el rol de Panamá en la economía mundial de la corrupción.

Los nuevos controles y mecanismos de transparencia financiera que los prestamistas multilaterales están imponiendo van a obligar a reformar los sistemas de contratación pública, y las presiones competitivas globales van a requerir que pongamos a tono nuestro sistema de salud (ningún turista quiere ir a un país al que le falta el agua y le sobran las plagas, y además no se recoge la basura) y nuestro sistema educativo.

Finalmente, los panameños debemos cambiar el chip. Desde el plagio de la tarea escolar hasta la batería en las universidades, todo es corrupción. Desde la coima al policía de tránsito hasta el soborno al funcionario aduanero o municipal, que me puede dar un permiso o una autorización, todo es corrupción. De allí hacia la megacorrupción, es un tema de “permisividad” aprendida.

Si pagamos 20 balboas al policía, pagarle 20 mil o 20 millones a un funcionario de alta jerarquía no es más que un problema de medios y fines. Para erradicar la corrupción debemos empezar igualito que con los criaderos de los mosquitos. Debemos hacernos responsables, que cada hogar esté libre de zancudos y de corruptos, aunque esto nos moleste mucho.

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